Jorge Molina, a contrapelo

En Una chaqueta tirada en el césped, Jorge Molina no actúa de escritor, lo hace más bien de traductor, que no deja de ser, según alguno, la más importante y primera misión del novelista: transmitir un fragmento de vida, una parcela del mundo que nos ha tocado vivir, obligarnos a mirar lo que pasa a nuestro alrededor sin paños calientes, como aquel personaje de Kubrick en La naranja mecánica al que le abren los ojos con unas pinzas y le obligan a mirar durante horas escenas de violencia.

Un puñado de seres de relativa relevancia, y sin que ninguno destaque especialmente, como en la vida, exhiben ante el lector sus miserias en un intento de sobrevivir, hiriendo y siendo heridos en una batalla circular, sin escapatoria, como en esa pintura negra de Goya, Duelo a garrotazos, en la que dos personajes se apalean fijados al suelo.

La historia es una especie de carrusel, de plexos comunicantes donde se mezclan las clases sociales, los hombres y las mujeres, los jóvenes y los viejos… sobre los que se sostiene un mundo que se nutre de lo podrido, de la impostura. Lo sórdido habita igualmente la casucha de barrio de un traficante de poca monta como los grandes despachos de lujosas moquetas y elegantes secretarias. Y en esta suerte de parada de los monstruos se lucen políticos, banqueros, bancarios, jueces, fiscales, abogados, médicos, enfermeros, funcionarios, periodistas, altos cargos de clubes deportivos y hermandades religiosas, drogadictos, putas y putillas, licenciados en paro… en un vano intento de salvarse de la quema pisándole el pescuezo al que a manos venga sin el más mínimo pudor, un mundo darwiniano en todo su esplendor y a contrapelo.

La trama se estructura en ágiles fragmentos más o menos breves que van entreverando las peripecias hasta quedar cuajadas al final en una sola pieza. Todo o todos tienen que ver con todos, por muy apartados que nos puedan parecer, la tela de araña no deja resquicios, nadie puede escaparse, dar la espalda a su función en la colmena, poner su granito de arena en el cúmulo de miserias entretejidas que conforma nuestra realidad, la realidad de ese mundo aparentemente aséptico por el que transitamos cada mañana y que hasta cierto punto nos negamos a calibrar por simple salud mental.

De nuevo el estilo fluido y eficaz que ya le vimos al autor en su anterior novela, Doñana, todo era nuevo y salvaje. El lenguaje ajustado a sus pretensiones, el intento de no enmascarar con palabras lo que es terrible por naturaleza. Distintas jergas se van entremezclando en la historia, desde la de los políticos o la alta sociedad a la de los jóvenes y la delincuencia para caracterizar a los variopintos personajes y marcar ese fato de cloaca que atosiga sus páginas.

Una chaqueta tirada en el césped es una bofetada puede que algo extremosa para algunos pero seguro que para muchos un espejo, depende de la candidez de cada cual. Cuenta Miguel Maura en sus memorias como, en una de aquellas ya míticas jornadas de diciembre del 30, cuando fue encarcelado el gobierno provisional de la República en pleno en la cárcel Modelo de Madrid, fue a visitar con Fernando de los Ríos -"verdadero santo laico, y hombre de una inocencia fuera de lo concebible" le llama- la galería quinta, la de los invertidos, y cuando de los Ríos vio aquella tropa con las caras pintadas, disfrazados con ropas de mujer y diciendo y haciendo disparates, se quedó atónito: -"Pero Miguel, no es posible, no es posible", dice Maura que exclamó chocado el prócer socialista. Algo así puede ocurrirle a alguno con esta novela: Pero Jorge, ¿es posible todo lo que cuentas?

Y ¿cuál es el final? o, mejor, ¿qué viene después del final? ¿Cuáles son las expectativas? ¿Es ese guiño esperanzador que nos hace el narrador en la última página tan inútil como el afán de don Quijote de hacerse pastor tras su derrota? Depende, supongo, del discreto lector.

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