El arte de lamerse la herida

  • 'Vulnicura' es quizás el disco que ya no esperábamos de Björk, una dolorosa, y gozosa, travesía de la desesperación a la autoafirmación

No digamos ya canciones, sino estrictamente álbumes: ¿cuántos discos monumentales le debe la historia de la música pop a las cuitas sentimentales, a las desgarradoras rupturas de pareja, a la sensación de fracaso y abandono del amante dolido y despechado?

Si el amor es pura materia prima del pop, no lo es en menor medida su amenazante reverso, ese desamor que permuta la alegría de vivir en sangrante lamento herido, en primigenio grito de incomprensión casi siempre luego transformado, al menos en el mejor y más deseable de los casos, en inevitable ritual de aceptación no exento de rabia y autoafirmación. Ese otro morir un poco…

A tan nutrido grupo de títulos memorables se suma ahora, sobrado de méritos, Vulnicura, noveno álbum oficial de la simpar Björk Guðmundsdóttir -descontados escarceos pre-Sugarcubes, bandas sonoras como las de Dancer in The Dark y Drawing Restraint 9, directos varios y volúmenes de remezclas-, inequívoco exorcismo tras la disolución del vínculo amoroso con quien fuera su compañero durante más de una década, el artista estadounidense Matthew Barney, un proceso de desintegración que la islandesa se empeña en documentar -antes, durante y después- a corazón abierto, alcanzando cotas de intensidad y emoción, tanto en los textos como en la misma música, que parecían ya desterrados de su imponente e influyente discografía.

Permita, una vez más, semejante ejercicio de especulación, pero resulta imposible abstraerse a una sucesión de los hechos que sitúa a nuestra heroína en plena huida artística hacia delante coincidiendo, justo, con un periodo de presunta estabilidad sentimental. Es la Björk que, tras Vespertine (2001), se embarca en proyectos de un cada vez mayor calado experimental. Son aquellas aventuras con desiguales resultados, pero que confirman que la autora mantiene intacta una insobornable actitud de exploración y conquista de nuevos territorios. Es la Björk de Medúlla (2004), Volta (2007) y, en el extremo de tan arriesgada apuesta, Biophilia (2011), presumible punto de no retorno, se intuía entonces, en su desconexión con las formas convencionales de la canción. Y en ésas, ¡zas!, la ruptura. ¿Adivina dónde ha venido a refugiarse?

Queda claro que, afortunadamente, la cantante y compositora, una de las figuras realmente decisivas de la música pop de las dos últimas décadas, no se deshace del bagaje acumulado durante esa travesía. Björk conserva el ánimo experimental, pero en buena parte de Vulnicura lo aclimata a las necesidades expresivas de unos baladones a lágrima viva -valgan los iniciales ejemplos de Stonemilker y Lionsong- que emparentan sin complejos desde parámetros sonoros propios de 2015 con aquellos otros que, hace tantos años, celebrábamos en un disco tan redondo como Homogenic (1997).

Del mismo modo, permanece esa ya perfecta simbiosis entre electrónica y cuerdas -tan orgánica y natural ya la una como las otras- que configura desde hace tiempo el armazón sobre el que Björk sustenta su discurso. Una estructura que en el discurrir del álbum, de la esperanza a la desesperación en la medida en que la ruptura se consuma, va retorciendo y herrumbrando el sonido hasta la desafiante explosión final -Quicksand, una andanada en clave drum'n'bass también muy propia de la casa-.

Vulnicura parece pues ajustar el desarrollo de su escucha al proceso mismo que argumenta y justifica su existencia, particularmente doloroso a partir de Family -There is a mother and the child / Then there is the father and the child / But no man and woman / No triangle of love-, un estado de profunda desazón acentuado con acierto por orquestaciones a veces cercanas a la atonalidad que alcanzan su culmen en cortes como Notget, Atom Dance.

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