Un drama dieciochesco

En el prólogo a esta Comedia en tres actos, Dale Ahlquist incurre en una comparación habitual cuando se trata de Chesterton: aquélla en que se lo declara legítimo heredero del temible polemista Samuel Johnson. También se pregunta Ahlquist por qué, tratándose de una pieza teatral en la que intervienen tantos personajes históricos (Johnson, su biógrafo Boswell, el filósofo Edmund Burke y John Wilkes, antiguo alcalde de Londres), dicha comedia no alcanzó un éxito aún más notable. Nosotros, por nuestra parte, e incurriendo en la misma figura retórica, nos preguntamos por qué se equipara siempre a Chesterton con Johnson, y nunca se menciona al memorable Pepys, maravilloso truhán del XVII británico, o a ese otro gigante acuciado por la divinidad que fue Léon Bloy.

Samuel Pepys, pícaro y hedonista, comparte con G. K. Chesterton ese gusto urticante, esa pasión ingenua, veraz, indesmayable, por la vida; con Léon Bloy lo igualan la solemnidad religiosa y un sencillo estupor ante el milagro del mundo. Con Johnson, ya se ha dicho, se distingue en el formidable ánimo polemista, así como en una vasta erudición, desplegada con autoridad y malicia, y en lo descompensado de sus fisonomías. Sin embargo, es otra cualidad compartida con Johnson, la humanidad, el profuso y denodado amor al ser humano, lo que da origen a esta obra de teatro. En El juicio del Dr. Johnson nos encontramos al filósofo conservador Edmund Burke, al extravagante enciclopedista Samuel Johnson, al inventor de la interview y biógrafo de Johnson, el escocés James Boswell, así como al mencionado Wilkes, envueltos en una trama de espionaje, por los días en que se declaraba la independencia de América. Todo esto les llevará a un divertido y sutil debate en el que Johnson, el paradójico y colérico Johnson, defensor de la soberanía de los pueblos, se mostrará no obstante partidario del monarca inglés y del mantenimiento de las colonias. No es ése, en cualquier caso, el Dr. Johnson que propone Chesterton; sino aquél otro que, por encima de las ideas, por debajo de las proclamas, encuentra al hombre tan aterido y ruin como al principio de los tiempos. Ese mismo Johnson, enternecedor y solo bajo su peluca, que declaró hace tres siglos una verdad tan obvia como persistente: "el patriotismo es el último refugio de los canallas".

De este modo, el grande y conmovedor Gilbert Keith Chesterton, católico en un país protestante, gigante alegre en el siglo más triste, viene a igualarse inopinadamente con esa sombra airada, con la memoria fiel y la sabiduría arbitraria (el chaleco minúsculo, la peluca torcida e insuficiente), del doctor Johnson.

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