Critica de arte

Jorge Hernández, el color de la vida

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Los colores son estados del ánimo. Su aplicación, sobre un rostro, lienzo o mármol, despierta universos contrastados. La historia del arte, como la del hombre, está plagada de ellos. A medida que el pintor ha dominado el carácter científico de su materia, trazando con rigor, tras siglos de experiencias, los secretos de las proporciones y el espacio, ha condenado a la miseria el poder del color. Puro prejuicio.

En el Renacimiento, feliz etapa de descubrimientos, el color se esconde por severidad del equilibrio y la armonía, aparente belleza, y porque el tiempo borró sus huellas. Los griegos pintaron con los colores de la vida todas sus expresiones. Sin escrúpulos. Sin pudor. El color está en la vida. El mármol limpio que hoy conocemos no es más que un suspiro invisible borrado por el tiempo, un recuerdo del prodigio de luces y sensaciones epidérmicas donde el hombre plasmaba todo el abanico del iris.

Hace un siglo, una serie de pintores franceses encaminados a romper el miedo a la verdad natural, decidieron dar la bienvenida al color imposible. El que es posible, pues existe. Decidieron otorgarle todo el protagonismo. El color era el sustituto del dictador dibujo, y ejerció también de perspectiva, volumen, sombra, cuerpo… La arquitectura del cuadro tenía un patrón guía, tan violento como real, que rompía años de esclavitud. El color triunfante. La nunca bien asimilada "alegría de vivir".

Hace unos días, tras gastar todas mis energías en un eslalon interminable, sorteando a más de medio millón de almas (en penas, crisis y alegrías) por la avenida de Andalucía de Punta Umbría, recalé en la Sala de Exposiciones José Caballero. Allí me aguardaba la obra de Jorge Hernández, un pintor en intratable progresión que ha adoptado en propiedad el color, en toda su armonía y en todo su contraste, sin miedo a la retina.

El color de Hernández es el pulso de la vida. De la suya. De la nuestra. Desde que empezara a trazar su cosmología particular, un juego de escondites rococó donde el hombre persigue la salvación, el color ha sido una constante. De la deflagración insultante, alegre como el canto desnudo de Matisse o Cobra, al monocromo mohíno, un pensamiento prendido del día a día. Y que en la actualidad se hace más día a día.

Cuando éramos pequeños, al reino del televisor, tótem protector, se le ponía un celofán para embadurnar de aparente color la tristeza del blanco y negro. Esta hábil como triste metáfora en busca de felicidad ante tanta pobreza se vio desconsiderada cuando el color, en toda su gama y todas las formas de las pantallas, asoló mercados y hogares. Hernández, que no ha conocido el blanco y negro y el pintar de colores la realidad para salir de ella, ha descrito un camino inverso.

Su color es un termómetro de la vida. En sus primeros años todo lo presidía, irradiaba vida, voluntad, deseo de jugar, gran luminosidad, plenitud mental, serenidad espiritual. La inquietud, jugando al papel couché, ronroneaba en la pícara estratagema del escondite de sus personajes. Hoy, el color se ha caído de la paleta y preside el lienzo la soberanía de un color. Del pesimismo del gris ha pasado, en llanto, a las dudas de los verdes pálidos, azules neutros y beiges sucios. Hoy la voluntad es una noluntad propiciada por los acontecimientos. Esa es la pátina, la luz del color de la vida. Dentro, y cada día son más perplejas las composiciones, el juego erótico de busca y captura de hombre y mujer, de mujer y lobo, de mujer y automóvil, ha perdido poder de secuencia en un desfile de bombas, aviones nazis y ballenas yacentes. La inquietud ya no es pícara y erótica, es descarada, abierta, en busca de soluciones ante tanta crisis, ante tanta impotencia de una palabra emborrachada de mentira política, social y económica.

La tristeza del color, pertrechado de un abrigo de resina que le cubre para que nadie pueda contaminarse, es el reflejo de la realidad que vivimos. Crisis. Más crisis. No hay color sin gris. Este casi no color es, en cierto modo, la justificación de toda armonía cromática. Y también, de imaginación, orden y disciplina, tres premisas para acompasar el enorme deseo de superación que manifiesta un pintor como Hernández que no sólo maneja los resortes del color sino el pensamiento de la calle. No hay color sin gris, cierto, pero hay color sin gris en la calle.

Y hablando de calle. Regreso por la misma avenida en busca del coche que me libre del ejército de costumbres que inunda Punta Umbría cada verano. Ese medio millón de almas que pululan por el océano del nombre de la misma avenida no son más que los personajes monocromos de Hernández. Los del color han huido a otros pagos. No hace falta esconderse en las entrañas de un tronco de un árbol, ser proyectil, coche levitando o cetáceo a punto de ser diseccionado. La disección deviene de una sociedad tocada por la varita de la crisis. Crisis económica. De valores. De pensamiento.

Aún el artista contiene armas para ser libre, pese a la explotación despótica de la política y la economía. Esperemos que pronto deje el pintor la grisalla (del tono único que sea) y nos ahogue con toda su paleta de color. Van Eyck, Bosco, Boucher o Sert esmaltaron con relieve el reflejo de sus vidas. Jorge Hernández, que es libre, regresará pronto, esperemos, a pintar de color la vida. De su color dependerá nuestro color.

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