Cuando habitábamos el bosque

  • Anaya reedita en dos bellos volúmenes los clásicos 'Cuentos al amor de la lumbre' de Rodríguez Almodóvar

Érase una vez un país donde en los patios y en las tertulias campesinas se convocaban los vecinos y las familias, mayores y niños sin distinción de edad, en torno a historias protagonizadas por princesas desdichadas y príncipes encantados, por pastores sabios y valientes muchachos, pobres que querían ser ricos y ricos demasiado ociosos, diablos que se aparecían y también vanidosos gallos y zorras hambrientas. Son algunos de los personajes que habitan los Cuentos al amor de la lumbre, una colección de relatos populares españoles que, divididos en dos volúmenes, vieron la luz entre 1983 y 1984 en el sello Anaya gracias al esfuerzo del filólogo y catedrático de Literatura Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941). Y una obra que por su carácter pionero y de referencia en el estudio del género convirtió a este autor sevillano, con una carrera tan prolífica como premiada, en el gran salvaguarda del patrimonio oral español. "Salvo los aislados -y más o menos parciales- esfuerzos de Fernán Caballero, Antonio Machado y Álvarez y, sobre todo, Aurelio M. Espinosa, nadie entre nosotros se había ocupado con efectividad de discurrir por ese inmemorial acervo de la literatura oral española", eclipsada tantas veces por la popularidad de los cuentos de hadas de otras latitudes, que universalizaron los hermanos Grimm y Perrault.

Con casi 20 años de por medio, esta colección de cuentos ha disfrutado de decenas de ediciones, la última la bellísima que acaba de publicar Anaya con las ilustraciones de Pablo Auladell, para el volumen dedicado a los Cuentos maravillosos, y de Carmen Segovia y Xosé Cobas para los Cuentos de costumbres y de animales.

Pero, ¿cuál es la clave de la perdurabilidad de estos cuentos? "La gente reconoció enseguida que eran un patrimonio común, que eran las historias contadas por sus abuelos, sus padres... Con nuestros giros y coloquialismos, con la espontaneidad del discurso oral, con un sabor y una autenticidad que no tienen los cuentos muy elaborados por la tradición culta. Estos cuentos atesoran una magia especial que gustan a todas las edades", explica al otro lado del teléfono Rodríguez Almodóvar.

Y es que en estas historias pasean, dice el filólogo, "nuestras propias cenicientas y blancanieves: aquí son Blancafor -uno delos maravillosos cuentos españoles que se ha adaptado a todas las culturas-, Garbancito, Estrellita de Oro, el gallo Kiriko...". Lejos de caer en la asepsia con que se trazan con frecuencia las historias infantiles, en estos cuentos se da cita la muerte, el peligro, la severidad de los adultos, las burlas, los pleitos y los abusos: "Lo políticamente correcto no tiene cabida en absoluto aquí, porque la mayoría de las veces son aportaciones moralistas que no tienen nada que ver con la tradición. Estos cuentos han sido así durante centenares de años y la mayoría procede de la formación de las sociedades agrarias, como Juan El Oso, que es uno de los grandes cuentos de la colección y ayudó a configurar los valores del campo. Todos los cuentos en general y los Cuentos maravillosos en particular, tienen como referencia el bosque, que representa el estadio anterior de la Humanidad". "

Y si bien estas reflexiones pertencen al campo del estudio del género -"los niños pasan de la introducción, claro, van directamente a los cuentos y hacen bien. Ése es su lugar"- la virtud del cuento popular radica, precisamente, en servir de "catalizador"para el desarrollo cognitivo del niño. "Por lo bien estructurado que está y por la relación que se establece entre la memoria, la imaginación y el intelecto, el cuento ayuda a desarrollar el intelecto infantil, las entendederas, digamos. La prueba es ese fenómeno que todo el mundo conoce: si a un niño le cuentas un cuento y al día siguiente te equivocas y le cambias un detalle, lo detecta, te protesta y te corrige".

Y cuando muchos apuntan al retroceso del libro frente a la cultura digital, el escritor, responsable también de los Cuentos de la Media lunita, cree que los niños y adolescentes españoles leen, sí, "aunque influenciados por las modas que impone el mercado". Modas que son, para el autor, eso, simples vaivenes de la mercadotecnia con pocos visos de perdurar. "Habrá una historia de tantas que tenga la fortuna, pero la prueba es que las editoriales lanzan nuevas colecciones con autores diferentes todos los años. La literatura infantil en ese aspecto imita la de los mayores".

Llegará el momento, no en vano, en que sólo en los cuentos se refugien príncipes y reyes que hoy protagonizan la realidad de los mayores y cuando los niños españoles lean sobre princesas le parezca tan exótico como el temible dragón que vive en la cueva. "Pudiera ocurrir -ríe-. Hay que tener en cuenta que esta literatura es muy simbólica. El rey no es un rey. El rey significa propietario viejo que tiene problemas para dejar su herencia, porque los hijos no se llevan bien, porque tiene que ponerlos a prueba, porque tiene que sortear los problemas..." ¿Acaso existe algo más extraordinariamente vigente estos días?

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios