Un arte rebelde y consciente de su alcance

  • El CAAC conmemora sus 25 años con una muestra colectiva que acaba señalando sin tapujos a la crisis: a sus antecedentes y a sus secuelas

¿Tiene algo que decir (o hacer) el arte en tiempos de crisis? La pregunta, como una corriente subterránea, recorre esta exposición y sale de improviso a la superficie. De hecho encabeza la muestra. Uno de los indicadores que Rogelio López Cuenca hizo para la Expo 92 (idénticos en el diseño a los oficiales pero de inquietante contenido) lo dice a la entrada: ¿Para qué poetas en tiempos de miseria? Hölderlin, en el poema Pan y vino, lamentaba con ese verso el ocaso de la Grecia clásica. López Cuenca retoma la pregunta ante una nueva perplejidad: ¿qué papel tiene el arte en tiempos de crisis?, ¿cuál se le concede?, ¿es incentivo o narcótico, impulso de cambio o nuevo opio para el pueblo?

El arte puede ser en efecto como un consuelo: pan (poco) y circo (abundante). Lo dice María Cañas, con una mirada llena de sarcasmo hacia el mundo de los toros, y también Juan Luis Moraza, aunque de modo más críptico. Actualiza, digámoslo así, una obra de intenso erotismo, El baño turco de Ingres, en un extraño objeto, parecido a esas máquinas que, por una moneda, entregan una bola con premio-sorpresa. Sólo que en este caso el premio es ilusorio porque las bolas nunca podrán salir. Son demasiado grandes: un globo terráqueo, otro del universo y balones, muchos balones, de fútbol, baloncesto, voleibol. La mirada del deseo se queda en ayunas.

También puede convertirse el arte en respetable índice del poder (económico, social o político) al que legitima en nombre de la cultura. Así lo sugiere el extenso mural de Inmaculada Salinas: a las fotografías (tomadas de la prensa) donde personajes sin rostro (¿responsables políticos, expertos financieros, intelectuales mediáticos?) se exhiben ante obras de arte, opone la autora el ritmo y el color de una pintura tan sencilla como potente. En parecida dirección, un objeto de Joan Brossa: al confortable y cuidado sillón le ha salido una preocupante cola de zorro. ¿Cara y cruz de la alta cultura?

Por eso no extraña que la muestra acabe señalando sin tapujos a la crisis: a sus antecedentes y a sus secuelas. El preludio, las fotos de Jorge Yeregui, El valor del suelo: familias felices posando ante la vivienda recién comprada (¿a qué precio?, ¿con qué consecuencias?). El trabajo de José Jurado (Villanueva del Duque, Córdoba, 1984) sirve de nudo y desenlace: Escapar de la tierra acumula fotos, anuncios y noticias encontradas que hablan de jóvenes forzados a emigrar para hacerse su vida más allá de nuestras fronteras. Una gran fotografía de Peter Friedl puede servir de tránsito: recuerda, oponiendo Berlín y Colonia, que el arte no es sólo corrección y presunta belleza.

El arte señala esos problemas pero es consciente de sus limitaciones. La idea se dibuja desde los primeros compases de la muestra. Curro González reconoce la entrega del artista (busca, mira, fotografía, filma, pinta, dibuja o graba en un modesto portátil), como también sugieren los Jokers de Chema Cobo, pero sabe que su aportación es limitada porque está mediatizada por las diversas instituciones. Por eso reconoce con humildad aquello de no ver, no oír, callar. Esta humildad contrasta con los afanes de reconocimiento del artista mediático o con el mesianismo del artista chamán.

Tras la Segunda Guerra Mundial el arte mide sus pasos. Busca más dialogar que deslumbrar, consciente de que el mito romántico del genio y el moderno de la privilegiada subjetividad del artista pueden generar la peor barbarie. Por eso, hoy sólo busca rehacer nuestra sensibilidad, extraviada en imágenes que generan mercados, medios o aparatos del Estado. En esa dirección trabajan Juan Uslé o José Piñar, y con mayor intención Manolo Quejido (la pintura es ante todo Pensamiento, la flor pintada sobre periódicos) o Alfonso Albacete al recordar, con audaz uso del color, que el cuerpo sintetiza sensibilidad y pasión.

Otro apartado de trabajo del arte es el cuerpo, organon de la expresión (dice Ángeles Agrela) y de la pasión inteligente que se sabe capaz de elegir sus preferencias y de mostrar su solidaridad como indican los trabajos de Pepe Espaliú, Guillermo Pérez Villalta y Rafael Agredano.

Análoga sencillez y decisión tienen las obras de Annika Strom y Ruth Ewan al intervenir eficazmente en la música-disco, mientras Alonso Gil y Francis Gomila apuntan cuanto oculta la inocente Guantanamera. Carrie Mae Weems, una autora que prolongó su activismo juvenil por los derechos civiles en sostenida reflexión sobre la condición de los afroamericanos, muestra cómo se construye la vida privada desde la Mesa de la cocina.

La exposición es el punto de partida para conmemorar los 25 años que este 2015 cumple el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Lo hace con esta reflexión llevada al compás de su colección, hoy por hoy, la gran desconocida de los andaluces. Otro día hablaremos de ella y de las dificultades que cada día debe superar.

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