andrés trapiello. escritor

"Hará falta algo más que un centenario para que el 'Quijote' sea una novela leída"

  • El responsable de la reciente edición en castellano actual del 'Quijote' inauguró ayer el ciclo con el que el Centro Cultural de la Generación del 27 celebra el año de Cervantes y Shakespeare

Tal y como apuntó algún crítico avispado, el libro más auténticamente moderno de cuantos vieron la luz en España el año pasado fue escrito hace cuatro siglos. La traducción al castellano actual que Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) aplicó a Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, fruto de catorce años de trabajo, vino a saldar una deuda notable y reconcilió al fin a la literatura española con su propia tradición. Mientras tanto, el escritor ha publicado otras novelas de índole cervantina como Al morir Don Quijote (2005) y El final de Sancho Panza y otras suertes (2015); y los volúmenes de su Salón de los pasos perdidos, verdadero hito de la escritura memorialística, se acercan ya a la veintena. Ayer, Trapiello abrió en Málaga el ciclo que el Centro Cultural de la Generación del 27 dedica a Shakespeare y Cervantes en conmemoración del 400 aniversario de su muerte con la conferencia Cervantes como nunca. El miércoles a las 19:30 volverá a este tema en la Fundación Cajasol (c/ Entrecárceles, 1) de la capital andaluza, donde impartirá la conferencia Sevilla, un enigma cervantino.

-¿No suena cuanto menos extraño hablar de Cervantes como nunca ahora, cuatro siglos después de su muerte?

-Es que nunca habíamos tenido una edición del Quijote traducida al castellano. Algo así puede resultarle innecesario a más de uno que pensará que, obviamente, los españoles hablamos la misma lengua de Cervantes. Pero resulta que no, que no la hablamos. Y había una anomalía evidente en el hecho de que los lectores españoles no pudieran leer el Quijote en su lengua común, el castellano actual, cuando los lectores de Francia o de Inglaterra sí pueden hacerlo porque las traducciones que allí se hacen se vierten al francés o al inglés actual. Había que poner un remedio para corregir esa anomalía, de ahí la edición del Quijote al castellano contemporáneo, con toda la fidelidad al original.

-Si el objetivo del proyecto era ganar lectores para el Quijote, ¿considera, un año después del lanzamiento, que ha valido la pena?

-En realidad, ése no era el objetivo de la edición, porque que el Quijote no es una obra muy leída en España ya lo sabíamos. El año pasado, de hecho, salió una encuesta del CIS que reflejaba que sólo dos de cada diez personas en España habían leído la novela; incluso, teniendo en cuenta los parámetros de estimación de la encuesta, el porcentaje real se acercaba más a las 0,3 o 0,5 personas de cada diez. Pero esto constituye una tendencia a la que desde hace mucho tiempo se le intenta poner remedio a través de muy diversas maneras. El objetivo de la nueva traducción era más bien corregir la anomalía de la que te hablaba antes, el hecho de que el lector español actual no tuviese opción de leer el Quijote en su lengua. Y ahí sí te puedo decir que ha valido mucho la pena. La recepción ha sido estupenda: cuando salió el libro, sólo hubo tres o cuatro contestaciones por parte de críticos que consideraban innecesario traducir el Quijote al castellano, pero fueron muchos más quienes alabaron la iniciativa y el resultado. En cuanto a los lectores, el éxito editorial habla por sí solo, pero me parecen mucho más significativos los cientos de comentarios positivos que me han llegado de personas que afirman que ahora, por fin, han podido leer el Quijote de corrido, que han podido disfrutarlo y reírse con él. Son estos lectores los que nos han dado la razón.

-¿Qué opina del, según algunos, escaso entusiasmo que las instituciones públicas han puesto a nivel nacional en la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes?

-A ver, todo lo que se haga a cuenta de un centenario está bien. Que el Centro Cultural de la Generación del 27 organice un ciclo y me invite a dar una conferencia sobre Cervantes es algo fabuloso. Todo lo que pongamos en marcha para la divulgación de su obra es poco, sin duda. Pero lo que hay que hacer es dar la vuelta a la encuesta del CIS y lograr que el Quijote sea una novela verdaderamente leída en España, y esto requiere algo más que un centenario; más bien, lo que este reto nos exige es un trabajo continuado, a largo plazo. Si el Quijote no se lee, hay que dotar a la gente de instrumentos que permitan su lectura y su disfrute, y aquí tenemos que implicarnos todos, desde la escuela hasta las diversas instituciones culturales. Es importante que no se hable del Quijote de oídas, sino con verdadero conocimiento. Pero hasta que esto suceda, insisto, nos queda por delante un largo recorrido.

-A propósito de la escuela, ¿es optimista con la posibilidad de que desde la instrucción pública se faciliten esos instrumentos en un plazo, digamos, razonable?

-Sí, lo soy. Es más, te diría que actualmente nos encontramos en mejores condiciones que hace sólo un año para que la escuela cumpla eficazmente esta función. Pero claro, volvemos a lo mismo: no podemos pretender que en las aulas esto se solucione en ocho meses. Es un proceso largo, que llevará su tiempo. En este sentido se parece un poco a la divulgación boca-oído: a veces los mensajes se transmiten a mucha velocidad y a veces todo va mucho más despacio. En lo que a la escuela se refiere, habrá que darle su tiempo. Lo que sí puedo decirte, según la experiencia que me trasladan los editores, es que todo lo relacionado con la divulgación del libro ha registrado en los últimos años un crecimiento exponencial. Así que habrá que mimarlo como es debido para que la tendencia se mantenga.

-¿Responde eso a la reciente aparición de otras traducciones al castellano actual de diversos clásicos de la literatura española? José María Merino, por ejemplo, acaba de presentar la suya de Calila y Dimna.

-Pero es que siempre ha habido traducciones de este tipo, por las que se han vertido los clásicos a un castellano más accesible. Aunque es cierto que en la mayoría de los casos las ediciones se han dedicado a títulos arcaicos, que habían quedado relegados al olvido, o de muy difícil lectura a cuenta del paso del tiempo, como el caso de La Celestina. El Quijote había permanecido exento hasta ahora por la consideración de intocable que había ganado, principalmente desde el academicismo más rancio, y esta idea se había extendido hasta convertirse casi en criterio general. Ahora hemos demostrado que su versión al castellano actual también era oportuna.

-¿Recuerda la traducción de algún término o expresión de la que se arrepintiera después?

-Hubo una muy sonada que además se produjo en un episodio tan delicado como el de la muerte de Don Quijote, al final de la segunda parte. En el original, Cervantes escribe: "Y dio su alma". Y yo decidí traducir esto, guiado un tanto por la fórmula más empleada, como: "Y entregó su alma". Pero sí, después me arrepentí y de hecho en la segunda edición de la traducción se respeta la fórmula original de Cervantes, sencillamente porque no hacía falta modificarla. La expresión "Y dio su alma" se entiende perfectamente.

-¿Le han perdonado en Almagro que tradujera duelos y quebrantos como huevos con torreznos?

-Bueno, nadie sabe lo que son duelos y quebrantos. Si en algunos sitios se denomina así a un plato gastronómico es precisamente por una incorporación desde el Quijote, no porque el nombre se haya conservado. Lo mismo sucede con el astillero, casi nadie sabe hoy a qué se refiere Cervantes con este término. No son palabras vivas.

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