Reeducar la mirada

  • Errata naturae edita un ensayo del pensador Jean-Luc Nancy sobre el cine del esencial director iraní Abbas Kiarostami

Una determinada idea del cine y cuatro nombres propios protagonizan este pequeño y hermoso libro de la nueva y estimulante editorial Errata Naturae. Los nombres propios son, por este orden, Abbas Kiarostami, director iraní de un puñado de obras maestras como Dónde está la casa de mi amigo, Close-up, Y la vida continua, El sabor de las cerezas o Ten; Jean-Luc Nancy, reconocido pensador y ensayista francés que prolonga en este ensayo con entrevista algunos acercamientos previos al medio cinematográfico -su ensayo L'intrus ha servido como base a un par de películas, La blessure, de Nicolas Klotz, y L'intrus, de Claire Denis, directora sobre cuyo filme Beau Travail también escribió un lúcido texto y con la que ha trabajado interpretándose a sí mismo en el corto Vers Nancy- como ámbito muy fructífero para la reflexión filosófica; Víctor Erice, nuestro más admirado, enigmático y reconocido cineasta, que prologa estas páginas desde su admiración, afinidad y cercanía al trabajo del director iraní, con quien no hace poco ha compartido la instalación audiovisual Correspondencias; y, por último, Alberto Elena, también prologuista, profesor e historiador del cine, autor de la única monografía en castellano sobre Kiarostami (ed. Cátedra), y uno de los pioneros y responsables en nuestro país de que los cines periféricos hayan adquirido carta de naturaleza en los discursos críticos y académicos.

En su aparente pequeño alcance este libro es, sin embargo, una gran muestra de pensamiento cinematográfico que, desde la condición externa de la mirada de su autor, trasciende los propios límites de la cinefilia y la crítica para abrir el filme -un único filme en este caso, Y la vida continúa (1992)- al contacto con una serie de ideas transversales sobre la representación, la historia del cine y la historia de la Filosofía.

Sostiene Nancy que el cine de Kiarostami, un cine que hereda una tradición realista baziniana que pronto se descubre insuficiente para abarcar un constante cruce de fronteras entre las nociones clásicas de ficción y documental, "se abre y se pliega verdaderamente sobre el mundo como un espacio contingente, carente de cualquier sentido prefijado, que apela a nuestra propia responsabilidad como constructores de todo relato". Un cine incompleto, abierto y enigmático, como un poema o una obra musical, un cine que aspira a una participación activa del espectador; un cine, por tanto, que apela a la experiencia o a la vivencia del filme no tanto con el propósito de inventar la belleza como de descubrirla (a través, por ejemplo, de la ventana de uno de esos coches que protagonizan sus películas).

Sostiene Nancy que el cine de Kiarostami es una meditación metafísica, no tanto porque sus películas aborden de forma explícita temas metafísicos, "sino porque ellas mismas devienen en locus privilegiado de meditación". A mitad de camino entre la búsqueda de la epifanía y la construcción de imágenes que revelan su condición como tales (piénsese en los numerosos juegos reflexivos o de puesta en abismo de sus filmes), el cine del director iraní moviliza la mirada, apela a ella y la estimula, la somete a un estado de vigilancia. Y es que sus películas "aspiran, antes que nada y por encima de todo, a interrogarse sobre las imágenes, a abrir los ojos, a lavárselos y ver las cosas de otra manera, en un auténtico proyecto didáctico de reeducación de la mirada para escrutar el mundo".

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