ARTE por María Pérez Mateo

La figuración es arte

Mi admirado Jaime de Vicente escribía días atrás un artículo que intitulaba La figuración es también Arte. Lo único que puedo añadir es enviarle felicidades por saber ver, analizar y escribir con tanto gusto. Jaime es de las personas más cultivadas que he tenido la oportunidad de leer, desgraciadamente no de tratar, en mis años de huelveña. Coincido con él en todo, salvo en su modesto temor a reconocer su claridad de pensamiento, su visión de la realidad y su fino y atildado sentido crítico del Arte. Del Arte en su máxima extensión.

Como compañeros que somos en nuestro querido Huelva Información, tan sólo he de ponerle, y pido sinceras excusas, un pero, una nota discordante. Es tan sólo una nota, pero… mayúscula. Le ruego que obvie para siempre de su pensamiento el adverbio también cuando haya de recurrir o referirse a la figuración. Arte es todo aquello que es expresión sensible de la realidad interna o externa. Es hacer visible lo invisible, tangible lo intangible, imaginable lo inimaginable. La figuración no es también arte, es la génesis del Arte.

La figuración, para entendernos, la aproximación a la realidad visible que vemos, sentimos y gozamos, es, a juicio de muchos teóricos, la cara opuesta de la desfiguración o abstracción de la realidad, que, no lo dudemos, es otro tipo realidad, en este caso invisible, pero del mismo modo una expresión sensitiva que vemos, sentimos y gozamos también. Aquí, querido Jaime, asiento y cincelo el adverbio con todas sus consecuencias.

Desde los albores de la humanidad, la que podemos considerar, aunque mucho nos cueste, humanidad inteligente, el hombre figura y desfigura según avanza su juicio crítico, según avanza su consenso social. En Altamira somos figurativos, realistas. Nuestra necesidad de tocar la naturaleza nos provoca un estado de aprehensión continua. Sin embargo, cuando nos asentamos, cuando nuestra mente evoluciona hacia un pensamiento de conquista intelectual, cuando hemos dejado atrás la cueva por afianzar campamentos sólidos, cuando creemos en la sociedad y en su estructuración laboral, el hombre ya no necesita tanto apropiarse de los elementos naturales imitándolos, reproduciéndolos. Ahora es tiempo de la reflexión, es tiempo de la abstracción. Ya no imitamos. Ahora, disociamos, sacamos conclusiones. La mimesis, el análisis, se ha convertido en síntesis. Este gran paso no significa la muerte de la figuración. La historia de la humanidad es la historia de una cohabitación perfecta entre la realidad y la abstracción. Tan bien avenida que a veces no sabemos salvar fronteras entre la figuración del mundo visible e invisible.

La crítica de una obra de arte provoca extensiones objetivas y subjetivas. No olvidemos, como decía ese demonio de la tentación, ese Dios de las licencias lujuriosas, Pablo Picasso, que "el arte es la mentira que nos permite comprender la verdad". La figuración y la abstracción es una mentira que sólo se declara verdad cuando se materializa, cuando se viste, en palabras de Chagall, "en estado del alma". El magnífico poeta moguereño Francisco Garfias escribió hace lustros que "esto de poder hacer lo que a uno le place es un don del cielo y es, casi siempre, la clave del arte. Del arte y de la vida. Primero es el sentimiento; pero luego hay que darle salida de la manera más afín con nosotros. Todo sin inmutarse demasiado por esos acarreos innecesarios de modas y de modos. (Sabemos) muy bien que los movimientos estéticos son mutables aunque entrañen ciertos valores de eternidad. Los credos artísticos mueren, inexorablemente, para renacer mañana porque su ciclo vital está condicionado por circunstancias efímeras de ambiente, lugar y tiempo determinado. Todo lo contrario de lo que creen algunos artistas de vanguardia -siempre hay, claro está, una vanguardia- y algunos críticos progres que tienen un terco convencimiento de que su postura es la única válida y que cualquier arte clásico, o simplemente formalista, ha pasado a la historia".

En tu extraordinario artículo destaca la labor de un pintor de la tierra, Pedro Quesada. Sus obras son figurativas porque él siente lo visible de adentro hacia fuera, y no al contrario. Y lo hace con el principio de la verdad, de la honestidad. Y ese principio es tan legal y tan artístico como otro cualquiera. Los amantes fascistas que niegan la verdad circundante no merecen la pena ser atendidos. Pedro Quesada es figurativo. ¿Y qué? Pedro Quesada toma el dibujo como principio de la imitación, de la reproducción. ¿Y qué? A mí, como a Jaime de Vicente, me gusta. Probablemente si Pedro Quesada desfigurase la realidad no me gustaría. ¿Por qué? Porque no sabría interpretarla como la interpreta desde la figuración. No es cuestión de gusto. De alma.

Jaime, los críticos, y las críticas, como dijo Nietzche, somos como los insectos, "no pican por maldad, sino para vivir (…) quieren nuestra sangre, no nuestro dolor". En mi caso, odio la sangre. Me repele el dolor. Tan sólo me empuja una idea utópica: con el diálogo, hombres y mujeres somos mejores. Con el diálogo vemos también mejor el Arte.

Lástima que este principio aún no lo haya aprendido el ser humano. O lo que sea.

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