Tinta fresca

Madre Teresa de Calcuta

En un homenaje dedicado a la Madre Teresa he recordado una de las frases que más le escuché: "No tienen nada", decía cuando iba a las leproserías que cuidaba al sur de Benarés, al este de Bangla Desh. "No tienen nada", repetía al abrazar a los que se le acercaban con sus miembros convertidos en muñones. "No tienen nada" era la frase con la que visitaba recintos en los que se alineaban las hamacas para que la gente tuviera, al menos, un sitio donde morir. Templos meta de una vida de privaciones, de "no tener nada", ni un techo bajo el que agotar los últimos instantes de este paso efímero. A todo el golfo de Bengala afectó la onda del gigante sunami; zarpazo letal sobre los que "no tenían nada". Y ante el cuadro desolador, la pregunta: "Si entonces no tenían nada, ¿que tendrán ahora?" .

"No tener nada" era suficiente para tener a la Madre Teresa entera, con su energía desplegada, con su convicción de que "esa nada" había que compartirla más allá de los signos religiosos o políticos. Bastaba con lo humano. Los turistas que le salían al encuentro se despojaban de joyas, que se recogían en una talega: broches, relojes, collares, pulseras, pendientes o anillos, oro cuyo fin era el trueque por dinero y éste por medicinas y alimentos para llenar en lo posible la inconmensurable nada.

Era ella la que abría la puerta del cenobio de Calcuta cuando iba a buscarla antes del amanecer, aún fresco el día, aunque dentro del edificio hubiera cien monjas para ese menester; y previo a salir rumbo al lugar al que tocara ir, ella servía el te en jarritos para mantener el cuerpo hidratado durante la jornada. Pensaba yo en las personas-globo que viven parapetadas tras los despachos y que para acceder a ellas hay que salvar mil obstáculos. "No tienen nada"; palabras que se me prendieron al alma a las que habría que añadir la insistente cuestión: "Si no tenían nada entonces, ¿qué tendrán ahora?". Frente a cualquier respuesta, la pregunta seguiría flotando como eco de tragedia, no premonitoria de ningún futuro, sino tragedia del presente rabioso, cuyos protagonistas son siempre los mismos, aunque parezcan otros; seres que, por "no tener nada", perdieron hasta el latido. ¿De dónde iba a cobrar la Naturaleza su tributo si no era en propia carne?

De las veces que estuve en India, una fue de paso a Nepal, otra para un documental sobre Raví Shankar y otra para lo mismo con la Madre Teresa. Lo primero que me preguntó al llegar a Calcuta fue si me había medicado contra la malaria. Lo hice en Alemania y repetí la toma en Afganistán. Al día siguiente, en una leprosería en plena selva, me lo volvió a preguntar. En estos sitios ella tocaba a los enfermos sin temor al contagio. No era sólo la lepra lo que le preocupaba, sino la malaria. Al irme a Benarés poco después, me recordó las precauciones y la cosa quedó ahí, en un rincón de la memoria.

Tras ser hospitalizada en California en 1991 y caerse en Roma en 1993, con varias costillas rotas, leí en un periódico de Lisboa que estaba ingresada en el geriátrico Woodlands de Calcuta, en cuidados intensivos, mantenida con respiración asistida, afectada por problemas cardiacos. La noticia añadía que en su sangre se habían encontrado parásitos de malaria del tipo Plasmodium Vivax, secuelas del mal que sufrió en Delhi años atrás.

El temor a la malaria que tenía antes de padecerla me sonó entonces como una premonición en esta persona excepcional, fundadora en 1949 de la Orden de las Hermanas de la Caridad, pero que llevaba años haciendo lo que hizo hasta sus últimos días, con su marcapasos, en los barrios más pobres de Calcuta: ayudar, aliviar, dividirse en tantas madres como podía. Nacida en Skopie dentro de una familia albanesa, su faena empezaba a las cuatro de la mañana hasta el oscurecer. Visité con ella el templo de Kali, donde los moribundos esperaban, las leproserías más ocultas, los cenobios donde se formaban mujeres venidas de todo el mundo para seguir su labor. A veces eran viajes de ocho horas para una distancia de 100 kilómetros, a temperaturas que obligaban a buscar resguardo y tomar te contra la deshidratación a cada trecho. Luego la vi en Madrid cuando vino y mi admiración por ella, al margen de creencias, no decayó nunca. Siempre mantuve ese cariño que nace ante un ser humano tan especial, que empezó su labor recogiendo fetos de los basureros para enterrarlos, que llenó su casa de huérfanos hasta que organizó su comunidad. Por eso me produjo un escalofrío la noticia final de que sufrió malaria, como si el bichito infame fuera ese enemigo que esperaba y que ella sabía que habría de llegar. Una de esas cosas que uno no acaba de comprender nunca.

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