La fabulosa cómoda de Cortázar

  • Alfaguara publica 'Papeles inesperados', un volumen inclasificable editado por su albacea y Carles Álvarez y que reúne más de cien textos inéditos del escritor argentino, entre ellos varios 'cronopios'

Son ya las seis de la mañana y Carles Álvarez no puede pegar ojo en la habitación del hotel. Dentro de unas horas llegará la cena de Navidad -antes tomará un avión rumbo a Barcelona- pero él sólo piensa en los papeles que tiene ahora mismo consigo y se pregunta un poco abrumado: "¿Y ahora qué?".

Álvarez dedicó su tesis doctoral a los prólogos de Julio Cortázar, "en realidad -matiza- a sus textos dispersos en revistas y catálogos, que iba publicando sin demasiado control", y al cabo de muchos años de trabajo pudo conocer a Aurora Bernárdez. En diciembre de 2006, en una visita a París, la primera esposa y albacea literaria del escritor le dijo casi distraídamente que quería mostrarle "unos papelitos". "Y subimos a su casa. Yo pensaba, viendo la cómoda: 'serán unos poemitas, algún relato, alguna nota'. Pero abrió un cajón que estaba absolutamente lleno de papeles; abrió un segundo cajón absolutamente lleno de papeles; un tercero, un cuarto, un quinto... y de madrugada teníamos la mesa, la gran mesa de madera donde Cortázar escribió Rayuela, y el suelo de la habitación lleno de papeles".

Esta "alfombra increíble" es la que recoge Papeles inesperados (Alfaguara), un volumen de casi 500 páginas con más de 100 textos inéditos de Cortázar que acaba de llegar a las librerías, en el año en que se cumplen 25 años de la muerte del autor de Rayuela o La vuelta al día en 80 mundos. "El lector coleccionista va a encontrar un tesoro difícil de creer, se va a tirar de los pelos. El que no haya leído nunca a Cortázar encontrará una buena introducción a su obra, porque es un libro caleidoscópico, con pistas para conocer a todos esos escritores que cohabitaron en él", dice Álvarez, editor del libro junto con Bernárdez y encargado de completarlo con textos conservados en las universidades de Texas y Princeton, en la Fundación Juan March y en los fondos de la Agencia Efe, que distribuía a los medios de comunicación latinoamericanos las colaboraciones periodísticas de Cortázar.

El libro es, en efecto, una miscelánea que abarca medio siglo de trabajo del escritor, desde mediados de los años 30 hasta su muerte, en 1984, y que por tanto es, a su manera, "una autobiografía". Hay relatos; prólogos; textos inclasificables destinados a otros autores; algún discurso heterodoxo; autoentrevistas afiladas e irónicas ("Como ya lo hiciera otra vez, Julio Cortázar se deja entrevistar por dos de sus compatriotas, imaginarios en la medida en que él los inventó en su novela 62. Modelo para armar, pero muy reales a la hora de ir a pedirle cuentas y fastidiarlo en todas las formas posibles", escribe en la introducción de una de ellas); escritos sobre música y arte; reflexiones sobre su propia obra; artículos de prensa eminentemente políticos; caligramas (¿Qué hacemos con el pobre señor Spenalzo?, un juego tipográfico, señala Álvarez, en el que, al igual que hizo en Rayuela, "invita a pensar al lector que la literatura no es siempre algo que se lee de izquierda a derecha y de arriba abajo"); divertimentos para amigos (como El extraño caso criminal de la calle Ocampo, un texto detectivesco que Cortázar leyó en una reunión casera como culminación de una broma con la que había embaucado a varios de los presentes); poemas; y -sin duda algunas de las obras más llamativas para los seguidores del argentino- tres historias de cronopios completamente inéditas, once piezas de De un tal Lucas y un fragmento hasta ahora desconocido de Libro de Manuel; textos (los cronopios, titulados Vialidad, Almuerzos y Never stop the press, y los de su alter ego Lucas) que el autor no publicó -aunque tampoco los quemó, como hizo con otros textos más juveniles en los que "Cortázar no era aún el Cortázar que todos conocemos"- porque "siempre quiso seguir el lema de Gide: 'no aprovecharse nunca del impulso adquirido", explica Álvarez.

Papeles inesperados, advierte su editor, ayudará a "redondear todas estas facetas de Cortázar, pero que nadie espere que asome aquí un Cortázar nuevo", como ocurrió con el libro Imagen de John Keats, aparecido póstumamente y donde se reveló como "ese estudioso y gran conocedor de la literatura romántica inglesa que sospechábamos que era, pero del que no teníamos certeza".

Pocos de los documentos salidos de la cómoda de su casa parisina han quedado fuera de la selección, tarea que realizó Bernárdez. "Aurora decidió -comenta Álvarez- que algunos textos no valía la pena publicarlos, bien porque eran repetitivos, bien porque al propio Cortázar no le hubiera gustado verlos publicados". Y aunque el concepto de edición definitiva "no corresponde sino a la teología o al cansancio", como escribe en el prólogo Álvarez recordando lo que dijo Borges, la "hipótesis" del editor es que "quedará muy poco" material desconocido de Cortázar por aparecer.

Quizás por este motivo, muchas de las 1.200 personas que acudieron a la presentación del volumen en Buenos Aires se acercaron al editor para estrecharle la mano y felicitarlo por haber ayudado a que apareciera un libro más del escritor. "En este aspecto, Cortázar es muy especial. Uno lee con enorme pasión a Conrad, pero no se acerca en el bar a un tipo que está leyendo un libro de Conrad, para comentar, para compartir esa lectura. Esto sí pasa con Cortázar". ¿Por qué? "Él dijo que escribió Rayuela como una cura para no tirarse al Sena, y Rayuela es un libro sobre el sentido de la existencia humana. Quienes viven ese problema son los jóvenes, es lógico. Pero Cortázar lo escribió con casi 50 años, porque él era un eterno cronopio, un niño, o al menos un hombre que nunca envejeció. Y eso explica que mucha gente lea a Cortázar como un amigo".

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