Cuando éramos fenicios

Los fenicios eran un pueblo del mar. Una potencia naval, una talasocracia, con puntos estratégicos a lo largo del Mediterráneo. Sidón, Biblo, Tiro… Cartago. Cádiz, fundada en 1104 antes de Cristo se convirtió, como argumenta el profesor Corzo, "en la dueña de las rutas atlánticas y base para la exportación de los metales andaluces, hasta mucho después de la llegada allí de los romanos". Todas las ciudades fundadas por estos comerciantes intrépidos, por estos divulgadores sinópticos de tantas y riquísimas culturas asimiladas, mantenían una unidad artística y cultural. Huelva, y con ella todos sus arcanos, no escapó a su influencia, fue un puerto hespérido con una gran importancia para la economía del mundo conocido.

El Museo de Huelva ha inaugurado hace pocos días la exposición Fenicios, una atrayente muestra donde nos venció más las ansias por conocer la historia que une a Cádiz con Huelva y que nos ejemplariza, que la posibilidad de conocer lo exhibido. Las posibilidades se cumplen, menos los viernes con el 'cuponazo'. Salvo algunas curiosidades hasta la fecha no vistas, la exposición que nos ata a Cádiz, a la que tanto queremos por tenerla y nunca tenerla para abrazarla, nos depara dudas envueltas en alguna lágrima de impotencia. Pongamos… toda Cádiz fenicia.

Entre este acertijo donde involucro al verbo tener (y el 'chespiriano' no tener), introduzco una reflexión. Soy una enamorada del Museo de Huelva, pese a sus notabilísimas carencias cada día más visibles. Soy una apasionada del trabajo intenso y riguroso de Enrique Martín su conservador, una especie de sabio enciclopedista en vías de extinción que ya muchos quisieran tener en su nómina, y que seguro habrá tenido más de una pelotera con los disciplinados montadores/comisarios/sheriff de la muestra. Soy una enfermiza de Huelva, pero… no esperaba que los fenicios fueran tan parcos en esta exposición, habida cuenta de sus habilidades comerciantes y colonizadoras, capaces de poner en crisis al mismo Egipto. Ahora comprendo por qué nunca abrazamos a Cádiz. El mar es como el hombre, proceloso y distante, Y nos distancia, y tanto, el tener y si esto es tener, lo que tenemos. Conformarnos.

La exposición en conjunto, es muy interesante y didáctica, realza la vinculación Huelva y Cádiz a partir del siglo VIII a. C., cuando, según los datos arqueológicos, se produce la colonización fenicia, determinante, sin duda, en una nueva época en la historia de Tartessos. Y para satisfacerlo reúne la exposición lo mejor de nuestra sección de arqueología, léase lo que llamamos tartésico, un auténtico orgullo de pertenencia y una parte del legado que Cádiz muestra en su Museo.

Esa parte y no la otra, es la que hace que una exposición tenga tirón. Huelva se merece que el concepto Tartessos crezca y se identifique sin que por ello llamemos a la quimera del prestidigitador. Cádiz nos trae piezas hermosas, pero más hermosas, y Huelva y sus ciudadanos lo merecen, es que otras como el dios Ptah (Arqueológico Nacional), los sarcófagos masculinos y femeninos, los colgantes astrales y los estuches amuletos del Museo de Cádiz dialogaran con los Melkart de Sancti-Petri o de Punta Umbría o la impresionante máscara de negroide que se presentan. Y no están. Una exposición no siempre la hace lo que es conocido por espectacular o mediático, pero ayuda a que acudamos, ayuda a que no nos sintamos ninguneados.

No quiero entrar en su recorrido zigzagueante en cinco secciones, en su metodología previsible, en sus pausas y en sus videos que no se oyen, en sus carteles que no se ven ni en sus cartelas que confunden por falta de aire, en su catálogo de no sé cuántos euros ni en la 'caló' de la sala. No. Me quedo con la lectura de una exposición interesante que nos enseña piezas de valor incalculable y libras de conocimiento. Ahora bien, reflexionemos en la necesidad de un nuevo Museo. No más parches. A la exposición le faltan piezas consecuentes, pero más, mucho más, un espacio que realce lo que muestra. Los fenicios nos dejaron un legado extraordinario. Ya es hora de agradecérselo. Empecemos por el edificio. Luego, seguro, las exposiciones serán más completas. Y Huelva no es lugar de paso; aunque término, dimana. Y mucho. Si queremos, claro.

Huelva amaneció la semana pasada con los fenicios y fue más fenicia al vender en sus últimos días una torre de 100 metros y no sé cuántos más cristales de colores para el puerto de Levante. No hace mucho, se nos vendió el humo del misterio (pues desapareció como por arte de magia) de una torre superior en gallardía de unos trescientos y pico de metros. Obra de Calatrava, nada más y nada menos. Efectividad, efectismo, como los fenicios. Entre tantas torres, las almenaras de la costa; entre tanta gallardía electoral… ver un sueño cumplido. Un Museo, por ejemplo.

Calatrava diseñó un palacio en Valencia con el aire del yelmo de Jaime I. Esperemos que Gehry o algún primo vitivinícola no nos ilusione con el casco griego del Arqueológico Nacional reflejándose, desde el cabezo de la Joya en la ría. Ayer éramos fenicios. ¿Qué somos hoy?

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