Realidad y abstracción en el fin de Lazarescu

La muerte del sr. Lazarescu recuerda, por lo definitivo de su título, a Un condenado ha muerte se ha escapado de Bresson: la imposibilidad del suspense, pues desde la frase que lo nombra ya se sabe lo que pasa en el filme, no suprime la emoción, y permite al espectador fijarse más en el cómo que en el qué (y aquí Puiu y Bresson son, claro, como el perro y el gato). Puiu, también en contraste con la gracia del francés, cerca dramáticamente los posibles meandros del relato inyectando al conjunto la irreparabilidad del fatalismo.

Ya habíamos visitado, proyectado en pantalla blanca, un hospital rumano, el de Balanta (1992), filme del bastante olvidado -curiosamente cuando el cine de sus compatriotas vive su mejor momento internacional (Palma de Oro, hace poco, para 4 meses, 3 semanas y 2 días)- Lucien Pintilie: un paisaje esperpéntico, un aguafuerte tragicómico que representaba el viscoso estertor del fin de Ceaucescu. Ese surrealismo seco es el que podría esperarse de la multipremiada cinta de Cristi Puiu. El cineasta, en cambio, y aunque encuadre la larga ficción entre dos irónicos corchetes musicales, habita otro universo estilístico: más cerca de la herencia documentalista de un Frederick Wiseman (la minuciosa y contundente Near death, por ejemplo) que de un cine que se agote en el gesto de denuncia sin apreciar la complejidad que late en cualquier situación límite, Puiu maneja una cámara distante cuyo ligero bascular no es signo de que vaya en algún momento a precipitarse en un seguimiento nervioso, sino advertencia de lo que se avecina: un naufragio. El de un hombre que, enfermo y descuidado, vive su personal bajada a los infiernos (una roadmovie de hospital en hospital) de la mano de un Virgilio (una enfermera auxiliar) que no se salva de ser salpicado por las incoherencias de lo médico-burocrático. Al final, sin embargo, en el impresionante paso del Lazarescu enfermo (Ion Fiscuteanu, la prueba ejemplar de que, como advirtiera el crítico Serge Daney, el actor es ante todo un cuerpo) al muerto suspendido, no sólo queda estupor ante este particular conflicto entre médicos cansados y prejuiciosos y pacientes a la espera del tránsito final, sino que, además, se atisba la macabra sombra de la universalidad en una experiencia que debería ser excepcional (ahí donde el filme participa más y mejor de lo kafkiano, adjetivo que tapa más que revela y que ha sido utilizado con generosidad por los comentaristas del filme): todos vamos a morir, y la mayoría de nosotros tiene bastantes papeletas para hacerlo de forma parecida a la de este rumano con gorro.

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