Mario Gas revive la gran epopeya

  • El actor ofrece una excepcional lectura de 'Historia verdadera de la conquista de la Nueva España' en Las Cocheras

  • José María Merino reivindica la obra de Bernal Díaz del Castillo

"Miren los curiosos lectores esto que escribo, si había bien que ponderar en ello; ¿qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?". Escribía así Bernal Díaz del Castillo, hace 460 años, de ese grupo de soldados -él incluido- que acompañó al capitán general Hernán Cortés en su expansión y toma de México, excepcionalmente recogidas en Historia verdadera de la Nueva España. Es el académico de la lengua José María Merino quien concluye que ésta se trata no sólo de "una de las obras inmortales de la lengua española, sino que está entre las grandes epopeyas de la historia humana". Y no le va larga la consideración de Merino a este monumental relato de la épica, "casi homérica", que apunta José Luis Gómez, del pasado de España y del hombre.

Esa dimensión real estuvo ayer en Huelva un poco más cerca en la voz de Mario Gas, hombre de teatro, gigante de la escena, que se la come sólo desde un atril, con su portento de timbre, sus matices, su gestualidad, sus silencios, su corporalidad. Fue la percha perfecta para el joven Bernal soldado y para el anciano y sabio escritor Díaz del Castillo. También para "la lengua doña Marina", antes de ser llamada Malinche, como sí fue Cortés por bautismo directo e improvisado del gran Moctezuma. Incluso el palermo Gonzalo Guerrero, "labrada la cara e horadadas las orejas", que aparece en el comienzo en el intento de reclutarle Cortés como traductor.

Fue la percha perfecta para el joven soldado Bernal y para el anciano narrador Del Castillo

El ciclo La lengua navega a América tuvo un arranque fabuloso hace dos semanas, con Diario de a bordo, de Cristóbal Colón, y las aportaciones de Ernesto Arias y Luis Íñigo-Madrigal. Pero esta semana dio un paso más, en el esperado ritmo in crescendo con el que su creador y director, el académico y actor onubense José Luis Gómez, ha configurado el programa. Si aquella fue la epopeya de la aventura marítima hacia lo desconocido (factor Alonso Sánchez al margen), esta segunda entrega es la epopeya que probablemente mejor refleja ese encuentro entre distintos mundos, cuya efeméride rescata aquí el protagonismo de la lengua, esencia verdadera del hispanismo, como parafraseó José Luis Gómez a Unamuno.

La oralidad que José María Merino reconoce como base en el libro de Díaz del Castillo, "cristalización de la memoria en escritura a través del relato oral", retornó de forma soberbia con Mario Gas. En esa intimidad del escenario mínimo en Las Cocheras del Puerto onubense, el actor no interpretó al viejo soldado narrador, fue él mismo. Gran cabellera y barba plateadas, corpulento y grave en la palabra, fue Bernal quien se dirigió al público que casi llenó el patio de butacas. Y allí, en la intimidad, casi en la penumbra, con luminarias que bien pudieron ser lumbre silvestre, momentos sotto voce, momentos de furibunda energía, brazos al viento, todos los presentes llevaron su imaginación más allá del Atlántico y visualizaron "la venturosa e atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlan", o el altar del Huichilobos y sus paredes con "tantas costras de sangre y el suelo bañado dello, que en los mataderos de Castilla no había tanto hedor".

Lo recordó Merino en su magistral texto académico. Fue intenso el impulso de Díaz del Castillo de contar "la muy verdadera y clara historia que es de cómo se tomó la gran ciudad de México", y su necesidad de representar "la voz de los soldados desconocidos". El resultado deja una crónica de admirable valor literario, en sus personajes, "espléndidamente perfilados", sus descripciones de lugares "con precisión y destreza", situaciones y tiempos con "la atmósfera propia de un gran narrador", y momentos de "especial fuerza dramática".

Gómez, en su presentación, leyó un texto recibido unas horas desde Teatro La Abadía, un fragmento de Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, revelador y conciliador: "Qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… El idioma. Salimos perdiendo, salimos ganando. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se lo llevaron todo y nos dejaron todo. Nos dejaron las palabras". Hoy de nuevo, en Madrid, la palabra universal.

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