Todo se desmorona alrededor

  • La sombra del escritor Philip K. Dick se alarga y espesa en las propuestas más estimulantes surgidas en la ciencia-ficción e inspira un buen número de películas que beben de él

Diversas historias de Philip K. Dick comienzan con el descubrimiento de un fallo, un desajuste, una pieza que debería encajar en el último hueco del rompecabezas, y no encaja. En Tiempo desarticulado -una novela de 1959 reeditada por el sello Minotauro-, cierto personaje entra en el cuarto de baño de casa y busca instintivamente un cordón para dar la luz; sólo después de varios intentos se percata de que en casa hay interruptores, no cordones. A partir de esta pequeña grieta, el edificio entero empieza a resquebrajarse. ¿De dónde viene ese acto reflejo, ese recuerdo incierto? El protagonista de Tiempo desarticulado, Ragle Gumm, vive en una idílica comunidad norteamericana de finales de los 50. Desde hace tres años participa en un concurso diario convocado por un periódico y desde entonces vence indefectiblemente cada día aunque, en ocasiones, reconoce haber respondido al buen tuntún. El concurso lo ha convertido en una celebridad local y, sin embargo, no las tiene todas consigo. Duda, teme, sospecha (verbos conjugados con asiduidad en la narrativa de Dick).

Ragle Gumm decide poner a prueba esa "realidad" quebradiza y abandona la ciudad. No lo consigue en un primer intento, de modo que prueba una y otra vez hasta romper el cerco, y descubre que esa localidad en donde lleva una existencia en apariencia envidiable está construida expresamente para él. Todo es un montaje. Su familia no es tal, tampoco sus amigos. Miles de personas interpretan diariamente su papel de gente corriente en una población como otra cualquiera a fin de crear el ambiente propicio para que él siga participando en el susodicho concurso. Que no es un simple concurso. Imagino que a más de un lector este tinglado le recordará el nudo argumental de El show de Truman, escrita por Andrew Niccol y dirigida por Peter Weir. No van mal encaminados. Como recordarán, en esta película, el infeliz Truman Burbank (Jim Carrey) vive ignorante de que su existencia es seguida por miles de cámaras y por millones de tele-espectadores en el mundo. También su vida es una ficción. Ambas historias especulan sobre la posibilidad de una realidad aparente en la que vivimos un simulacro de cotidianidad y una realidad real, que sólo entrevemos. Pasemos ahora a Ubik, publicada hace unos meses en la colección de clásicos de Minotauro.

En esta otra novela, Dick esboza un futuro bajo el signo de lo absurdo, pero no una absurdidad que invite a la mofa, sino una muy diferente que congela la sonrisa apenas se insinúa en los labios. En el mundo de Ubik, los seres humanos han desarrollado facultades mentales prodigiosas; hay telépatas -muy cotizados por las grandes empresas- capaces de adivinar el mañana con un escaso margen de error; hay asimismo quienes pueden bloquear a estos últimos, los inerciales, muy solicitados también por esa minoría con recursos económicos suficientes para contratar tales servicios. En esta sociedad futura todo está supeditado al dinero. Hasta para entrar en la propia casa los ciudadanos deben introducir una moneda en la ranura de la puerta; una vez dentro deben pagar para abrir la nevera, prepararse un café o encender la televisión (una estampa hiperbólica hacia la que parece dirigirse la nave del presente). Un grupo de inerciales sufre un atentado. El dueño de la compañía, Glen Runciter, muere a consecuencia de la explosión; un colaborador suyo, Joe Chip, intenta revivirlo, pero nada puede hacerse. Inmediatamente después de estos hechos, Chip descubre a su alrededor anomalías, trastornos, errores… Y Chip se hace la pregunta más pertinente y embarazosa: ¿Quién murió realmente en el atentado, Runciter o los demás? Se me ocurren varios filmes que podrían haber bebido de esta fuente, desde Scanners (1981) de David Cronenberg hasta Matrix (1999) de los hermanos Wachowski, pasando por Abre los ojos (1997) de Alejandro Amenábar. No son las únicas ocasiones en que la semilla de Dick germina en campos ajenos (debe tenerse en cuenta que la influencia de la literatura en el cine no pasa obligatoriamente por la adaptación reconocida o reconocible).

La sombra de Philip K. Dick se alarga y espesa en las propuestas más estimulantes surgidas en el ámbito de la ciencia ficción de un tiempo a esta parte. Ahí está la extraordinaria Origen (Inception) de Christopher Nolan, una obra que especula sobre la existencia de mundos alternativos, los de los sueños, y con mercenarios que pueden extraer o introducir ideas en el cerebro del durmiente.

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