ARTE por María Pérez Mateo

William Turner que estás en los puertos

De todo lo visible e invisible de la historia de la pintura inglesa, tan solo me quedaría con la aportación de un foráneo como Van Dyck, los sueños despiertos de Blake, algún prerrafaelista taciturno, restos del pop dislocado por el LSD, Bacon en detritus deflagrados, Moore emocional en piedra y… la llave de tantas puertas, William Turner (1775-1851).

El viernes 28 de marzo, la presidenta del Puerto de Huelva inauguraba en las magníficas instalaciones de Las Cocheras la exposición Turner Tables, un pellizco de ilusión a través de reproducciones de bocetos, grabados y acuarelas que Turner realizó para ilustrar The voyage of Columbus, de Samuel Rogers.

Mi devoción por Turner se acerca, cuando no supera, a la de Goya (1746-1828). El uno y el otro componen un libro de desobediencia académica que facilita el impresionismo y la abstracción. Turner ama la mancha, esa nube de ilusión óptica que Leonardo da Vinci recomendaba para que estimuláramos el intelecto hacia nuevas formas creativas. El amor del inglés por las evanescencias atmosféricas, donde la luz destruye todo rastro de formas, de dibujos cincelados, proviene de barrocos italianizados como Lorena y Vermet. Para Turner, el paisaje no es una imitación mecánica, no es un acopio de ideas fijas que se trasladan a una superficie plana en forma de papel o lienzo, es un ejercicio inconcreto de sensaciones emocionales, puros abusos reflexivos en el que la invención exilia al raciocinio. La forma, la estructura formal del dibujo, se deja dinamitar por los efectos de la luz, una luz que se hace fantasmal, intrigante, cautivadora y explosiva cuando marida con el cielo y, arrolladoramente sexual más que sensual, con el agua. Es un impacto de música, de lirismo evasivo, abierta seducción poética, la culminación del espíritu. El apogeo del diálogo con la naturaleza.

Para llevar a cabo la destrucción de la forma y enajenar la mancha hasta el límite de la descomposición objetiva, abrazando la abstracción, Turner ejercita su arte bajo la técnica donde mejor se interpreta la espontaneidad del golpe de efecto, en la acuarela. Esta técnica invita como ninguna otra al efecto, al instinto salvaje de la aptitud. Es una virtud de la capacidad individual por interpretar el momento exacto, el justo y necesario, el de la Verdad, sin vacilaciones, sin órdenes posteriores al retoque, que conduzcan a la perfección desmedida de la línea. Es el triunfo de la emoción del instante.

El Puerto de Huelva, en una acción responsable de acercamiento a la sociedad onubense, nos trae más que una exposición pictórica un documento histórico de primerísima magnitud. Desconocía los dibujos de Turner referidos a La Rábida y a Palos en la obra de Rogers. Emocionante, sin duda. Emoción no sólo por conocerlos, porque sean de ese inmenso visionario llamado Turner, sino porque esos grabados y aguadas reproducidos en Las Cocheras llaman al estudio de toda la iconografía colombina que resulta del realismo y romanticismo, tanto español como francés, fundamentalmente. Sin olvidarnos, obviamente, del resultado primigenio de un caminante con parada en Huelva como fue Irving.

Esta exposición, pese a ser reproducciones de los originales que la Tate londinense conserva con celo, con celo brithish, es una invitación formal a la población para que conozca cómo dos ingleses universales, Turner y Rogers, supieron acercarse a la verdad colombina desde la óptica británica, que casi nunca es un desempeño objetivo, y desde la maravillosa invención de unos lugares que jamás pisaron. Puro romanticismo. Pura fantasía. Excitante.

Creo haber reproducido dos veces la palabra reproducción. Que ello no instigue al descontento y al "vaya, ya me extrañaba que Huelva pudiera traerse a Turner". La exposición, con un bellísimo y didáctico diseño, es absolutamente recomendable. Personalmente, ejemplar su fin, su estudio profundo, el conocimiento de la obra y de los dibujos sobre Huelva y el descubrimiento de América.

Tan solo un matiz, pues odio la grandilocuencia de los discursos, el énfasis del "yo fui quien por vez primera gritó ¡Tierra!". La única exposición dedicada a Turner en España no ha sido la de 1983 en el Museo de El Prado. Anotemos dos más, que una sepa. Turner y el mar. Acuarelas de la Tate (2002), en la Fundación Juan March de Madrid, y Turner y los maestros, también en El Prado, en 2010.

Como siempre. Y que no falte. Lleve a sus hijos. Llévese si no en caso contrario. Pero acuda. Que no se diga luego que Huelva y sus entidades no son responsables con la Cultura. Que nadie luego hable de reproducciones. Que todos hablen que William Turner, precursor y visionario, dibujó desde Londres los lugares colombinos adelantándose a los románticos sevillanos y… nuestro Vázquez Díaz. Pese a la lejanía, tan solo con dos precisos toques de pincel, ideó Palos y La Rábida con sublime elegancia abstracta. Casi cien años antes que un tal Kandinsky despertara disquisiciones filosóficas improvisadas sobre una acuarela.

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