Tesoros medievales

En pleno transcurso de la primavera han retornado a la capital onubense unas vivencias culturales que poco a poco van consolidando la idiosincrasia de este tercer milenio. La Universidad y el Puerto de Huelva acaban de inaugurar el Quinto ciclo de música antigua que responde al epígrafe Arquitectura y música. Un público numeroso llenó la iglesia de San Pedro para escuchar al grupo que daba la bienvenida: Aquitania.

Aquitania está integrado por cantantes e instrumentistas de viento, cuerda y percusión que abordan composiciones englobadas entre los siglos XII y XVI. Para su concierto eligieron piezas tradicionales sefardíes, cantigas trovadorescas y anónimos diversos provenientes de bibliotecas que atestiguan la eclosión creativa de pueblos confluyentes en Europa. Dicho conjunto se distingue por una cuidada expresión que hace posible la austeridad de lenguaje; cuando intervienen los solistas se establece un corpus sonoro de timbres y matices que se van acompañando en reciprocidad sin ensombrecerse. Muestra de lo más conseguido fue Como podem, obra deliciosa donde a la labor instrumental se agregaba el canto en galaico portugués con voces mixtas.

En este sentido, Leonor Bonilla brindaría a la velada del jueves sus momentos más sublimes. Una voz clara y dulce que desvelaba con sencillez sentimientos profundos a través de los cuales se llegó al corazón de la época; por ejemplo, en Un sirventesc novel de Peire Cardenal, obra muy aplaudida que reflejó inequívocamente la empatía del público con los artistas. Pero hay, además, en la cantante un rasgo que la privilegia: su versatilidad, estrategia formidable para modificar el color y la emisión de tal manera que la transforma en una voz completamente distinta.

La fídula, el laúd y el rabel aportaban mucha consistencia al discurso gracias a unos timbres a flor de piel que hicieron memorables algunos episodios. También gustaron mucho aquellas piezas donde se alternaban en bloques sonoros la cuerda pulsada y la frotada. En cuanto a la primera, el arpa dotó a la interpretación de ese ambiente que parece liberar a todo de las ataduras del tiempo; respecto a la segunda, la zanfoña entusiasmaría con su singularidad tímbrico-mecánica que la convierte en uno de los instrumentos-estrella de la Edad Media. Los cambios semitonales de la flauta dulce en las primeras piezas sefardíes y de modo en el seno del anónimo turco tornasolaban el discurso, y así la velada se revistió de detalles encantadores.

Elena Escartín, en su planteamiento historicista, tocó la flauta con estilo aséptico que restaba esa pizca de drama imprescindible en los pasajes a modo de introducción. Puntualicemos que la omnipresencia y la monorritmia de la percusión llegaron a enmarañar obras de textura armónica muy bonita. Y como se ha referido en anteriores ciclos, aunque los comentarios didácticos son regalos históricos muy de agradecer, es preferible que un concierto se desarrolle hasta su conclusión sin hechos adicionales que rompan la necesaria continuidad diseñada en programa. No resultaba propicio mantener encendidas todas las luces del templo de principio a fin.

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