"Tenemos unos espacios naturales únicos, pero no sabemos apreciarlos"

  • Regreso. El autor narra el retorno al paraíso en su obra 'El río del edén'

Un hombre, Daniel, vuelve con su hijo, Silvio, un chico con síndrome de Down, al mismo escenario donde vivió los primeros días de pasión junto a su mujer. Las circunstancias son ahora muy diferente a aquella acampada dichosa y esperanzada de los comienzos: Tere ha muerto, y sus familiares esparcirán las cenizas de la fallecida. En El río del edén (Alfaguara), José María Merino traslada al lector a los impresionantes parajes del Alto Tajo para ubicar allí una historia sobre las promesas del amor y las traiciones de la vida.

-El libro parte de la añoranza del edén, pero es también una reflexión sobre la imposibilidad de mantener un amor puro, de no contaminar las relaciones con el tiempo.

-Lo que he querido que descubra el protagonista es que cada uno tiene que hacerse su propio edén, su propia felicidad. Él no ha sido capaz de mantener el paraíso, entre otras razones porque el amor no consiste en esa idea mítica que albergaba. Pero el regreso a ese paisaje le facilitará una nueva visión del asunto.

-El protagonista se encuentra en la naturaleza consigo mismo y reflexiona sobre su historia, como si el hombre tuviese que alejarse necesariamente de la ciudad para entenderse.

-Quería buscar un espacio natural que está ahí, ajeno a lo que somos ya los seres humanos, que estamos empeñados en vivir alejados de esos espacios. Pero no quería perder de vista la realidad cotidiana: los personajes me permitían también hablar de cosas contemporáneas, como el síndrome de Down o la lesión medular, que están también en nuestra vida. También volvía a plantear los temas del sentimiento, del afecto, de lo que somos, de dónde está nuestra capacidad de comunicarnos, nuestra lealtad o deslealtad...

-Silvio, el hijo, representa ciertas virtudes del ser humano frente a Daniel, que es una persona más oscura.

-A mí Silvio me parecía que era el paradigma de la inocencia en el edén. Él da a Daniel el contrapunto de su experiencia vital. Daniel no se ha portado bien con su mujer ni con su hijo, ni siquiera quizás consigo mismo. Silvio, además, tiene unas percepciones singulares de la realidad, él aporta la magia de las leyendas, se habla de un tesoro, de los extraterrestres...

-¿Le costó mucho trazar el personaje de Silvio, no caer en cierto paternalismo?

-Cuando me planteé la novela me di cuenta de dos problemas: para la lesión medular, me fui al hospital de tetrapléjicos de Toledo, que está pasando un mal momento y ojalá sobreviva, porque es uno de los mejores centros de Europa en su especialidad, y allí profundicé en ese campo. Para Silvio, aunque yo conocía a hijos de amigos que tenían down, me puse en contacto con la Fundación Down, con chicos con este síndrome... Creo que he construido un personaje creíble. El síndrome afecta a todos por igual, pero uno puede ser más listo o menos listo, físicamente estar mejor o peor. Lo que sí es, por lo general, gente muy afectiva, muy sincera, que te cuenta lo que piensa.

-Usted que es tan dado al tema de los desdoblamientos aquí habla de Daniel como si tuviera dos caras: el Daniel benévolo, el egoísta.

-Es una novela donde no hay tema fantástico o tema metaliterario, como sí hay en otras mías, pero sí quise sacar un doble sin trampa ni cartón, como somos todos nosotros. En cada situación cualquiera puede tener dos proyecciones distintas. Siempre nos preguntamos: ¿me estoy portando bien, me estoy portando mal? Somos por lo menos dos, podemos ser más, claro, pero esta vez contrapuse los dos Danieles más visibles.

-Seguimos teniendo edenes en España, pese a la especulación inmobiliaria y la escasa preocupación que se ha tenido a veces por la naturaleza.

-En la Península Ibérica tenemos una diversidad que no tienen en otros países de Europa, marcada por lo atlántico y lo mediterráneo, el norte y el sur, lo europeo y lo africano... Los irlandeses llaman a la Península Ibérica el pequeño continente. Pero los españoles no valoramos lo que tenemos, nos lo tienen que decir desde fuera. Un día nos enteramos de que habíamos escrito El Quijote porque los ingleses y los rusos estaban entusiasmados con el libro. Todo el boom del ladrillo fue por no apreciar nuestros paisajes, y por torpeza, por avaricia.

-En la narración, es curiosa la utilización de la segunda persona.

-Lo sopesé, creí que era complicado, porque la segunda persona tiende a detener la narración, pero después de darle muchas vueltas, de hacer pruebas, tras empezar borradores con la primera y la tercera, me parecía que la segunda era como usar la primera y al mismo tiempo salirme un poco del personaje. Hay una perspectiva externa e interna al mismo tiempo, y al final opté por ella. Te permite darle al personaje, fácilmente, muchas perspectivas.

-¿El Merino cuentista se entromete mucho cuando el novelista anda con un libro?

-El cuentista siempre está metiendo la cabeza, pero eso es bueno. Le dice al novelista que se detenga, odia los recorridos innecesarios, y eso te mantiene alerta, te ayuda a la fluidez de la narración.

-Este otoño, son varios los académicos que han sacado novelas: Puértolas, Pérez-Reverte, usted. ¿Se asesoran los unos a los otros cuando andan embarcados en los proyectos?

-[Ríe] No, nosotros sólo llevamos la novela a la Academia cuando está impresa. Damos nuestros libros para la biblioteca. En la Academia sólo hablamos de palabras: palabras que han cambiado su significado, que aparecen de pronto, o que están ahí y que hay que incluir. Nosotros lo que hacemos es cuidar un patrimonio que es de todos.

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