A golpe de sensaciones acuosas

La acuarela es, por naturaleza, una herramienta de expresión pictórica fugitiva, instintiva y rápida gracias al fluido sin retorno del agua. Fugitiva por furtiva; instintiva por impulsiva; y rápida por delictiva.

Por furtiva, la acuarela se hace menor, escondida y huraña por culpa del poder hipnótico del óleo y del acrílico, que vence, al peso y al paso, en los mercados y en lo salones, ya sean palaciegos o burgueses, más en los occidentales que en los orientales. Por impulsiva, la aguada se limita al golpe de genio de una acción/reacción acuosa que se materializa en la superficie trabajada, generalmente el papel, que tantas posibilidades le confiere la albura que centellea su superficie. Por delictiva, la acuarela, innovadora y hambrienta, fugaz y sorpresiva, transparente y lavada, pasa por ser el precursor de la pintura al aire libre y, si me aprietan, de la fotografía, capaz de detener el instante, el momento mismo de la sorpresa vista. Emoción fugaz. Instante eterno.

Hay paisajes que por sí mismos son acuarelas, esbozos encaminados al estudio pormenorizado, detalles bosquejados al primor del momento, atmósfera efímera de belleza irrepetible, guiños de emoción inesperados. En Huelva hay cuadros de paisajes reales preparados para atrapar lo fugitivo por vibrante, lo instintivo por único y lo rápido por irrepetible. Uno de ellos es El Rompido, por acumular en su espacio agua, monte, pino, sal, luz, color y cadmio de cabezos. Tiempo retenido y ambiente envolvente. Sin duda, este trozo de tierra diseccionado por el agua y apuntado por la arena corredora al infinito, es uno de esos espacios donde la luz se declina en las márgenes de las orillas del Piedra y del mar sin mirarse en el espejo de la pertinacia.

Allí, en uno de sus rincones de plenitud natural, mirador sin reservas, ha abierto una Galería de Arte con ventana a los esteros, y muy cerca de otra, ya con una historia arrastrada, que descansa en las paredes de su viejo faro. Allí, en el riesgo empresarial de rasgar lo imposible, expone una artista que también forma parte de la larga vida de nuestro diario Huelva Información, Caridad Orta, si mal no recuerdo la primera que comenzó en sus páginas a firmar no solo críticas, sino reportajes, como parte de su redacción, del arte y la cultura onubenses.

En la nueva galería y en la vieja galería del faro, curiosidad de estío, Caridad Orta y Manolo Blandón han rivalizado en buena lid por la conquista del natural que parte de la acuarela. Nada es casualidad, pero ambos, buenos conocedores de la técnica, han regalados instantes de gran belleza, esos que se retienen en la memoria y que difícilmente se olvidan.

Un amigo me decía días atrás, al comprar uno de esos instantes acuosos rompieros, que "qué bonitos son los cuadros de Caru Orta". Es verdad, son bonitos, bien compuestos y mejor escogidos, pues en ella suman dos conceptos primordiales para encarar la confección de una obra. La fuerte componente teórica de sus estudios y la delicada práctica de una diestra captación técnica y natural del paisaje.

Nos alegramos mucho de que Caridad Orta no sólo deje ver de nuevas sus obras, sino que tenga la osadía, en tiempo de crisis, tan cruel como el Saturno de Goya, de abrir una galería para disfrute de los amantes del arte y, no lo olvidemos nunca, para oportunidad de los artistas que con tanta dificultad encuentran espacios para que sus producciones sean consideradas y debatidas.

Sin espectadores y mercados, el artista es mera especulación. O leyenda. Viva el riesgo. Viva los arriesgados.

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