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El éxito del buen gusto

El compositor belga Wim Mertens, al piano, con la violinista Tatiana Samoil, el viernes, en el Gran Teatro. El compositor belga Wim Mertens, al piano, con la violinista Tatiana Samoil, el viernes, en el Gran Teatro.

El compositor belga Wim Mertens, al piano, con la violinista Tatiana Samoil, el viernes, en el Gran Teatro. / m.g.

El prestigio y la fama de Wim Mertens se deben a la rica confluencia de su música; el belga aglutina lo mejor de escuelas y tradiciones para ofrecer un arte que cautiva, de melodía y ritmo a flor de piel. Junto a la violinista Tatiana Samoil brindó a Huelva una veintena de piezas: musicalidad, ímpetu, frescura y reflexión.

Mertens y Samoil envolvieron el Gran teatro con la interpretación de su Cran aux oeufs. Los onubenses que echan de menos tanto la música de cámara tenían el viernes una oportunidad. Y la técnica nunca fue alarde. Las obras seleccionadas contienen ese jugo propio de la transición del siglo XIX al XX, con trazos melódicos que se dejan en suspenso y ritmos variados a la manera de un mosaico. Además, la claridad del sonido y la limpieza de los acordes eran todo un lujo. Recordábamos con el Dúo a Stravinsky, Janacek y Gorecki.

Wim Mertens es un pianista que aúna lo popular y lo clásico en un lenguaje expresivo y penetrante consiguiendo vigor en acordes bien matizados; la violinista juega con las posibilidades de un instrumento de colorido pleno en todos sus registros y despliega en progresión su potencial técnico. Ambos se conciertan en discurso templado y audaz al mismo tiempo, como comprobamos en las piezas donde la melodía del violín y el piano nunca se pisaban.

Destacamos del concierto el cuerpo central de la primera parte, con una obra en do menor donde el piano arranca de un modo rapsódico para luego incorporarse el violín, cuyo desarrollo evocaba los grandes conciertos románticos; discurso coronado con el estilo de un cuarteto de cuerda. Esta capacidad de evocar la música clásica es una perspicaz invitación al público general para que profundice en el gran repertorio. Para la segunda parte el dúo reservó una obra iniciada con una tonada popular que poco a poco se haría frondosa con el desarrollo temático y el grado ascendente del violín. Y el punto culminante de musicalidad, donde disfrutamos de un trabajo de madurez e introspección, fue la penúltima pieza de la segunda parte: un auditorio en vilo escuchaba un precioso tema alternando dos tonalidades hasta concluir con una nueva tonalidad, como por transfiguración. Sería en esta pieza donde el Dúo moduló abiertamente de tonalidad, un procedimiento astuto para dejar con la miel en los labios.

Los cantos de Mertens son una estrategia maravillosa, el ingrediente mágico que permite al oyente sobrevolar las antiguas tradiciones en el espíritu de un compositor bohemio. Él nunca perdía el hilo de la interpretación logrando irrepetibles contrapuntos a tres voces. Se notó que en la primera parte definió más su timbre de contratenor, como perlas que se dejaban asomar inesperadamente.

Muy experto el dúo en mantener el arte por encima de todo: dejaron las emociones fuertes, las de un espectáculo, para el final. Ésta era la fórmula perfecta para enardecer a los seguidores incondicionales, que vitorearon y acompasaron con palmas puestos en pie.

Mencionamos también gestos curiosos, como los ademanes extravagantes del pianista, volcado con su público, en contraste a una violinista recatada, que dejó para el final su agradecimiento más evidente.

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