Fila siete

La comedia en baja

En una cartelera como la nuestra, me refiero, de tan baja entidad, es lógico echar en falta títulos tan aplaudidos en la actualidad como Una chica cortada en dos, de Claude Chabrol; Mil años de oración, de Wayne Wang; Elegy, de Isabel Coixet; Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet y Al otro lado, de Fatih Akin. Esta última afortunadamente la recuperaremos el próximo 10 de junio en las esporádicas sesiones del Gran Teatro que nos redimen de tantas faltas, por citar algunas de las más significativas. Otros títulos se eternizan en cartel y no falta nunca el cine de terror. La última muestra se estrenaba el pasado viernes en nuestras salas: Una noche para morir, mientras se nos hurta Sentencia de muerte, junto a las inevitables comedias.

Y escribo inevitables porque si bien la comedia es una de los género señeros y más prestigiosos del cine norteamericano que en esencia es el que mejor la ha tratado, en los últimos tiempos no nos ha brindado sus mejores ejemplos y eso que, como yo recordaban en mi crítica de Algo pasa en Las Vegas, el pasado sábado, teníamos en esa fechas en cartel : Papá por sorpresa, de Andy Fickman, más bien una comedia familiar y doméstica propia de la factoría Disney; Como locos… a por el oro, de Andy Tennant, que es una comedia de aventuras; Mi novio es un ladrón, de George Gallo, una comedia de enredos y corte casi policial y la citada objeto de esa crítica. En ningún caso estamos ante títulos para recordar especialmente.

Es ésta la comedia a la que hoy quiero referirme y de la que ya me ocupaba el pasado sábado día 10 en esta sección, tal vez por la incidencia que en el espectador generalizado pueda tener el atractivo de Antonio Banderas al frente del reparto. Junto a él Meg Ryan. Pero uno se asombra a veces del precio que tienen que pagar algunos intérpretes para mantenerse en cartel aunque tengan que aceptar guiones y personajes que están muy por debajo de su categoría de actores. Tal vez no les importa por aquello de avivar la llama de la popularidad a costa de películas que les exigen poco esfuerzo. Por eso no es extraño encontrarlos al servicio de un proyecto como éste, bastante simple con buen sentido del humor y poco más para entretener a un público complaciente.

Y así sirve de pretexto que un joven agente del FBI al regreso de una misión, vea que su madre, deprimida y descuidada la última vez que la vio, se haya convertido en poco menos que una chica "sexy", atractiva y juvenil, que atrae a los hombres jóvenes y está enamorada de un tipo seductor que es un conocido ladrón de valiosas obras de arte, a quien la organización policial le encarga siga sus pasos.

Mi novio es un ladrón es una película ideada y realizada para entretener y divertir al espectador. Una cosa y la otra lo consigue difícilmente porque gracia tiene más bien poca y salvo algunos golpes de humor, chistes de doble sentido, tan socorridos en estos casos, todo propende a la monotonía y cierta insulsez, aunque tenga algunos ganchos para un público fácil de contentar y admirador de famosas figuras del cine. Al final sólo en ellas puede encontrar algún interés. Por lo que se refiere a Meg Ryan ha sufrido una transformación estética tan severa y desacertada, que ha desdibujado bastante su fisonomía atractiva de otro tiempo. Sin duda el cirujano plástico que la trató no resulta nada recomendable. En cuando a Antonio Banderas no acaba de encajar en ese tipo de ladrón de guante blanco tan prodigado, a veces con notable acierto, en el cine de todos los tiempos. Hace cuanto puede, no mucho, para salir airoso de su cometido. En cuanto al tercer protagonista, Colin Hanks, el emergente hijo del famoso Tom Hanks, simplemente cumple.

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