Luz nueva, tragedia eterna

  • Ana Belén protagoniza hasta este domingo la 'Medea' dirigida por José Carlos Plaza que ha inaugurado la 61ª edición del Festival de Mérida El montaje sirve una lectura alternativa del mito

Por su universalidad, su capacidad simbólica y sus alcances, el mito en torno a Medea alimentó en su día con especial beneficio a la tragedia. Si la historia de la civilización se resuelve en el equilibrio entre pasión y prudencia, la esposa despechada de Jasón encarna como pocos referentes la posibilidad de entregarse sin remisión a la primera, de aliarse con las sombras y apartar sin posibilidad de regreso la razón de entre las reglas del juego; y ésta es, justamente, una de las cuestiones que más atención han recibido desde el teatro, desde Eurípides hasta Eugene O'Neill pasando por Shakespeare.

No en vano Medea ha sido, por derecho, pieza fundamental del teatro del siglo XX al haber sido reclamada por maestros de preclara influencia como Heiner Müller y por otros más próximos como Ricardo Iniesta, de la compañía Atalaya. Ya sea en su dimensión filosófica, psicológica o dramática, Medea presenta un arquetipo útil, también, en el siglo XXI; pues su decisión, la de matar a sus hijos como venganza, no es tampoco ajena a este tiempo, en el que la extranjera sigue arrojando dudas sobre la condición humana como estamento equilibrado y tocado por la gracia. Cabría preguntarse, no obstante, a estas alturas, si es posible redefinir a Medea, someterla a un examen de matices e, incluso, proponer una lectura distinta de sus hechos. Y éste es el principal empeño de la Medea que abrió el pasado miércoles el Festival de Teatro Clásico de Mérida, una producción del propio certamen que sirve en bandeja un nuevo episodio para el idilio que mantienen Ana Belén, el director José Carlos Plaza y la tragedia griega, triángulo ya angular de la escena española que ha visitado otros clásicos como Fedra y Electra y que tiene una consecución lógica y esperada con esta Medea.

A ellos se une el escritor Vicente Molina Foix, que ha armado una versión con raíces ancladas en las tragedias de Eurípides y Séneca, así como en el poema épico Jasón y los Argonautas de Apolonio de Rodas; y que al mismo tiempo rebosa materia propia, con ingredientes y hallazgos singulares que permiten una aproximación crítica al mito. Molina Foix escribió también la versión de aquella Electra de 2012, y se reúne ahora con el mismo equipo para una Medea que puso en pie al público congregado en el estreno absoluto del Teatro Romano de Mérida (aunque no llegó a llenar el recinto), donde la obra seguirá representándose hasta este domingo. El director del festival, Jesús Cimarro, garantizó la posterior gira de la producción, lo que augura un notable número de funciones para la propuesta más allá de las milenarias piedras emeritenses.

Junto a Ana Belén, completan el reparto Adolfo Fernández (que compone a un Jasón muy pegado al suelo, como criatura a la vez arrogante y temerosa), Consuelo Trujillo (una de las más aplaudidas y verdadero as de la función en su papel de nodriza), Luis Rallo, Poika Matute, Alberto Berzal, Olga Rodríguez, Leticia Etala y Horacio Colomé. Francisco Leal firma una escenografía clásica, muy al gusto de Plaza, con su carácter litúrgico (representado sobre todo en un árbol que evoca continuamente el triunfo de Jasón en la captura del vellocino de oro) al servicio del mito, aunque surcada de proyecciones evocadoras que introducen lenguajes contemporáneos (especialmente efectivos sobre el imponente Teatro Romano de Mérida), mientras que la música de Mariano Díaz corre justo en la misma dirección.

El artefacto resulta así muy del gusto del gran público, aunque lo mejor del montaje reside en cuanto ofrece de distinto y afilado. La versión de Molina Foix bebe tanto del escepticismo de Eurípides como del humanismo de Séneca para tomar distancias, casi de manera brechtiana, del crimen. Por encima de su posición de esposa traicionada y de madre asesina, la Medea aquí perfilada es una mujer que intenta comprender la Historia y que asume la violencia y la injusticia que mueven a la misma. Tal y como explicó el propio Molina Foix después del estreno, "Medea es una mujer que sale de la tierra, y ahí es justo donde queremos devolverla". Y la tierra es aquí el fracaso que imprime la traición, con más ferocidad que el exilio. Medea penetra en sus sentimientos y decide llegar hasta el final, pero su envite no excita fuerzas divinas sino fieramente humanas. Este tono sale reforzado con el personaje de la nodriza, al que Molina Foix imprime una acertada complicidad plena de humor (y que sostiene con buen ritmo los pasajes de mayor narratividad, deudores de Apolonio de Rodas); así como con el preceptor, que ofrece a la acción un contexto histórico ilustrativo a la vez que presenta un reverso menos trágico del exilio. Los corifeos aportan los colores más definitivamente clásicos, mientras que Ana Belén resuelve con soltura el difícil reto de dibujar a una Medea que no resta una gota de sangre a su ira y que despierta en el espectador una reprobación, cuanto menos, condicionada (que no relativa).

Frente a las consabidas concesiones a la oscuridad y el tormento, José Carlos Plaza, que el año pasado presentó en Mérida su Hécuba (protagonizada por Concha Velasco, que asistió el miércoles al nuevo estreno acompañada de Cristina Hoyos, Víctor Manuel, el actor Gonzalo de Castro y otros muchos referentes de la cultura), articula una puesta en escena más luminosa y erguida, más clara en sus intenciones y más libre respecto a la tradición. Preguntado por una posible redención de Medea, el director descartaba esta opción después del estreno pero sí admitía otro objetivo: "La comprensión. Medea y sus actos no son asuntos aislados, no se dan porque sí. Obedecen a motivos que pueden ser analizados y, de alguna forma, entendidos".

En su Medea, un Eurípides alejado ya de los dioses vinculaba el final no al implacable destino sino a la voluntad; y ésta, a su vez, a la injusticia. Plaza toma en peso estos argumentos y los conduce hasta un espectro político: "Podemos comprender a Medea en la medida en que es una revolucionaria. Decide romper con todo, hasta que llega a romper consigo misma. A partir de entonces, la Historia es sin remedio otra". Ni los dioses ni los hombres condenan a Medea: sólo le es dado el mismo exilio que ya le atañía desde muchos años antes. La obra, en este sentido, apunta a un posible proceso de reconstrucción después de la tormenta: la lógica del mundo.

Jesús Cimarro explicó que esta Medea, que inauguró la 61 edición del Festival de Mérida, ejemplifica a la perfección las dos líneas maestras de la misma: "Por una parte, queríamos darle más protagonismo a la tragedia que a la comedia, aunque ésta tampoco falta en la programación. Y, por otra, queríamos dedicar el festival a la mujer y a su presencia determinante en la historia de la tragedia clásica".

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