'Visión de la piedad'

Y tuyas como son estas palabras,

y aprendidas de ti,

nada de ti contienen felizmente,

pájaro hermoso.

En el almiar de oro,

yo sé que estás, con tu piquillo abriendo

las mañanas del mundo.

Señor, sea así siempre,

nunca al pie de la letra.

No quieras que el redicho corazón,

tan compasivo siempre,

lo obligue a descender del aire de su cruz.

Un músico escribe una obra y necesita un intérprete. Un escritor requiere un editor; un editor, un lector. Se habla de la novela como género menos imposible para intentar su publicación, y se tiene a la poesía por género maldito al que la imprenta no la ama, a menos que el nombre del poeta haya alcanzado un eco estimable con los años. Y ni así a veces. Las estanterías traseras de las editoriales están habitadas por bellos proyectos impresos resbalando lamentablemente hacia el abismo del reciclaje. El autor es el primer eslabón de la cadena literaria; el editor, el segundo, pero es su séptimo sentido -sólo lo poseen los buenos editores- el que decide la aventura de imprimir ese texto.

Cómo te obstinas, Dios

-¿por qué, Dios mío?-

en hacernos felices.

Cómo dejas caer sobre nosotros

tus más amables plagas.

El agua de mis ojos secarías

si me vieras sufrir;

y si, despierto, corro a los palacios

que tu clemente mano alza en mis sueños.

Luego está un tercer personaje, uno y múltiple; un sujeto anónimo llamado lector. Con él se cierra el triángulo, nunca equilátero, dentro del cual funciona el ciclo de escribir, editar y leer. Crear y recrear.

Quizá a la media tarde de los gestos tranquilos,

dejemos de esperar.

Pero el campo se queda atado al hierro

de los arroyos secos,

oyendo cómo el hombre, tras las bardas,

amasa el pan y enciende

las brasas de las viñas.

¿Quién no lo quiere así?

A los tres los une el amor a la palabra, un pulso sensible que les permite valorar su lugar en el discurso, una comunión con lo bello que sugiere. Un día -y aquí toma rango el verso de Bécquer-, "podrá no haber poetas / pero siempre habrá poesía". Desaparecido el primer personaje, quedarán el editor -hasta agotar existencias- y el lector, que conservará el libro durante dos traslados más o menos. Y aun así, "siempre habrá poesía".

Donde quiera que mire, brisa y luz,

ligeras aves de felices vuelos.

Oh, pobres ojos nuestros, que no pueden

el prodigio seguir, sin dormitar.

Respira la mañana en su corola,

para que el mediodía alce sus templos

en el mar, que habrá de destruir.

En la secuencia de los agradecimientos la gala sería para el lector, por haber tenido acceso a un texto que le ha movido fibras del yo que dormitaba. Recordará al autor para buscarle más palabras escritas, y al editor por sacarlas a oreo, pero será él, el más pasivo de los tres, el que abra curso a ese río maravilloso de la poesía.

¿Y tú qué bebes, Dios,

con quién trasnochas,

cómo celebras que por tí los hombres

vivan y mueran, al abrigo sólo

de su sola ilusión?

No permitas abrir el Paraíso.

No dejes nunca que por las palabras

nuestra boca se salve.

Haznos libres, Señor. Haznos pastores

de tus bellos silencios.

Déjanos donde siempre te perdimos:

junto al perro que mira crecer nuestra oración.

Los versos salen del libro Visión de la piedad. Junto a los que contienen sus 97 páginas, inician el camino del triángulo con la precisión de un orfebre de la palabra, de un traductor del sentir. Cada poema deja en el alma del lector un poso de ternura, de reflexión, de saberse intermediario del diálogo humano con lo divino, de tactar la belleza que un puñado de palabras puestas en su sitio pueden crear. Al imaginarse, con su lectura, pastor de los silencios de Dios, es como si le surgiera esa visión de la piedad propuesta por el poeta, magistralmente expresada, además.

Juan Miguel González (Premio de Poesía Giner de los Ríos) Libros del Aire. Madrid. Prólogo de Ignacio Gómez de Liaño

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