Raíces clásicas

En medio del riguroso frío se asoma la música de cámara como una alfombra cálida. Se vuelve a manifestar aquellos palpitares del ayer con que fueron creciendo varones y mujeres, ante la irrenunciable oportunidad de reunirse al amparo del arte. Porque un cuarteto de cuerda o un dúo de viola y piano hacen que nuestro pasado se pueda repetir mientras que el presente se disuelva en una dulce intemporalidad. Los conjuntos Defay y Trasluces dejan en Huelva una estela donde la música expande toda su dignidad y magnificencia, esto es: vivir inmensamente lo pequeño y con modestia lo grande, el soñado equilibrio del verdadero artista. No sabemos nunca hasta dónde puede llegar la emoción de una velada, cuando el espíritu se identifica con la música que aflora.

No exentos de una profunda nostalgia, estos cameristas proponen un repertorio encantador, formado por autores poco conocidos pero de una sensibilidad que toca directamente las fibras sensibles. De hecho, todas las épocas a lo largo de la Historia han captado esa arrebatadora desnudez de la belleza y la vida, y por ello se han ganado por doquier una estima y un prestigio multitudinarios. Estima y prestigio que se hallan al margen de ese sensacionalismo actual que potencian los medios pues nos referimos a esa suma de asentimientos silenciosos de personas que se diseminan por la geografía del alma colectiva. Cuando un cuarteto de cuerda toca en mezzopiano un movimiento Andante sucede algo indescriptible: el público nota que la vida le habla de emociones e ideas que en el día a día ni siquiera pudieron plantearse. Esto significa haber encontrado ese rincón mágico donde luces más vivas nos sorprenden.

Por su lado, la alternancia de páginas que se distancian mucho en el tiempo no impide que la propia música vea afectado su poder de evocación. Viola y piano conforman un tándem atípico con esos agradables timbres del registro medio. La misma interpretación, en toda su autenticidad y fluidez, puede llegar a romper las barreras que crea el lenguaje de la época, con sus melodías más representativas, sus conclusiones típicas o diseños armónicos. Reconocemos que el intérprete sabio y audaz pone en primer plano la espontaneidad de una partitura que no deja de producir sensaciones en un público universal. Y aquí vuelve el encendido debate sobre la audición experta: aunque la música de cámara exige hábito y madurez de consumados especialistas, muchas veces la curiosidad del niño que tropieza con una cantilena o la templanza del adulto más desinteresado arrojan luces que a la postre se parecen mucho a la inspiración que rodeó al compositor.

Galantes cuartetos de Gerard Tysaz o sofisticados dúos de la Inglaterra decimonónica son una propuesta razonable para que el público tome el pulso a la concordia de un salón. Todo compositor se pone como meta llegar a las entretelas de una sociedad, que recurre al arte por la más pura inquietud de que lo sereno permanezca. Y bien es cierto que algunos pasajes encrespados son el punto de inflexión de ese afán donde el creador, la música y el público acaban definiendo un solo hecho.

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