Un Verdi para el salón

  • Sentido camerístico muy emotivo bajo un enfoque a las puertas de la escenificación · El pianista Ángel Muñoz brindaba al oído hasta el mínimo detalle de la psicología verdiana

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Curioso el resultado de la versión ofrecida de "Rigoletto de Verdi por el Teatro lírico de Huelva. Predominaba un sentido camerístico donde se sucedieron números de gran calado emotivo bajo un enfoque a las puertas de la escenificación: la carencia de decorados fue compensada por una gran pantalla con imágenes a la sazón. Hubo calidad vocal y dramática, la de unos cantantes que supieron extraer jugo a la partitura creando situaciones dignas de toda interpretación operística. En este sentido las arias resultaron decisivas para el rendimiento general; las voces tanto en su despliegue como en su intimismo dejaban al Gran teatro lleno de gratitud.

Eva del Moral caracterizó una Gilda muy inspirada cuyo sedoso timbre era un factor con que el personaje ganaba bastante; el énfasis de sus agudos nítidos otorgaron la debida consistencia a la trama. Excelentes las prestaciones de Juan Pedro García haciendo de Sparafucile, un bajo que entonaba las frases con una pulcritud y naturalidad que le facultaron para hacer un papel redondo. Al tenor mejicano Ricardo Bernal, que ya ofreciese un recital en Huelva en la temporada anterior, le volvió a distinguir su arrojo, defendiendo en este caso a un Duque de Mantua enérgico y rebosante de expresividad. Por su lado, el barítono Jaime Esteban Carrasco orientó sus recursos a la caracterización de un Rigoletto a medio camino de la escena y el concierto puesto que observaba minuciosamente el transcurso del drama. Y Maddalena, a cargo del contratenor Sergio García, con una desenvoltura que completó acertadamente el elenco.

El Coro del Teatro lírico de Huelva, dirigido artísticamente por Carlos Vinsac, aportó el colorido y el soporte suficientes para lo requerido en algunos cuadros; no faltó en la versión del estreno un ambiente pícaro e ingenuo a la vez que incluso ganó con el diseño estético del cuerpo de actores sobre el escenario. Gustó al público ese margen que en ocasiones se crea en una representación, es decir: la intriga colectiva ante una sensibilidad imprevista que desprenden todas las cosas.

Meritorio el acompañamiento pianístico de Ángel Andrés Muñoz. Tras escucharlo en el Rigoletto onubense uno puede llegar a la conclusión de que todo músico es capaz de adaptarse a cualquier circunstancia. Es precisamente en el género dramático donde descubrimos el talento de los instrumentistas, cuyo oído, técnica y perseverancia los perfecciona hasta niveles insospechados. Por ejemplo: poder simular el trasfondo psicológico de una escena o aproximarse al timbre de otros instrumentos. Además, especialmente en la ópera de Verdi descubrimos que cuando se toca en reducción pianística parece en ocasiones ser el piano el acompañamiento idóneo, quizá porque ahí fuera concebido. La profundidad de Muñoz podría calificarse de oceánica, presagiada ya en la obertura y puesta de manifiesto en arias y recitativos donde las notas fueron diamantes atravesados por la autenticidad.

Esperamos que en próximas ocasiones no se renuncie al decorado natural, pues aun siendo sencillo e ingenioso puede cumplimentar los requisitos de una puesta en escena. No negamos que las grandes pantallas ya se estén popularizando en todos los teatros; pero una ópera clásica exige recursos artísticos que se encuentren a su altura.

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