Los ángeles sin alas de La Tour

  • El Prado inauguró este martes la muestra más importante que España ha dedicado nunca al artista francés, un autor misterioso que sobresalió en la creación de atmósferas solitarias e íntimas.

Pintó a los aldeanos y a los mendigos con telas lujosas dignas de los monjes de Zurbarán. Admiraba a los tañedores de laúd y a los músicos callejeros que tocaban la zanfoña, tan populares en su tiempo pero mirados con sospecha por las autoridades por parecerles sus canciones una excusa para el desorden y el tumulto. En sus cuadros los ángeles nunca tienen alas. Apenas sobrevive una cuarentena de obras de su catálogo y sin embargo hoy pasa por ser el pintor más querido en Francia, un artista misterioso, amigo de las atmósferas solitarias e íntimas, que ha superado a iconos del XVII como Poussin y Lorraine en una estimación nacional que sólo alcanzan los impresionistas: Monet, Renoir, Cezanne.

Hablamos de Georges de La Tour, protagonista de la nueva muestra que el Prado dedica a otro as de diamantes que hace pareja con su compatriota Ingres estos días en el museo. Y lo más sorprendente es que la fama de La Tour se remonta al último siglo pues, famoso en su tiempo, fue luego completamente olvidado y su redescubrimiento no llegó hasta las vanguardias históricas del XX, como sucediera con El Greco, y gracias a genios como Picasso que supieron encontrar en su obra un anticipo de modernidad y libertad.

Hasta el 12 de junio, el Museo del Prado acoge esta antológica de obras maestras de Georges de La Tour (1593-1652), cuyos comisarios son Dimitri Salon del Museo del Louvre y Andrés Úbeda, el jefe de conservación de pintura italiana y francesa del Prado. Un total de 31 pinturas del autor procedentes de instituciones tan prestigiosas como el Louvre, el Metropolitan de Nueva York (cuya célebre adquisición en 1960 de la Echadora de la buenaventura, aquí presente, catapultó la fama del pintor), el J. Paul Getty y el Fort Worth de Texas, componen un conjunto que no hubiera sido posible sin la generosa contribución de los museos provinciales franceses, como los de Nantes o Rennes.

Para el director de la primera pinacoteca española, Miguel Zugaza, esta muestra patrocinada por la Fundación AXA se explica también por el hecho de que el museo sea una referencia internacional para el estudio del maestro francés a partir de la reciente incorporación de dos obras a sus colecciones: San Jerónimo leyendo una carta, descubierta inesperadamente en 2005 en los fondos del museo por José Milicua, fallecido en 2013 y a quien se dedica esta exposición, y la bellísima pintura Ciego tocando una zanfonía, que ingresó en 1991 con fondos del legado de Villaescusa.

La muestra quiere explorar la personalidad artística del pintor, que destacó tanto en el tratamiento realista de personajes humildes como en la delicadeza de las escenas religiosas. Hasta su "redescubrimiento" por el historiador Hermann Voss hace un siglo, en 1915, sus obras conocidas eran atribuidas sobre todo a pintores nórdicos en el caso de sus nocturnos, y a españoles como Zurbarán, Ribera o el Velázquez sevillano en las escenas diurnas. Así, en el reverso del San Jerónimo leyendo una carta del Prado, cita Andrés Úbeda como ejemplo, aparece la inscripción "Zurbarán", a quien sin duda fue atribuido.

La muestra plantea un itinerario cronológico por la trayectoria del artista, nacido en la Lorena francesa y cuya formación concluyó a los 17 años sin que las pruebas documentales confirmen que viajó a Italia. Llegó a ser nombrado pintor de Luis XIII pero su vida coincidió con los dramáticos episodios de la Guerra de los 30 años, que finalizaron con la pérdida de la independencia política del ducado de la Lorena.

La muestra se abre con su pintura realista, la que realizó en la segunda década del XVII, cuando realizó el Apostolado de Albi y retrató a los mendigos harapientos de Comedores de guisantes (Gemaldegalerie de Berlín) y a los instrumentistas pendencieros y miserables de Riña de músicos (Los Ángeles). A propósito de este cuadro, dice el comisario Andrés Úbeda: "Como todo en su pintura, esta representación de músicos a la gresca es muy especial. No muestra un concierto elegante ni un coro de ángeles sino a intérpretes callejeros con instrumentos populares como la zanfoña. Es una narración muy compleja porque cada uno de los cinco integrantes de la pintura significa algo: dos músicos, uno de ellos ciego y con un cuchillo en la mano, se enzarzan en una riña azuzados por otros dos testigos. La mujer que completa la escena y hace de lazarillo, con su rostro aterrado, nos pone sobre la pista de la verdadera historia: el músico que ve exprime un limón ante los ojos del ciego, dando a entender que es un falso ciego tramposo, y que lo que está en juego es su mendicidad como forma de vida".

El primer nocturno conocido de La Tour está ahora en Madrid: El pago del dinero. Una década después, su pintura se vuelve más luminosa, con pinceladas más planas y acuareladas, cuyo virtuosismo descuella en las escenas diurnas. Los tipos físicos se dulcifican y serenan. Son años en los que replica varias veces el mismo motivo, como San Jerónimo penitente (Grenoble y Estocolmo) o los Tramposos (Forth Worth y París), y las numerosas versiones de tañedores de zanfoña y Magdalenas. Volverá a estos temas en momentos sucesivos de su vida.

El recorrido finaliza con sus célebres "noches", pinturas nocturnas de carácter religioso y aparente sencillez, silenciosas y conmovedoras. En ellas los personajes, absortos y reflexivos, irrumpen casi como prodigios mágicos y geométricos en espacios de colorido casi monocromo. En su ausencia de halos y otros atributos santos, como ocurre con La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido(Maternidad) de Rennes, donde emplea tipos populares, estos cuadros de la última etapa han justificado numerosas lecturas laicas. Con todo, La Tour fallece en Luneville, Lorena, en 1652, respetado por la comunidad y sin problemas económicos, envidiado por su posición.

Los comisarios subrayan la economía de medios de La Tour y la diferencia entre sus escenas diurnas, con su luz fría y clara, y la precisión despiadada del retratista que registra arrugas y harapos, con las escenas nocturnas, iluminadas por una vela casi siempre, con colores escasos, a menudo limitados al refinado diálogo de pardos y bermellón.

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