Fila siete

Lucha por la supervivencia

Esta película ganó el Oso de Oro del Festival de Berlín, justo ahora hace un año. Ya sabemos de la preferencia de los jurados internacionales de los certámenes cinematográficos europeos por las películas orientales, pero es también cierto que muchas de ellas respiran un sello de autenticidad bastante atractivo. Eso es lo que le ocurre a La boda de Tuya, con ese inconfundible tono antropológico y costumbrista sobre la dura vida de los pastores nómadas de Mongolia. Sometidos a temperaturas extremas, a la más cruda pobreza y a la industrialización indiscriminada, acaban arrinconando a estos habitantes de las estepas o adoptar nuevas formas de vida.

Tuya, la protagonista es una mujer casada con un hombre paralítico y madre de dos niños. Lucha por ser fiel a su tradicional manera de vivir, cuidando un rebaño de ovejas en la estepa. Es toda una reliquia del pasado al que el mundo actual no permite vivir como ella quisiera. Bater, el marido inválido, al que ella ama sincera e intensamente, incapaz de soportar el sufrimiento de su esposa, la convence para que pida el divorcio y busque a otro compañero. Tuya aceptará pero pondrá como condición que ese nuevo marido, además de cuidarla a ella, deberá ocuparse de Bater.

Esta es la historia esencial de la película pero ésta tiene un contenido mucho más intenso, que se vive con ese mismo ardor vital, como es el caso del pozo y su construcción y la relación de la protagonista con Sen´ge, un amigo que termina por ser su ignorado amante, pero resulta indispensable y así otros aspectos del relato que animan una narrativa, lenta, en algunas ocasiones, premiosa, como suele ser frecuente en la cinematografía oriental y que en este caso tiene aspectos de puro documental, si bien en algún momento nos recuerda un poco, en otro sentido, a Rompiendo las olas (1996), el inefable título de Lars Von Trier, que sigue siendo para mi la mejor película del director danés.

Pero estamos en una latitud muy diferente y en un contexto en el que ni hay falsos registros poéticos ni disquisiciones estéticas de ninguna clase. Todo funciona a través de una narrativa donde nada propende a la digresión inútil, para articular el relato desde una reserva evidente de medios que propicia la elipsis y una aportación notable de sensibilidad que es lo que más puede conmover al espectador. Evidencia que a pesar de su lejanía geográfica, de su diferencia en tantos aspectos, los habitantes de esa estepa tan distante, son iguales que nosotros en sentimientos y en reacciones ante las más crudas vicisitudes de la vida, que estimulan, como es el caso, una entregada y sacrificada lucha por la supervivencia.

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