Las horas finales

  • Llega a los cines 'La ventana', donde Carlos Sorín ('Historias mínimas') narra el último día en el mundo de un hombre enfermo

Amenece en una casa de campo, donde un escritor anciano espera la visita de su hijo y trata de localizar el pliegue de la memoria del que ha salido el rostro de esa muchacha olvidado durante 80 años y que ha endulzado esa noche sus sueños. Poco más puede contarse de la trama de La ventana, una película hecha de silencios, gestos, objetos y tiempo suspendido, ese sello minimalista que se asocia a su autor, el argentino Carlos Sorín (Buenos Aires, 1944), director de La película del rey, El camino de San Diego o Historias mínimas.

"Quise hacer algo distinto, sí. Cuando empiezas una especie de camino propio corres el peligro de copiarte a ti mismo, de convertir tu lenguaje en una caricatura. Hay un trabajo de elaboración de la imagen mucho más meticuloso que las anteriores, de apariencia más documental. La película tiene mucho de ejercicio de estilo. No sé si voy a seguir por ahí, me imagino que no, pero es el tratamiento que requería el tema, aunque traté de aliviarlo, de no hacer un cine solemne, discursivo. La muerte es una cosa cotidiana, es una cosa más", explica Sorín en conversación telefónica.

Atrapado en un ambiente crepuscular, el anciano, interpretado por Antonio Taco Larreta, emprende una lucha por la "dignidad" y vivirá un duelo postrero en el que no se sabe qué llegará antes, si la muerte o el hijo. "Entre los antecedentes -dice sobre el origen del proyecto-, el más fuerte ha sido un cuento de [Raymond] Carver, Tres rosas amarillas, una obra maestra que narra los últimos momentos de Chejov, mi escritor más amado". "El retorno a la infancia, la lejanía de los afectos, la irremediable soledad final", escribió el director en un cuaderno de rodaje, constituyen "la columna vertebral" de Fresas salvajes, una película que impresionó al Sorín adolescente y del que, "sin saberlo", el adulto ha hecho "un remake involuntario". "Tras hacer la primera versión del guión tuve la necesidad de ver Bergman. Y me di cuenta de hasta qué punto esa película había permanecido en mí, en las zonas más recónditas, latente durante 40 años", dice el cineasta, que también reconoce cierto influjo del Tarkovsky de Sacrificio.

La casa parece una pequeña corte derrumbándose: el personal de servicio, el afinador de pianos, el médico y viejo amigo, el señor que pide el aplazamiento de una deuda, todos ellos se mueven en unos espacios que transmiten sensación de encierro y fatalidad inminente. En contraste con este ámbito aparece la naturaleza, filmada con morosidad, sensorialmente. Aquí la "influencia directa" fue Madre e hijo, la elegía de Sokurov, "donde el hijo lleva a la madre moribunda pasear por el bosque justo antes de morir". "Es bellísima. Me impresionó cómo retrata los ciclos, la indiferencia de la naturaleza ante el dolor humano. La ventana tiene una deuda flagrante con esta película".

La cinta, que se estrenó ayer, cuenta -como es habitual en su cine- con no-actores. "Es una experiencia imprevisible. Busco que, dentro del engaño en que se basa el cine, haya algo, una mínima parte de verdad, esos momentos en que algo es cierto", dice. En este aspecto, destaca la presencia de Larreta, escritor, autor de la novela Volavérunt o del guión de Los santos inocentes. "Esa voz gastada, esa fragilidad, eso no se actúa; se puede actuar pero no sería lo mismo. Su aportación fue inmensa. Lo esencial del personaje, esas miradas, ese orgullo, esa dignidad, esa testarudez, eso pertenece a él, que es un hombre inteligentísimo y muy sensible", cuenta Sorín, que prepara ya un nuevo proyecto, un filme con personajes "parecidos" a los de Historias mínimas; es decir, angustiados consigo mismos y cómicos para el espectador.

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