Exposición

Retorno al sueño de una niñez difícil

  • Numerosos juguetes de la posguerra se han exhibido en la Casa de la Juventud de El Campillo

Una exposición ha devuelto a los campilleros, en el marco de la memoria histórica, a los años de su infancia, a la época del juego en la calle y también de las dificultades, traducidas, casi siempre, en forma de hambre, dejadas por la Guerra Civil. La Casa de la Juventud de El Campillo es el escenario de ese retorno al pasado, con la exhibición de una completa colección, aportada por el zalameño Adriano Ruiz, de los clásicos juguetes en cuya fantasía se refugiaban los inocentes niños del azote de la posguerra, la dolorosa etapa en la que les tocó vivir los momentos más dulces de la existencia. La nostalgia ahora, sin embargo, con el reencuentro con los instrumentos que les acompañaron en sus mágicos avatares cotidianos, sólo tiene espacio para los buenos, aunque cortos, instantes, los de la felicidad. El resto, las aflicciones sufridas, queda fuera.

La china, las chapas, el caballo de cartón, el remecedero o columpio, la pinquinela, todos elaborados con humildes materiales, han salido de la esfera de los recuerdos enterrados para iluminar de nuevo a aquellos que crecieron a su lado. Eran tiempos amargos, de carencias, de lucha diaria para la subsistencia, de penurias. Pero, en paralelo, este dolor enfatizaba el valor de las pequeñas cosas, acrecentaba la esperanza y la ilusión en el cambio, en el bienestar. El juego, entonces, era la vía de escape, de evasión hacia un mundo de deseos y anhelos alejado de la cruda realidad que oprimía los honrados hogares. La diversión era, más que nunca, un respiro, una bocanada de aire fresco que abría la huida de la oscuridad dejada por una guerra nunca entendida por los más pequeños.

Todo ese mundo de imaginación se ha expuesto, con gran éxito de público, en la Casa de la Juventud, donde la evocación de la niñez de quienes hoy son mayores perdurará en el tiempo. Allí han descubierto su rincón emblemáticas representaciones de los vehículos de la época. Coches hoy históricos, tranvías, tartanas tiradas por un mulo... Todo ello, sin olvidar los míticos y numerosos cuentos de Calleja, un nombre que sobrevive hoy como parte de las expresiones populares, o el conjunto de muñecas de madera Matriuskas. Las cunitas eran otra de las preferencias de los benjamines de aquellos años, en los que los cromos eran también compañeros inseparables de unos niños que competían con el tres en raya. Y para la mesa, los juegos reunidos o el Exin Castillo.

Aunque la mayoría son juegos, si no extinguidos, en peligro de desaparecer como consecuencia de la irrupción de las cada vez más extendidas nuevas tecnologías, los videojuegos e Internet, sobrevivirán en la mente de quienes se hicieron a sí mismos en compañía de ellos, de aquellos que depositaron en esos juguetes de antaño la candidez de un pequeño que quiere mirar con optimismo al futuro.

De igual modo, la muestra de Adriano Ruiz sirve para que esos modelos de diversión sean conocidos por quienes hoy se sumergen en el individualismo y la soledad de la videoconsola, frente a la riqueza y la retroalimentación de las relaciones interpersonales con los amigos que siempre estarán ahí.

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