Recuenco, el objetivo más fílmico de la moda

Estamos en un momento difícil. La fotografía como arte es muy joven y en estos tiempos de desconcierto siempre hay oportunistas de dedo rápido. Por suerte, siempre quedarán genios, como Recuenco.

-¿Quién le metió en el cuerpo el gusanillo de la fotografía?

-Fue poco a poco. Cuando tenía 16 años me apunté a un grupo de revelado de fotografías. Me maravillaba ver como aparecían las imágenes del papel. El segundo empujón fue en Bellas Artes, cuando tuve de profesora a la fotógrafa Cristina García Rodero que me hablaba de Javier Vallhonrat y otros grandes. Fue un proceso largo aunque creo que lo definitivo estuvo en mi mujer, que por aquel entonces era modelo y ensayaba con ella mis ideas.

-¿Por qué acabó en el mundo de la publicidad?

-La publicidad me llama para que desarrolle imágenes para ellos; y yo me dejo porque tengo que comer de algo hasta que alguien considere que mis fotos son lo suficientemente valiosas por si mismas como para convertirse en fotografías artísticas.

-En este mundo, donde se mueven hay importantes sumas de dinero, debe ser difícil trabajar libremente. En caso de disparidad de criterio, ¿quién toma las decisiones?

-Lucho siempre por mis ideas. En el producto que se ve manda el dinero-cliente; pero al final siempre hay una opción para hacer las cosas como yo quería. Así me voy a la cama tranquilo.

-Supongo que ha estas alturas de su carrera habrá tenido ofertas para trabajar en cualquier lugar del mundo. ¿Qué le da Madrid que no tenga ninguna otra ciudad?

-Mi familia. Se trabaja mejor en cualquier otra parte. Hice una serie de catálogos para una marca española y cada temporada viajábamos a un lugar para mostrar el producto. Todo fueron condiciones favorables, hasta que cuando decidimos trabajar en Madrid. Aquí no obtuvimos apoyo ni permisos. Es la cara amarga de la España rancia. Al mes siguiente me llegó un e-mail de la consejería de turismo de la Comunidad de Madrid para que les hiciese fotos para su campaña. Preferí no contestar.

-¿Algunos han comparado la iluminación que emplea con los claros-oscuros de El Greco. ¿Por qué ha optado por este tipo de luz?

-Es la que se hacer. Intento que la luz vaya acorde con lo que quiero transmitir y uso un foco único, como en las pinturas. En fotografía uno corre el riesgo de perderse en alardes de iluminación y al final la foto pierde fuerza. -Versace dijo de usted que su estilo es "muy cinematográfico". No hay más que verlo en sus series fotográficas. ¿Lleva dentro a un hombre de cine?

-No sé si hay un hombre de cine; pero sí que hay un hombre que quiere probar a hacer cine. Me gustaría hacer un largo y en eso estoy trabajando. Ahora estoy aprendiendo este nuevo lenguaje haciendo spots publicitarios y pequeñas historias en movimiento. No quiero hacer dirección de fotografía que es algo muy difícil técnicamente; sino dirección para poder transmitir cosas.

-En plena era digital, ¿es usted uno de esos románticos que añoran las cámaras analógicas?

-Tengo una nevera llena de carretes que no sé que hacer con ellos. Hubo una época que lo alterné; y ahora todavía a veces pienso en hacer fotos en analógico, pero me puede las prisas de este trabajo.

-Últimamente hay mucha leyenda urbana acerca de los milagros que obra el Photoshop. ¿Qué opina de quienes abusan del retoque digital?

-Sería una tontería decir que Photoshop no es un adelanto, pero no hace la foto. He tenido la suerte de encontrarme en una generación puente. Aprendí a fotografiar en analógico, sin retoques y soy lo suficientemente joven para haberme adaptado a las nuevas tecnologías.

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