Libros Una secuela muy esperada

La heredera en su laberinto

  • Tras recorrer los vínculos familiares que la unen con la malagueña Anita Delgado en 'La nieta de la maharaní', Maha Akhtar se confiesa en 'La princesa perdida', que acaba de publicar Rocaeditorial

Maha Akhtar es de esas personas que saludan con efusividad. No escatima en abrazos y muestra un vivo interés por lo que quienes se acercan a ella tienen que contarle. Sus lectores están encantados con esta disposición: no abundan los escritores que se empeñan en mantener contacto por correo electrónico con quienes compran sus libros. El pasado martes, la autora de La nieta de la maharaní, uno de los best-sellers más deslumbrantes de los últimos años, regresó a la Librería Luces de Málaga gracias al empeño de su responsable, Pilar Villasana, y ante un aforo más que completo para el que el barítono Carlos Álvarez ejerció de maestro de ceremonias Akhtar presentó su segundo y muy esperado libro, La princesa perdida, publicado en España, como el anterior, por Rocaeditorial. Ayer, tras los agasajos vespertinos, hubo tiempo para la conversación distendida en el coqueto patio del hotel Petit Palace.

"No, yo no soy la chica de la portada". Maha Akhtar es la nieta de Anita Delgado, la cantante y bailaora malagueña que en 1908, con 18 años, se casó con Jagatjit Singh, el marajá de Kapurthala. En su anterior libro, La nieta de la maharaní, Akhtar contaba la historia de su abuela y de su madre, que durante 42 años le ocultó sus verdaderos orígenes. Sólo poco antes de que su madre muriera la escritora y periodista descubrió por casualidad que su padre biológico era Ajit Singh, hijo del marajá de Anita Delgado, y no quien ella creía. "Cuando aquello ocurrió me llené de rabia. No sólo porque mi madre me hubiera ocultado todo aquello durante tanto tiempo, sino porque desde hacía mucho tiempo había soportado una vida de abuso y maltrato contra la que jamás se rebeló. En La nieta de la maharaní pude dar voz a mi madre, pero ahora, en La princesa perdida, dejo bien claro que la comprendo, y que la perdono, lo que no pude decirle en vida. La comprendí cuando mi tía me hizo ver que mi madre no pudo deshacerse de esa situación". Akhtar vivió gran parte de su infancia y su adolescencia en un internado británico, por lo que permaneció inmune a toda aquella historia de maltrato. Ni su madre, ni el hombre que ella había identificado como su padre, fueron precisamente pródigos con ella en cariño. "En poco más de un año mi vida cambió por completo: mi matrimonio terminó después de quince años, perdí mi trabajo en la CBS y descubrí que mi familia no era la que yo realmente creía. De todas estas experiencias habla La princesa perdida. Si el primer libro lo escribió Maha Akhtar, este segundo lo escribe Maha. Casi como una confesión".

La idea del maltrato ocupa buena parte del discurso de Akhtar, expresiva y elocuente. "Es que me costó mucho admitir que mi madre hubiera vivido una historia semejante y no hubiese contado nunca nada. Estábamos en pleno siglo XX, ¿por qué no hizo nada para cambiar aquella situación? Pero luego tuve que admitir que el fenómeno del maltrato es mucho más complejo. Que aunque pueda haber una salida, puede ocurrir, y de hecho ocurre, que la víctima no la vea. Por eso este libro está muy lleno de cierta energía femenina. Porque ahora sí comprendo esto". En La princesa perdida, Akhtar adopta la primera persona para intentar comprender su propia historia. No es una autobiografía, sino una especie de terapia: el relato de alguien que resulta ser alguien completamente distinto a quien creía.

Akhtar, que fue directiva de los informativos de la CBS en los 90, asistente personal del grupo inglés de rock The Cure en los 80 y bailaora de flamenco en la compañía de Manuela Carrasco hasta hace un par de años, vive hoy entre Nueva York y Sevilla y trabaja como periodista freelance para revistas de tendencias y moda estadounidenses. "Hay que estar dispuesto a perderlo todo en cualquier momento. En esta crisis tan dura lo vemos a diario, hay mucha gente devolviendo las llaves de sus casas a los bancos. Pero no se nos educa para el fracaso. Mi opción fue la de reinventarme". El periodista cae entonces en la cuenta de que nunca antes había entrevistado a una princesa: "Fui a Kapurthala y me dieron un título que no vale para nada. El antiguo palacio es hoy una institución educativa abandonada en la que acampan las cucarachas". En sus ojos, eso sí, late cierta realeza. Aunque no salgan en la portada.

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