Tinta fresca

'La buena tierra'

La primera novela que leí entera cuando era un crío, de portada a colofón, fue La buena tierra, de Pearl S. Buck. No voy a repetir aquí y ahora lo que viene en cualquier enciclopedia al uso, como que la autora nació en Hillsboro, Virginia (USA) en 1892, y que aún sin romper a hablar, sólo con meses de vida, sus padres -él, misionero presbiteriano- se trasladaron a vivir a China, en concreto a Zhenjiang, Jiangsu, lo que motivó que Pearl aprendiera el idioma de su tierra de acogida antes que el de su país de cuna. Tampoco me extenderé sobre su carrera literaria, que fue premiada con el Nobel y el Pulitzer, porque son datos archisabidos, que diría Quevedo. Sólo diré que el ejemplar que me regaló una gran maestra, de nombre Margarita, venía en rústica y en formato de bolsillo, libro que aún conservo, por cierto. Luis de Caralt publicó el segundo libro suyo que cayó en mis manos: Viento del Este. Viento del Oeste, y luego llegaron Asia, La madre, La estirpe del dragón, Peonía, El pez dragón, La gran aventura, etc. La buena tierra fue traducida al lenguaje cinematográfico por Sidney Franklin, y su estreno en 1937, con Paul Muni, Walter Connolly y Luise Rainer en los papeles centrales, aunque mereció más, mucho más, sólo obtuvo un Oscar a la Mejor Actriz y otro a la Fotografía: inolvidable en escenas como la invasión de las langostas. Al ser el primer libro que me abría sus puertas para que me internara en sus páginas, significó para mí un despertar a la literatura tras una serie de textos dejados a medio leer, aparte de los que establecían las disciplinas de la escuela.

La buena tierra es la historia de Wang Lung y su familia. Él hereda una tierra de sus antepasados, la labra, la sufre, la goza y todo gira alrededor de ese predio en el marco de la China precomunista. En el escenario propuesto a ras de suelo, pura tierra, Wang Lung, hombre prudente, sabe que aquello es su origen y su futuro, y se afana en el presente de su juventud en trabajar lo que el destino ha puesto a su alcance hasta conseguir una notable prosperidad que le permitirá con el tiempo contratar a otros para que le trabajen a él. Como una sombra permanente y respetada está la figura de su padre, que antes hizo lo mismo y trazó el camino, como referente, de la unión familiar y de la transmisión de una cultura de supervivencia venida de lejos, básica, suficiente. Mi personaje favorito entonces, al igual que ahora en la relectura, es O-Lan, la primera mujer de Lung, al que tanto ayudó en los peores momentos de penuria que asomaron; mujer que con el matrimonio se libera de su condición de esclava. Loto es la segunda esposa, descrita por Pearl S. Buck como una belleza que cautivó a Lung. Hay una tercera: Cukoo, la amante que calcula y media en los tratos y conflictos que se generan, y una cuarta: Flor de Peral, esclava de la casa, hacia la que Lung también se siente fuertemente atraído. La familia se completa con varios hijos: Nung En, primogénito, que no querrá aprender a manejar la tierra, sino a leer y a escribir, como su hermano Nung Wen, que entrará en los secretos del comercio y administrará la hacienda. Luego nacerá una hija en la peor época de hambre, que no tendrá un desarrollo como sus hermanos y permanecerá al calor familiar sin otro horizonte. Le seguirán un niño y una niña, mellizos. La niña se casará con un pudiente y el hijo se hará soldado contraviniendo el deseo del padre, que lo quería sin formación alguna para que se dedicara a continuar con la labranza de la tierra como una tradición. En el coro de personajes no faltarán un tío de Lung, que utilizará el buen nombre de su sobrino para llevar a cabo acciones turbias, y su hijo, seguidor del modelo paterno.

La historia en sí, el dibujo de cada personaje, sus relaciones, sus grandezas y sus miserias, todo universalizado, elevado de la anécdota localista a rango de categoría, tienen en la obra un encanto difícil de conseguir en una narración; encanto tan denso en su fondo, tan alado en su forma, tan de tallarse en "los canalillos de la memoria", como diría Tasio, que al releerla he tenido la sensación de haber seguido en todo momento por la página que había dejado señalada ayer mismo, y no hace décadas.

Recuerdo hoy esta hermosa novela por varias razones: 1ª, porque he vuelto a leerla al estar fijada como libro-eje de unas jornadas literarias a las que he asistido; 2ª, porque, al hilo de las sabias palabras de un viejo maestro, siempre es preferible leer una buena obra dos veces que una mala una sola; y 3ª porque, simplemente, me ha apetecido leerla quizás como disimulado homenaje de respeto a esa primera vez que se abre un libro de los que te marcan un camino del que ya nunca puedes desviarte.

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