"En una dictadura todos acaban siendo un poco víctimas"

  • El autor de Fuenteheridos disecciona la Lisboa previa a la revuelta lusa

"No, podré olvidarme de los demás días de mi existencia, pero no de aquéllos en los que me dejé envolver por la gracia y la locura lisérgica del 25 de abril. Cuando miro hacia atrás y hago recuento de los distintos episodios de mi existencia, sólo atisbo unos breves instantes de resplandor, como de fotografía sobreexpuesta y uno de esos pocos instantes es éste, en el que, de pronto, todo lo imposible era posible...".

Este párrafo define de alguna forma la atmósfera tonal y emotiva de Las cenizas de abril, la nueva obra de Manuel Moya con la que acaba de obtener el prestigioso premio Fernando Quiñones de novela, que une a una importante dotación económica, la edición de una editorial de referencia como es Alianza. Le visitamos en la plaza de su pueblo, Fuenteheridos, donde sigue viviendo contra viento y marea. Hace una mañana de sábado algo gris, pero las mesas de los bares de la plaza se van llenando poco a poco de forasteros, senderistas, ciclistas o familias que atraviesan la plaza como tomados por la pausa y la relajación. Jesús, el camarero, se acerca a tomar nota. Un par de cervecitas, para animar la conversación. Nos conocemos desde hace tiempo, cuando pusimos en común La raya del miedo.

-¿Dicen que los grandes autores, los humildes, los consagrados, se agarran fuertemente a su cuna. Sigues viviendo en Fuenteheridos. Qué significa tu pueblo?

-Bueno, yo, que soy tan libre para tantas cosas, que necesito sentirme libre en todas partes, siento que me debo a las raíces, al lugar donde vivieron mis antepasados. Aquí tengo mi memoria, la memoria de los míos, que es al fin la materia con la que trabajo. De manera que siendo un tipo bastante libre, me siento atado por los huesos a Fuenteheridos.

-¿Pero la novela que nos ocupa, Las cenizas de abril, no transcurre precisamente en Fuenteheridos.?

-Está ambientada en la Lisboa previa a la conocida como la Revolución de los Claveles, pero diré una cosa que no he dicho hasta hoy, el origen de esta novela está en una obra anterior titulada La tierra negra, que sí está ambientada en Fuenteheridos.

-¿En qué sentido están emparentadas ambas novelas.?

-Cuando acabé La tierra negra, que es una historia ambientada en la Guerra Civil y posguerra en Fuenteheridos, con la represión franquista de por medio, me planteé un interrogante que no era otro que el ponerme en el lugar de los hijos de aquellos que habían protagonizado la cruenta represión. Imaginé qué sucedería cuando alguien les dijera, oye, fulano, ¿sabías que tu padre mató a mi padre, a mi tío, a un chico de quince años? Me preocupaba saber qué es lo que ocurriría en la vida de esa persona, tras digerir esa información.

-Las cenizas de abril discurre por otros escenarios.

-Había escrito una novela sobre los horrores de la Guerra Civil. Debía buscar nuevas localizaciones y nada mejor que la Lisboa previa al 25 de abril, un periodo histórico y una aventura que me fascinaban desde hacía años.

-Cuál es la línea argumental de la novela.

-Trata de cuatro personajes atrapados en un tiempo histórico difícil, heredero de la guerra fría, del mayo francés y del fin del colonialismo. Hablamos de los últimos estertores de la dictadura de Salazar y Caetano, basada en la represión, en una visión irreal y casi mesiánica de Portugal. Estos personajes, cada cual desde su punto de vista, tratan de enfrentarse al tiempo que le ha tocado vivir.

-Estamos entonces ante una novela histórica.

-No exactamente. No al menos tal cual entendemos últimamente el género. Diría que es una novela de personajes, unidos a través de los lazos amorosos y de otras relaciones, digamos que más oscuros. Las relaciones amorosas entre ellos son cruciales en el discurrir de la trama.

-La crítica ha destacado que no se trata de una novela maniquea, de buenos y malos y que incluso en los malos, malísimos, hay rasgos un tanto benevolentes.

-En un régimen dictatorial todos acaban siendo un poco víctimas. Por supuesto las personas perseguidas, pero también los perseguidores. Esto, claro, no justifica los crímenes y tropelías cometidas, pero en el fondo todos acabamos siendo engranajes del sistema, de cualquier sistema. He tratado de humanizar los perfiles más sórdidos. En parte porque ya había escrito La tierra negra, donde me había tocado lidiar con personajes realmente pavorosos, a quienes no había ahorrado mi repugnancia.

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