Arte

Algo más que una ilustración realista

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Si me preguntasen por una acuarela, antes de elegir entre mis admirados William Turner, rompedor de formas, iluminador de tantas innovaciones vanguardistas; Mariano Fortuny, un revolucionario que puso verosimilitud al preciosismo y a la delicadeza, o Georgia O'Keefe, abstracción sugerente, transparencias libidinosas y feminidad sin tabús, antepondría a Durero y su Liebre.

No sé la razón, pero los libros de Arte siempre han adornado la definición de acuarela con este lagomorfo, perpetuado en 1502 por el genio renacentista, de mirada papal y denso abrigo de alta burguesa septentrional, cuando su bella proporción se sostiene en la arquitectura libre de una plumilla privilegiada. Quizá se deba a que el maestro germano elevó la acuarela al nivel de técnica superior y la mostró ante los ojos de los incrédulos como una herramienta versátil y móvil de ilustración realista y de contrastada investigación. Quizá porque la consideración de un boceto, por sí mismo, tiene categoría de acabado y, en muchos casos, de obra maestra del arte. Quizá porque la idea vista o sugerida se hace idealidad e idealización en la concreción de trazos sugerentes, aquellos que en la ligeraza de la concreción se conciben eternos en la imagen definida.

La liebre de Alberto Durero, aunque tardó en ser vista, corrió con enorme alegría por los campos -sobre todo, los ingleses de los siglos XVIII y XIX- en busca de instantes en apariencia de apuntes naturalistas donde paisajes, animales y plantas se eternizaban en la rapidez instructora de un pincel mojado en pigmentos molidos con goma arábiga y disueltos en agua. A partir de esos años, el ejercicio de la acuarela se hizo universal, tanto por el número de practicantes como por los conquistadores de recursos técnicos.

La acuarela no es un arte menor, vinculado a los aficionados, como en muchas ocasiones se le ha asignado, sino de expertos del instante retenido. Se necesita rapidez de trazo, y altos conocimientos en la observación, en la técnica y en la composición. Independientemente del trabajo de campo de los ilustradores científicos, verdaderos naturalistas, algunos portadores de una gran pericia no exenta de observación analítica y sintética, desde las composiciones estáticas de los iluminadores medievales a las evanescencias atmosféricas de Turner o Constable, las elucubraciones cromáticas de Klee o la insinuación de la nada, hermosa y sumaria, de Regla Alonso, transcurren siglos de investigación y pasos comprobados que conducen a determinaciones superiores que se posan en tantas disciplinas artísticas. El lenguaje sintético y libre de la acuarela y de las aguadas jugó un papel de relevancia para dar criterio a las innovaciones estéticas de los siglos XIX y XX.

Recientemente entré en la Sala Plus Ultra, la otrora sala de exposiciones por antonomasia de la ciudad y hoy víctima de la crisis de mentalidades, no dineraria, de una entidad bancaria con fundación social y cultural donde Huelva no sólo ha dejado de ser segunda o tercera o cuarta en la cuota alícuota asignada, ha dejado, sencillamente, de ser, de existir. Por fortuna, me topé al entrar con una exposición que me hizo reflexionar sobre la importancia de la acuarela. El expositor, Iván Morgollón, Moralva, se ha establecido la inmensa tarea de retener en el papel las secuencias naturales que en nuestra provincia están condenadas a perderse.

En Huelva hay interesentes acuarelistas. Blandón, Camilo Bel, Banda, Pepe Hernández, Alfonso y Mónica Aramburu. Sin embargo, para esta articulista, hay uno que destaca, una fuente donde han bebido tantos. Quizá su madurez y experiencia le confieren el sello de maestro. Quizá su personalidad, reflexiva y armoniosa, se ha simpatizado con el objeto que retiene. Sus obras, paisajes de interior y de exterior, son ejemplos de quietud por sabiduría y por práctica. Nos referimos a Emilio Gil Vázquez, un paisajista de emociones y devociones.

En Moralva, como en tantos otros, he visto parte del ansia buscador de Gil Vázquez, como su luz, aquella que envuelve en blancos transparentes sus paisajes atmosféricos. El profesor Ernst Gombrich puso en boca de Constable que si la pintura es ciencia, la de paisaje es una rama de la filosofia natural, donde cada cuadro es un experimento. Moralva no sólo se ha propuesto eternizar momentos para él sublimes que el hombre comienza a modificar o destruir, su pretensión es consagrar muchas cosas verdes, esos instantes de frescor natural que tanto endiablaba a Napoleón III.

Con Moralva no sólo hemos recordado el valor instintivo de la acuarela, también nos acordamos del maestro Gil Vázquez, un ejemplo de maestría y de humanidad.

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