Festival de jerez Programación del Villamarta

'Romalí' se pierde en La India

Cuando Manuela Carrasco rompió a bailar el domingo por la noche en la alboreá paró el tiempo con dos recortes y toda la flamenquería del mundo contenida bajo su piel. Pegó tres taconazos, alzó las dos manos al cielo e inmóvil sobre su portentosa planta se detuvo unos segundos para dejar flotando el presentimiento de que algo extraordinario podía ocurrir en el Teatro Villamarta.

Tres minutos le bastaron para dejar muy claro que posee una talla que el resto sólo podrá desear y que tras 40 años pisando el escenario sus piernas siguen sonando tan musicales, precisas y limpias como siempre. Hacia delante y detrás cruzó los pies entre sí con la soltura de una quinceañera. Arrebatadora su figura, salvaje, racial, muy temperamental y con un ritmo trepidante en los pies, la bailaora sevillana irrumpió en el teatro como un torbellino. Sin embargo, las buenas vibraciones se evaporaron a medida que avanzó el reloj.

La puesta en escena de Romalí resultó fallida y en su caso no es novedad y es lo de menos, porque Manuela Carrasco no ha dependido tanto de sus montajes como de su inspiración. El problema es que no tuvo su mejor noche. Según programa, quiso bucear en los orígenes del flamenco para proponer que el futuro no está en la fusión, sino en pisar las huellas que dejaron los mayores para proyectarlas.

Fácil parecía la teoría, pero se fracasó en la práctica. De entrada, lo que se observó fue a un cuadro de músicos hindúes para mayor lucimiento de Maha Akhtar, que bailó hindú con alguna pose flamenca. Tras ella se presentó la compañía caracterizada como si sus integrantes fuesen nómadas y con El Extremeño ejerciendo de patriarca, vara verde en mano, indicando a todos y cada uno qué hacer en cada momento. La trilla, muy de moda este festival, marcó la pauta. En fin.

Sí se acercó, al menos, el baile flamenco a la danza hindú. Y fue, cómo no, por seguiriyas. Manuela Carrasco compartió tablas con Maha Akhtar y se pasó casi la mitad del tiempo contemplando sus movimientos, sin ni siquiera marcar el cante, hasta meter los pies sin freno para provocar, con la inestimable colaboración de músicos y palmas, todo el ruido posible, una constante durante toda la obra.

Incluso la bailarina hindú, que danzó descalza al principio, se colocó los tacones y colocó en sus tobillos una especie de campanillas. Otra vez puro nervio, Manuela, para poner el broche a la seguiriya, clavó su figura sobre las tablas tras otro de sus desplantes con el que calló la voz que gritaba.

Apareció El Torombo para bailar por alegrías, pero estuvo más pendiente de su pañuelo, el cual intentó recoger del suelo sin éxito en un par de ocasiones con la punta del pie, que del baile eléctrico, frenético y exagerado que defendió. Eso sí, cuando no falló, a la primera, el público le ovacionó. Sin más explicaciones salió una chiquilla vestida de rojo a bailar por bulerías y Manuela la recogió entre sus brazos.

Con el cante por verdial llegaron los primeros acoples y se estrenaron unas cantaoras que tampoco brillaron a gran altura, como le ocurrió a los cantaores y a los músicos. El percusionista trató de capitanear una transición con dignidad pero se lo pusieron imposible. Toda la referencia a India desapareció del teatro y del argumento no se supo más.

Reapareció Torombo, pero tal vez porque antes no le salieron las cosas, lo cierto es que tampoco se prodigó en el cante por soleá que le brindaron. Abrevió faena y otra vez será. Ella regresó por alegrías y también aquí se limitó a zapatear con fuerza y precisión para subrayar su discurso del baile, que renuncia al salero de Cádiz, a muchas revoluciones por segundo. Vestida de blanco con volantes, sobre la misma marca, la mano izquierda agarrando el vestido y la derecha lacia, hasta por tres veces metió los pies con tanto ímpetu que no taladró las tablas porque controla como ella sola. Quedaba la soleá y, de negro y rosa, aunque marcó algo más el cante y alzó los brazos para recoger las manos un par de veces, no fue suficiente para aportar algo diferente que disparase de verdad las emociones en el teatro, por mucho que impactara el hecho de que no se le vieran los pies por momentos.

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