Un facsímil para una cima de Falla

  • 'El retablo de maese Pedro' conmemora el XX aniversario del Archivo Manuel de Falla en Granada

El Archivo Manuel de Falla celebra el XX aniversario de su inauguración en Granada y, con tal motivo, ha editado el facsímil de los manuscritos fundamentales de El retablo de maese Pedro. La trascendencia de estos manuscritos es indiscutible, pues -al decir de Elena Torres, que ha tenido a su cargo la edición y estudio del facsímil- constituyen el mejor testimonio de cuatro años de proceso creativo (1919-1923), de dudas, arrepentimientos y soluciones valientes con los que Falla dio un vuelco a su lenguaje compositivo, y marcó un nuevo camino para la música española del siglo XX.

"Brilla en la noche el charol de los automóviles mudos […] Al pie de la escalera, medio desnudan a las damas los lacayos con los brazos cargados de abrigos". Así describió el periodista Corpus Barga la llegada de los invitados al palacete parisino de la princesa de Polignac el 25 de junio de 1923, con motivo del estreno de la versión escénica de El retablo de maese Pedro, de Falla. Siguiendo a Corpus en las páginas de El Sol, leemos que en la sala se agolpaban los poetas, los músicos, los pintores: "la corte de la princesa Edmond de Polignac". Allí se hallaban Paul Valery, "el poeta de hoy, que hace gestos de náufrago entre las ondas de los hombros femeninos"; el compositor Igor Stravinsky, "un ratón entre las gatas"; o el pintor Pablo Picasso, quien "de etiqueta y rodeado por todas partes, parece que está apoyado en una esquina y que tiene la gorra caída sobre una ceja", si bien "el héroe de la noche es el maese Falla".

La princesa de Polignac

La génesis de esta obra maestra se sitúa en 1918, al encargar la princesa de Polignac al compositor una obra de corta duración y de temática libre. Falla, en una decisión reveladora de su inquietud por renovar su lenguaje musical utilizando los materiales y recursos de la tradición española, informará a la princesa por carta del 9 de diciembre de aquel 1918: "El tema lo encontrará usted leyendo el capítulo XXVI de la segunda parte del Quijote: El retablo de Maese Pedro".

Como indica la profesora Elena Torres, acogiéndonos a los términos del contrato entre el compositor y la princesa, la obra debía estar terminada el 1 de julio de 1919; sin embargo, diferentes causas motivaron que lo que debiera haber durado menos de siete meses se dilatara finalmente cerca de cuatro años, hasta enero de 1923. Comenzó entonces un largo período de gestación musical, durante el que Falla dio a luz una nueva obra y -más importante aún- un nuevo estilo, con el que se abría una puerta hasta entonces intransitada a la vanguardia musical española. Por norma general, el devenir del proceso creativo es insondable; vive en la mente del compositor y no podemos adentrarnos en él. Sin embargo, en el caso particular de El retablo, las huellas de ese viraje artístico trascienden el pensamiento del músico para tomar cuerpo a través de numerosos esbozos, borradores y versiones primitivas de la ópera, que se conservan en el archivo personal del compositor.

Gracias a estos documentos sabemos que Falla inició la gestación de El retablo mediante la consulta y el acopio de fuentes musicales coetáneas al desarrollo de la acción dramática. La consulta de materiales pre-existentes como medio para activar la composición no se limitó al repertorio antiguo. Tras esta labor de documentación, el trabajo preliminar estaba hecho, y El retablo comenzaba a adquirir una forma bastante próxima a la definitiva. Sin embargo, la obra tendría que sufrir aún muchas suspensiones imprevistas, revisiones minuciosas e, incluso, completos replanteamientos antes de alcanzar su sonoridad final. El quehacer de Falla -nos comenta Elena Torres- se centró entonces en construir un andamiaje armónico e instrumental de la más rabiosa actualidad, así como en pulir y depurar sus ideas iniciales, un proceso que ocupó mucho tiempo al músico, y que se saldó con la introducción de numerosas modificaciones de detalle.

Finalmente, el 10 de enero de 1923 el compositor dio por concluida la obra; se cerraba así uno de los períodos más apasionantes de la trayectoria artística de Manuel de Falla, durante el que se tambalearon los cimientos de su pensamiento estético, y que desembocó en una completa renovación de su lenguaje. Hasta ahora este cambio había sido una incógnita; sin embargo, los manuscritos conservados en el Archivo Manuel de Falla -cuya edición facsimilar se presenta hoy- arrojan buena luz sobre estos cuatro años de proceso creativo llenos de dudas, arrepentimientos y soluciones valientes, con los que el compositor dio un vuelco a su propia manera creativa y marcó un camino hasta entonces inexplorado para la música española del siglo XX.

Wanda Landowska

Otra figura femenina clave en esta obra fue la clavecinista Wanda Landowska. Como ocurrió con otros muchos compositores e intérpretes, Wanda Landowska y Manuel de Falla se conocieron en el París de comienzos del siglo XX. No obstante, fue a partir de 1922 cuando ambos músicos retomaron el contacto, se brindaron una sincera amistad y emprendieron un enriquecedor intercambio artístico. Esta fructífera relación se basó en la afinidad de intereses. Landowska sentía una gran atracción por España, país por el que llevaba viajando con regularidad desde 1906; Falla, por su parte, fue un auténtico enamorado de la música antigua y recurrió a este repertorio como estímulo para renovar su propio lenguaje. Como resultado, Landowska se convirtió en la principal inspiradora del compositor durante los años veinte. De hecho, fue ella quien aconsejó a Falla sobre el uso del clave en El retablo de maese Pedro, quien impulsó la creación del Concerto para clave y cinco instrumentos, y quien se encargó de estrenar y difundir estas obras en diferentes escenarios europeos y estadounidenses.

Con el paso de los años, El retablo de maese Pedro ha consolidado su trascendencia y sumado el interés de músicos y artistas plásticos, que amplían la vigencia de la obra en teatros de medio mundo.

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