Vodevil con espías

Elmore Leonard. Alianza. Madrid, 2009. 391 páginas. 20 euros.

Es fácil imaginar que la II Guerra Mundial ha sido un tema de interés para el género negro. Y no sólo para los novelistas de aquella hora, como el Chandler de La dama del lago y su guión malogrado de La dalia azul. También para los que, hoy mismo, utilizan la universal trepidación de un mundo en armas como fondo adecuado a sus historias. Así ocurre con Ellroy, con Marco Vichi, con Camillieri o con Fred Vargas. Así ocurre con El día de Hitler del norteamericano Elmore Leonard. La llamativa singularidad de esta novela, sin embargo, es que se resuelve como un agitado vodevil, como una pieza cómica, por donde cruzan prisioneros de guerra, espías alemanes, agentes del FBI, un marshall expeditivo, espléndidas mujeres y un carnicero pusilánime, vecino de Detroit, que se cree gemelo de Himmler.

Como el lector quizá sepa, La dalia azul de Chandler no fue llevada al cine en un primer momento, porque allí el asesino era un héroe de guerra, transtornado por la violencia del conflicto. Y claro, los servicios de propaganda bélica no estaban preparados para tanta complejidad psicológica (véase La guerra y la muerte de Sigmund Freud, publicado en 1915). En cualquier caso, lo que Leonard ofrece, con excelentes diálogos y fino conocimiento del carácter humano, es un segmento de la población bastante curioso: aquellos grupúsculos filo-nazis de Norteamérica que esperaban el triunfo de la raza aria. Se mezclaban así los racistas de la vieja escuela sureña, con un vago ideal germanizante que encontraba justas y razonables las ambiciones higiénicas y el plan de exterminio del nacionalsocialismo. Éste es el caso de Walter Schoen, hijo de emigrantes nacido en Munich, y cuyo natalicio se corresponde en fecha, lugar y hora con el del abominable lugarteniente de Hitler. De esta coincidencia, y de su notable parecido físico, Shoen extraerá la extravagante conclusión de que está destinado a una alta misión histórica. A partir de ahí, El día de Hitler se moverá en el terreno, ligero y movedizo, de la farsa. Farsa a cuyo través conoceremos los campos de prisioneros en suelo americano, el control del FBI sobre los residentes sospechosos, y la vasta maquinaria que supo desplegar Estados Unidos en aquella guerra. De hecho, La sociedadopulenta de Galbraith, el acopio de electrodomésticos y vehículos en décadas posteriores, viene de este colosal esfuerzo bélico y científico. Pero eso es, indudablemente, otra historia. Años antes, mientras el mundo rugía al otro lado del Atlántico, en este Detroit industrioso de Elmore Leonard, "el arsenal de la democrácia" como se la conoció entonces, un hombre soñaba con emular a Himmler, mientras falsas condesas refugiadas espiaban con elegancia para ambos bandos.

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