En busca del ayer

En la provincia de Huelva no podía faltar la cuestión musical que caracterizó el fin del siglo XX. Si hay algo controvertido en el mundo de la interpretación musical que divida a partidarios y detractores ése es el historicismo. Al margen de los límites rigurosos que marcan acontecimientos de la Historia, punto de inflexión que abre puertas a culturas exóticas, el estudio del pasado musical que comenzara hace cincuenta años devuelve muchos rasgos artísticos que con la sucesión de periodos se habían ido perdiendo. Aracena, con su XIX Muestra de Música Antigua, nos ha brindado la oportunidad de recrearnos con interpretaciones alimentadas por este espíritu histórico. Concertistas, profesores y alumnos le han tomado el pulso a una época pretérita que retorna al oído actual.

Tres características fundamentales son las de la música antigua: afinación, textura y sensibilidad. La afinación realza las cualidades de voces e instrumentos favoreciendo sus timbres individuales y colectivos. La textura busca ante todo la suavidad y la calidez de manera que las distintas partes se conjunten sin aspereza alguna que rompa la uniformidad del discurso. Y en cuanto a la sensibilidad, el estilo propio de abordar determinada pieza no debe alcanzar niveles extremos que retarden el aire fijado convencionalmente al principio; esto es crucial en el coro o la orquesta, donde se debe acordar los límites de lo subjetivo para que el discurso no se rompa.

Pero lo que se ha asumido mejor dentro de la música antigua es la figura de la orquesta. Éste es un cambio objetivo, que diferencia bien los conceptos entre una época que ha encontrado el equilibrio entre pocos músicos y una orquesta de cámara y otra época que pasa de la sonoridad camerística a la sinfónica. De hecho, el protagonismo solista frente a una masa acompañante de envergadura y poderío viene a representar el cambio decisivo, que se aparta definitivamente de un lenguaje que fue evolucionando y diversificándose a lo largo del tiempo y al impulso de autores y escuelas. La música antigua desecha los volúmenes saturados y los delirios expresivos para profundizar en el alma de la melodía, el ritmo y la melodía; se condensa la sonoridad a una expresión esencial y reveladora al mismo tiempo que exige del intérprete recatamiento y perspicacia a la vez. Sin embargo, una lectura correcta y distante convierten a la música en una sucesión de notas como si cada una estuviera metida en la urna de un museo arqueológico.

Seamos realistas: no podemos trazar una línea que separe radicalmente lo antiguo de lo nuevo; pretenderlo sería tan absurdo como si mirando al firmamento dijésemos en qué instante la noche se convierte en día. Sabemos, además, que en el corazón de una época hay compositores que escriben adelantándose cincuenta años o bien con retrospectiva de un siglo. Es necesario interiorizar una partitura sin ser demasiado consciente para después contrastar la impresión personal con el estilo de dicha época Éstos son pequeños márgenes subjetivos que hacen grande a la música, sin que ésta, dicho sea de paso, pierda su naturaleza.

La música medieval, renacentista y barroca poseen variados recursos para desencadenar un efecto extraordinario, a veces mayor que el estrépito de un tutti de orquesta sinfónica actual que interprete una obra del Romanticismo tardío. ¡Y ahí está el reto historicista! Si se moldea debidamente la armonía contrastando dinámica entre las voces y los instrumentos, si se trabaja delicadamente el color de unas cuerdas o si se estudia el mensaje oculto de los silencios en una partitura, el oyente llega a descubrir un mundo interior prodigioso, probablemente el que nos comunique con nuestro pasado y nos haga sentir orgullosos de nuestras raíces.

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