Roland Topor: el Pánico era él

  • La editorial Valdemar acaba de reeditar ‘El quimérico inquilino’, la novela más emblemática del escritor y artista francés que fuera aliado de Arrabal y Jodorowsky · Roman Polanski la llevó al cine en 1976

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En 1962 el surrealismo había dejado de ser algo divertido. Por eso, tres tipos que compartían su amor por Duchamp, el método científico y el ajedrez, decidieron crear en París el movimiento Pánico, dedicado, como no podía ser de otra forma, al dios Pan, el protector griego de la fertilidad y la sexualidad desenfrenada. Por allí andaban Fernando Arrabal, Alejandro Jodorowsky y Roland Topor (las crónicas del reino añaden los nombres de Jacques Stenberg y Olivier Olivier; sea), quienes propusieron una de las aventuras estéticas más memorables del pasado siglo, construida a base de imaginación. De ellos, sólo Roland Topor (1938-1997) baila y brinda hoy con las sirenas. Arrabal, el dramaturgo más representado en el planeta después de Shakespeare y Jodorowsky, va presumiendo de que lee el tarot gratis, pero Topor dejó para la Historia una de las novelas más extrañas, fecundas y retorcidas de su época, El quimérico inquilino, que acaba de devolver a la actualidad la editorial Valdemar en una edición que incluye el prólogo original de Arrabal y las ilustraciones que el mismo Topor (quien también dio a conocer al mundo sus obsesiones mediante las artes plásticas) creó para su texto. Una oportunidad de oro, en fin, para recordar a tan singular y alevoso equilibrista.

El dramaturgo, poeta, novelista, artista y cineasta que fue Roland Topor, quien vino al mundo en París en el seno de una familia de inmigrantes judíos polacos, publicó su primera novela, El quimérico inquilino, poco después de la fundación del movimiento Pánico. Concebida como una historia de misterio y de terror desde sus registros más clásicos, la obra, oscura, sórdida y tocada con un perturbador humor negro, se asoma sin embargo a las angustias y desórdenes psicológicos más profundos de una manera inédita hasta su aparición. El protagonista, Trelkovsky, un joven distinguido y formal aunque de tendencias algo disolutas, alquila un apartamento en la calle Pyrénées después de que su anterior inquilina, que agoniza en un hospital, se arrojara una mañana misteriosamente desde una ventana del mismo piso sin motivo aparente.

La difícil relación con unos vecinos demasiado quisquillosos y a la vez curiosos termina transformándose en un desfile de presencias que sacuden sin piedad la conciencia del protagonista, quien ve su propia identidad confundida con la de su predecesora hasta los límites de la demencia.

En este trance claustrofóbico, Topor descifra no sólo la imposibilidad del ser humano de relacionarse con el otro, especialmente en un siglo en el que las reglas y convenciones sociales han perdido su último rastro de humanidad; también la imposibilidad de conocerse a uno mismo, porque uno mismo es siempre otro, también desconocido, con unos intereses ajenos que pueden revelarse en cualquier momento. Como explica Fernando Arrabal en el prólogo, “Topor explica que no hay más misterio que el hombre”.

Roman Polanski adaptó la novela en 1976, en una película del mismo título protagonizada por él mismo junto a Isabelle Adjani y Shelley Winters. Como ocurriera con la novela, la película distó mucho de ser un éxito en su día, aunque no tardó en ganar la categoría de filme de culto y convertirse en carne de cinemateca en todo el planeta. Por su parte, tras El quimérico inquilino, Topor dirigió sus ansias literarias al teatro y mantuvo a sus demonios satisfechos.

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