Sintonías para una adicción

  • La 'edad de oro' de la TV americana alumbra una nueva generación de compositores y un inteligente modelo de integración de las canciones

La tan celebrada edad de oro de la televisión dramática norteamericana ha puesto en el disparadero a una nueva cantera de creadores, guionistas y rostros que compiten ya en popularidad con las grandes estrellas y autores del cine contemporáneo. Series como Los Soprano, The Wire, Perdidos o Mad Men proyectan hoy modelos (y modas, véase el reciente furor retro en las pasarelas neoyorquinas siguiendo el vestuario de Mad Men) que dejan atrás el complejo de inferioridad del medio para llevar a sus protagonistas a una primera línea mediática que fulmina a golpe de prestigio y profesionalidad el discreto anonimato de otros tiempos frente al omnívoro poder de seducción de Hollywood.

Los compositores y creadores de bandas sonoras tampoco han sido ajenos a este despunte de visibilidad y reconocimiento refrendado por los índices de audiencia. La música para series de televisión se escucha y se vende hoy como no se había escuchado y vendido antes, casi al mismo ritmo en que se consumen compulsivamente y se venden en apetitosos packs de DVD, tal es el poder evocador y fidelizador de sus sintonías y la calidad cinematográfica de sus composiciones originales. Michael Giacchino lidera esta nueva generación de compositores curtidos esencialmente en la televisión y los videojuegos. Sus trabajos para las producciones de JJ Abrams (Alias, Perdidos, Fringe) lo han puesto en el punto de mira de Hollywood, donde disfruta ya de sus días de gloria tras conseguir el Oscar por su música para la cinta de animación Pixar Up. Con seis temporadas de Perdidos a sus espaldas, a razón de trece episodios por temporada, Giacchino ha sabido actualizar la mejor tradición televisiva americana (la de Herrmann, Bernstein, Goldsmith o Williams) para trazar un complejo puzle musical que refleja y traduce la tensión, los giros y matices de la popular serie de ABC a través de una escritura orquestal con un alto nivel de exigencia que apuesta siempre por la funcionalidad desde una vocación dramática que no elude el lenguaje más contemporáneo.

Bastante más convencional, aunque igualmente efectivo, es el trabajo del británico Trevor Morris para Los Tudor (Showtime) y Los pilares de la Tierra (Cuatro). Su sinfonismo de corte clásico con aderezos electrónicos aspira, en su melange posmoderno, a acercar la Historia a un presente atractivo y consumible. Es precisamente el valedor de Morris, Hans Zimmer (El Código Da Vinci), el encargado de poner música y tono a The Pacific, la miniserie de la HBO producida por Tom Hanks que busca en sus notas elegíacas el contrapunto para contrarrestar su crudeza realista y subrayar el mensaje antibelicista de la serie.

Si a Zimmer (con todo su equipo) no se le caen los anillos por trabajar para esta nueva televisión dramática de altos vuelos, otros importantes compositores de Hollywood como Thomas Newman (A dos metros bajo tierra, Angels in America) o Danny Elfman (Los Simpsons, Mujeres desesperadas) también se han prestado gustosos a crear sintonías de cabecera o scores para la pequeña pantalla. Ellos son las estrellas invitadas de una profesión revalorizada (atrás quedaron los tiempos del sintetizador-para-todo) en la que despuntan compositores como Jeff Beal (Roma, Carnivale, Monk), Bob Lane y Joe Vitarelli (John Adams), Reinhold Heil, Johnny Klimek y David Schwartz (Deadwood), David Carbonara (Mad Men), Sean Callery (24), Nathan Barr (True Blood) o Rolfe Kent (Dexter).

Paradójicamente, y más allá de estos nombres, si algo caracteriza a las mejores series de esta era es, precisamente, la ausencia de música incidental. Los Soprano, The Wire, Breaking Bad, Generation Kill, Treme o Mad Men han sabido tejer un diseño sonoro que las singulariza desde una recurrente canción de cabecera y desde el eclecticismo de una minuciosa selección de temas (de la ópera al jazz, de la música clásica a los oldies, del blues al pop-rock) que no sólo sirve como fondo sonoro de época sino que connota significativamente su entramado narrativo y marca el tono anímico por el que transcurre su desarrollo. En nuestra memoria están ya instaladas para siempre el Woke up this morning de Alabama 3 que abre Los Soprano, el Way down the hole de Tom Waits para The Wire, el irresistible A beatiful mine de Aceyalone de Mad Men o la soberbia ranchera Negro y azul de Los Cuates de Sinaloa que relata las andanzas de Walter White en Breaking Bad. Basta oír sus primeros acordes para rememorar todo un mundo de ficción y abrir un horizonte infinito de expectativas.

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