Fila siete

De espías y terroristas

Sí de eso va, de eso trata, de eso se ocupa la película Red de mentiras, que aún puede verse en nuestras pantallas y en su día encabezó, aunque fugazmente el "ranking" de las películas más taquilleras a lo largo de una semana tras su estreno el pasado 7 de noviembre.

Para cualquier cinéfilo que se precie una película dirigida por Ridley Scott, con títulos tan destacados en su filmografía como Los duelistas (1977), su magnífica "ópera prima" que tantos olvidan, Alien (1979) y Blade Runner, elevada a los altares del gótico futurista, es lógico que levante expectación.

Y así ha ocurrido con Red de mentiras que en la primera semana obedeció plenamente a esas expectativas aunque pronto se viera superada por Gomorra (2008), retirada por cierto prematuramente de nuestra cartelera a pesar de los clamores sobre su distinción en el reciente Festival de Sevilla y los aplausos unánimes de la crítica. Tal vez la película que hoy nos ocupa, encabezada por dos grandes divos de la interpretación de nuestros días, Leonardo di Caprio y Russell Crowe, pueda entenderse como una consecuencia posterior al atentado del 11-S y una réplica al film Juego de espías (2001), realizada por su hermano Tony Scott.

En todo caso esta versión del libro de David Ignatius, periodista del The Wall Street Journal y del The Washington Post, un distinguido especialista en temas del Oriente Medio y la CIA, bascula entre el sofisticado seguimiento tecnológico de la organización, de acusada visibilidad de los lugares más insólitos -¿cómo es posible que estos hipersensibilizados medios no den con Ben Laden y sus secuaces?- y los escurridizos terroristas islámicos, a los que escudriña el sabueso Roger Ferris, interpretado por Leonardo Di Caprio, bajo la vigilancia lejana en Langley de su jefe, el suficiente estratega Ed Hoffman, encarnado por Russell Crowe.

Esta actividad simultánea entre el experto en misiones de alto riesgo, conocedor del manejo de armas y explosivos, astuto, temerario, perspicaz y dominador de los giros idiomáticos árabes, que se ha introducido en el complejo ámbito islamista y su cultura, urdidor de una trama para atraer al más buscado de los peligrosos terroristas en Oriente Medio y la supervisión de su superior, ominosa y dogmática, controlador de un ejército de espías en todo el mundo, que desde Washignton maneja los resortes de un mecanismo, no siempre acertados, tomando decisiones que ponen en peligro la seguridad y la propia vida de su agente, en su afán de conseguir objetivos, sin importarle el precio que ha de pagar por ello, supone la principal entidad de una narración desigual, llena de golpes de efecto, aunque bien manejada técnicamente por el realizador, como en él es habitual.

Pero hay en este ejecutoria, correcta en la forma de contar la historia, una laguna considerable, debida sobre todo a las debilidades del guión escrito por William Monahan, que no ha acertado a superar las vacilaciones del libro original de David Ignatius, que si bien narraba con gran precisión las estrategias de este tipo de enfrentamientos contraterroristas, introducía elementos disuasorios y previsibles como esa intriga romántica del protagonista difícilmente digna de crédito.

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