"A la bruja se la demoniza porque demuestra que es capaz de vivir sola"

  • La editorial Siruela publica el 'Libro de brujas españolas', una selección de 42 cuentos y 24 historias que muestran las peculiaridades y puntos en común que reúne el arquetipo en toda nuestra geografía

Monstruo viene de mostrare, mostrar. Un monstruo sobrecoge porque nos enseña al otro ajeno o, precisamente, a aquello de nosotros mismos a lo que no nos gusta mirar. A las brujas - "que muestran al otro femenino"- llegó Ana Cristina Herreros a través de estas criaturas, a quienes había reivindicado con anterioridad en el Libro de monstruos españoles.

El Libro de brujas españolas se abre con un exhaustivo estudio etimológico de todos los términos utilizados para definir a estas mujeres. Bruxa, en su origen, se refiere a un fenómeno atmosférico borrascoso de los Pirineos. "Viene a subrayar -apunta Herreros, filóloga de formación- lo que tiene de incontrolable, de figura revolucionaria y transgresora".

Publicado por Siruela, el Libro de brujas españolas contiene 42 Cuentos Maravillosos -en los que la donante o la dañante es un hada, bruja o hechicera- y 24 Historias de Brujas -leyendas familiares o locales-. No se hace referencia a brujas históricas o a procesos inquisitoriales. "La gran diferencia con respecto al resto de brujas -comenta su autora- es que en la tradición oral española, cuando aparece una de estas mujeres en posición de donante, vemos cómo el cristianismo sustituye la figura de esa mujer de poder por la de la Virgen María. Si el personaje sobrenatural causa algún daño, entonces se demoniza y pasa a ser una bruja".

Es sorprendente comprobar la cantidad de referencias que, a lo largo de estas historias, es posible encontrar tanto con mitos clásicos -Perséfone, Medea, las Nornas y las Parcas...- como con las historias del folclore europeo: hay cuentos que llaman sin bochorno a Los hijos del rey Lear, a Cenicienta, a Blancanieves, a Hansel y Gretel -del que incluso, aunque no incluida en este volumen, hay una versión gaditana-.

"Homero era un cuentacuentos realmente y tomó de la tradición oral los elementos de La Odisea -indica Herreros-. Hace más de 2700 años que Homero recogió sus historias y, sin embargo, yo he encontrado un cuento de una mujer analfabeta en Cataluña que recrea la misma historia que el cíclope Polifemo, al que ella llama el Ojo Testa. Grimm, Perrault, Afanásiev en Rusia... lo que hicieron fue recoger los cuentos de la tradición oral y recuperarlos. Pero no son historias de la tradición alemana, sino occidental, que cuentan lo que les preocupa a los seres humanos. Y al hombre de hace siglos y al actual les preocupan las mismas cosas. Los cuentos transcienden todo tipo de culturas y encuentran nido en el corazón de la gente porque hablan de cosas humanas".

Uno de los esquemas que más se repiten en estas historias es el de Dánae/Rapunzel: la muchacha aislada del mundo en una torre para que no conozca varón y, en el imaginario español, no abandone a su madre en la vejez -caso que, exceptuando torreones, ha sido una constante en nuestra sociedad hasta hace bien poco-. "Sin embargo, Vladimir Propp analiza el mito del encerramiento de la joven diciendo que, en las sociedades neolíticas, se encerraba al monarca para preservarlo de los males que estaban en el aire -explica Ana Cristina Herreros-. Lo que interpretamos como machismo en el fondo es todo lo contrario, un intento de preservar la fuente de la vida, la mujer reproductora, de todo lo malo que hay en el exterior.

La versión acaparadora de nuestros cuentos ha tergiversado esto, adaptándolo a la realidad de las sociedades patriarcales, donde la joven, para colmo, pasa a formar parte de la familia del hombre, dejando a los padres solos. A mucha gente no les gustan los cuentos populares porque transmiten valores machistas pero, a veces, es todo lo contrario: si miras atentamente, lo mismo descubres que no es así".

Uno de los grandes temores que transmiten estas historias viene a ser justo esa inversión de roles: la sumisión del hombre al poder de la mujer. Un modelo de lo femenino que chocaba por completo con el modelo propuesto: "La bruja siempre ha sido un personaje muy demonizado, y se la demoniza porque es capaz de demostrar que puede vivir sola -continúa Herreros-. En las sociedades patriarcales, se promueve que la mujer se quede en casa y ejecute los deseos del marido. Para que sea una buena mujer, ha de someterse a los deseos del otro. Por eso estaba mal visto que la mujer se riera ostentosamente o que manifestara, en general, sus emociones, porque iba contra los valores de honestidad y recato que se fomentaban. La bruja es justamente lo contrario".

En los cuentos, como vemos por ejemplo en La bruja cara de gato -donde el protagonista demuestra ser capaz de cumplir su palabra a pesar de las apariencias o de las voluntades adversas-, las hechiceras terminan premiando al hombre que valora a las mujeres. Y castigan, como en La señorita y el jándalo, al seductor desaprensivo.

"La bruja es un ser bastante caprichoso, que castiga o premia a su albedrío -comenta la autora-. Pero, según los valores patriarcales, una mujer no podía ser veleta. Fíjate que una mujer que actúa según lo que quiere es una caprichosa. Un hombre no: un hombre tiene deseos, que es algo más serio".

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