Princesas y carbonarios

Stendhal tuvo dos fidelidades tan antagónicas como perdurables: Napoleón e Italia. Pero si el Gran Corso cruzó los Alpes, humilló a la Serenísima, conquistó Roma, no fue tanto por el Derecho Civil de Cesare Beccaria como por el recuerdo de la antigua gloria de los Césares. De igual modo, Los paseos por Roma de Stendhal son la melancólica divagación, atenta y erudita, de un hombre fascinado por el crepúsculo de cierto tipo de grandeza. Esa misma grandeza virulenta de los condottieri, a cuya memoria fiel van dedicadas sus Crónicas italianas. Fue ahí, en esos relatos extraidos de viejos infolios judiciales, donde se recogió primeramente Vanina Vanini. No obstante, y como señala Manuel Arranz en su prólogo, Vanina Vanini es un cuerpo extraño a dicha colección, pues recrea la Italia emergente del XIX, ocupada por los austriacos, y no aquella otra del XVI, que vio a Savonarola, los Medici y la descarnada inteligencia de Maquiavelo.

Por otra parte, la sencilla historia que aquí se recoge es sin duda el germen de obras posteriores: La Cartuja de Parma y Rojo y negro. Los trágicos amores entre un carbonario, entre un patriota italiano, y una arrogante princesa romana. La mayor virtud de Stendhal, aparte la sugestiva malicia de sus acotaciones, quizá sea su admirable economía expresiva y la franca mundanidad de sus personajes. De ahí, sin duda, el fondo histórico de su obra. Pero no a la manera de Walter Scott, sino con la levedad y el tono de una acuarela. La Italia suntuosa y ajada de Vanina Vanini es aquélla misma de Leopardi y Manzoni; esto es, la Italia ocupada por la Alianza que entonces luchaba por su unificación, y que Conrad retrató en Suspense. Sin embargo, al obvio heroísmo del joven carbonario Missirilli, Stendhal, que tanto supo del amor y su acerba llaga, añade la pasión turbulenta, desbordada, agónica, de la princesa Vanina. El resultado es, lógicamente, la tragedia. Y un orgulloso duelo de almas, grandes en el amor como en la muerte.

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