La imagen no se mira, se trabaja

  • La Fundación Botín presenta en Santander hasta el próximo 16 de octubre la obra de Joan Jonas, pionera en la práctica de la 'performance', el cine experimental y la vídeo-instalación

Joan Jonas es la iniciadora de la vídeo-performance. Nacida en Nueva York en 1936, la artista expone ahora en la Fundación Botín una obra expresamente hecha para la muestra, después de dirigir un taller durante tres semanas. Jonas iba para escultora. Fue el centro de sus estudios junto a la pintura y la literatura. Pero se encontró con el happening, iniciado por Allan Kaprow hacia 1960, y con el vídeo, que Nam June Paik ensayaba entonces como crítica a la televisión. Jonas unió esos dos caminos artísticos dándoles una impronta muy personal.

No se limita a filmar. Sus obras recogen un espacio -digamos- real donde ella misma y otros actores caminan, danzan, leen, dibujan o ejecutan una suerte de ritual. Pero en ese espacio hay además una proyección (un filme dentro del filme) con el que se relacionan los performers reales que llegan a saltar de repente a la segunda filmación. Esta última puede dar paso a otras filmaciones o coexistir con ellas. Se quiebra así la linealidad de la imagen, lo que también ocurre al simultanear diversas profundidades de campo o, de modo más sencillo (pero no menos eficaz), con el espejo. Sus reflejos rompen la unidad de visión, duplican el paisaje y el cuerpo del actor. El espejo puede mostrar y a la vez ocultar, o generar paradojas como cuando refleja el rostro de quien lo sostiene por detrás, frente a la cámara.

A todo esto se añade el sonido y la palabra: fragmentos de La Divina Comedia, textos de Aby Warburg o Borges, poemas de Ezra Pound, entre otros, y la música de Jason Moran: sus vibrantes ritmos subrayan el de los performers y los de las proyecciones, o bien compiten con ambos.

Las obras de Jonas son, pues, complejas. Más que a la mirada se dirigen a la imaginación, a esa imaginación que alguien, hace ya más de dos siglos, llamó productiva o creadora.

Así ocurre en la obra central de la muestra. En principio son dos vídeos enfrentados. Uno recoge un pavimento de mosaico en Venecia, un gran osario en Génova, secuoyas en California, añosos árboles en Cantabria, y papagayos y cacatúas en Singapur, enjauladas y listas para su venta. Las filmaciones se suceden o se funden y Jonas (gafas negras, sombrero, gran chaqueta de papel) se mueve en o ante ellas. A veces sujeta una gran cartulina ante su cuerpo, como si quisiera dibujarlo a su través. Dibujará pero en el mismo filme, contorneando el perfil de las aves enjauladas. Imágenes como ésas las lleva la artista al papel o las dibuja directamente en el muro de la sala, pintada casi como un cuadro abstracto, en rojo cadmio. Su trazo, preciso y decidido, se acerca al grafismo y hace pensar en Hokusai. La propuesta se completa con el segundo vídeo: a las vistas de valles cántabros, filmadas meses atrás, Joan Jonas sobrepone cuatro sombras danzantes (alumnos del taller), signo de nuestra incesante relación con la naturaleza.

La exposición cuenta además con cinco obras de los últimos quince años. Contextualizan la obra central y permiten rastrear los temas recurrentes de la artista. El más evidente: el cuerpo. El cuerpo anda, busca, juega, danza, se viste, se disfraza, se muestra, se oculta. A veces queda reducido a una larga sombra y otras, sólo se manifiesta con sus gestos. Un segundo registro es el tiempo. Unido en el ritmo estrechamente al cuerpo, se prolonga además en la memoria (que descubre el mito de Elena de Troya o las sombras del Infierno de Dante) y en la afinidad con los ciclos naturales (como en las danzas de la lluvia de los hopi). Así, cuerpo y tiempo remiten a un tercer registro, la naturaleza: Jonas pertenece a una generación que ha vivido el desplazamiento desde una naturaleza, que se tenía por inagotable, a otra que sabemos frágil, precaria, menesterosa. Quizá por eso más que imágenes de la naturaleza busca mostrar la relación que con ella mantienen los seres humanos, y sus obras dispensan un cuidado especial a esos viejos compañeros ignorados, los animales.

El arte de Joan Jonas no es fácil. Exige tiempo, demorarse en la obra, como en un poema, si se quieren rastrear las posibles relaciones que encierran sus ritmos y la fuerza metafórica de sus imágenes. Las distintas capas de su trabajo (gestos de los performers, figuras y ritmos de los filmes, espacios quebrados, palabras, poemas, música) exigen la actividad del espectador. Casi establecen un lema: las imágenes no se miran, se trabajan. Esa idea subtiende su trabajo, su praxis artística. La idea no es nueva: la rastrearon los antiguos y la confirma hoy la neurociencia. No hay espectadores pasivos ni contempladores puros. Cuando, por cansancio o pereza, nos limitamos a mirar, nos rendimos al espectáculo y entregamos nuestra actividad a la seducción de retóricas, políticas, religiosas o mercantiles. Contra esta rendición incondicional trabajan las obras de esta veterana artista.

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