Políticos y empresarios corruptos

Claude Chabrol es un nombre venerable en la cinematografía francesa. No sólo porque se trata de uno de los directores de mayor personalidad de la trascendental nouvelle vagu", sino porque es el más prolífico de todos ellos, manteniendo una línea de calidad envidiable. Siempre admirado, sagaz, oportuno y certero, ha cultivado un cine de intriga de gran alcance social. Ha sabido moverse sutilmente entre el universo de lo verdadero y de lo falso, retratando diversas complejidades humanas. Mueve sabiamente como un habilidoso prestímano los mecanismos de este imprevisible tinglado de la vida.

Quizás algunos de sus muchos admiradores se sientan algo menos cómodos en la contemplación de esta Borrachera de poder y puedan pensar que no hay en el film sólidos motivos de satisfacción viendo algo más de lo mismo, esto es un retrato más o menos estilizado, pero también mordaz, de la sociedad francesa. Y sin embargo con su sutileza habitual, Claude Chabrol, que no ha dirigido la acidez de su análisis sobre la burguesía gala, que es lo habitual, ha clavado sus incisivos dardos sobre el poder, tanto político como empresarial, como elemento propiciador de la corrupción. Con su proverbial causticidad denuncia situaciones hoy vigentes, no sólo en Francia -aquí también sabemos mucho de esto-, donde políticos de las más altas instancias muestran sin escrúpulos sus peores inclinaciones ilícitas y prevaricadoras.

Todo ello se retrata a través de la juez Jeanne Charmant-Kilman. Engreída y suficiente, como tantos en su profesión, inicia un proceso de investigación judicial por un escándalo de malversación de fondos en el que está implicado el presidente de un potente grupo industrial. En el curso de las indagaciones e interrogatorios, Jeanne advierte cómo su poder aumenta tan considerablemente que, tanto políticos, cercanos al gobierno, como empresarios, maniobran para apartarla del caso sin conseguirlo en principio, lo que la enaltece más. Por causas muy similares, sin embargo, su vida privada se ve afectada y se debilita. Sus grandes incógnitas llegan cuando no sabe hasta donde podrá hacer uso de ese poder sin enfrentarse más duramente contra fuerzas superiores, que pueden ser invulnerables.

El problema, a mi modo de ver, es que el director dilata demasiado algunas situaciones, lo que menoscaba el interés de los espectadores que, a las primeras de cambio han advertido ya la naturaleza de la intriga y cuanto es posible revelar al respecto sin opción a más alternativas. Uno de los aspectos más atractivos del film es la admirable actuación de Isabelle Huppert, ninfa egeria de Claude Chabrol, con quien hace con ésta su quinta película si no recuerdo mal.

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