Fila siete

¡Hagan juego!

La presencia en las salas de '21: Black Jack', una película que, por otra parte, es una de las más taquilleras del momento, nos viene a recordar la incidencia del juego en el mundo del cine desde hace largo tiempo. Una amplia filmografía nos ilustraría sobre las distintas maneras y ocasiones en que la cinematografía ha abundado en ello. Pero en '21 Black Jack', de cuya crítica nos ocupábamos en estas páginas el miércoles 23 del pasado mes de abril, hay además un aspecto que anima la película y que también tiene precedentes notables y ciertamente frecuentes. Me refiero a los superdotados, a los expertos matemáticos que usan de su ciencia para ganar en las mesas de juego.

En '21 Black Jack' un grupo de jóvenes, especialmente dotados para la matemática, que a las órdenes de otro fuera de serie en las ciencias exactas, un profesor de su propia Universidad de Boston, genio de la estadística, para forzar a su favor los casinos de Las Vegas. Aunque los precedentes son diversos y en este caso por diferentes motivos, yo recordaría dos referencias importantes en este sentido: 'El indomable Will Hunting' (1997), dirigida por Gus Van Sant sobre un guión escrito por los jóvenes actores Matt Damon y Ben Affleck, que mereció el 'Oscar' de Hollywood, y otra sería 'Una mente maravillosa' (2001), de Ron Howard, sobre la controvertida existencia del genial matemático John Forbes Nash Jr. '21 Black Jack' parece un nuevo intento de lanzar una mirada cínica y sarcástica sobre la sociedad capitalista norteamericana y el ámbito de autosuficiencia propio de los ejecutivos de nuestro tiempo, un tanto al estilo de 'Riski Busines' (1983), de Paul Brickman. Pero pronto nos damos cuenta de que el discutible talento de Robert Luketic, director del film no da para tanto y tampoco ha pretendido demasiado. Si ha tratado de mostrarnos lo fácil que es pervertir los valores académicos de la inteligencia y el triunfo, convirtiéndolos en fraude y corrupción, a los que se prestan destacadas mentes privilegiadas, se tiende más bien a la desdramatización y a la recreación material de las preferencias de sus dueños.

Basada, al parecer, en una historia real, la aventura lúdica de este grupo de jóvenes, su argumentación cinematográfica no es muy rica en posibilidades y, por eso, parece explotar, además de las habilidades ludopáticas de sus protagonistas, las inclinaciones para disfrutar de sus cuantiosas ganancias, si bien se pretende ejemplarizar, de alguna forma, con la pretensión del principal personaje, que guarda sus beneficios para costearse una carrera que, de otra forma, no sería posible por el alto coste de su pretendido acceso a la Universidad de Havard. Cuando el juego de la inteligencia y la memoria prodigiosa no son suficientes porque en los casinos hay otro tipo de sabios y sabuesos que basan en su experiencia a veces nada legal, el seguimiento de este tipo de impostores, lo que es una especie de paseo militar por la mesas de juego, encuentra sus primeros obstáculos.

Si bien el guión tal como está estructurado no da para mucho, alguien con más inteligencia e imaginación que el director australiano Robert Luketic, podría haberle sacado mucho más partido a este prolijo relato, de un corte narrativo deficitario y de atractivos muy limitados. Aún así puede interesar a un público poco exigente, aficionado a los lances del juego de azar y atraído por la juventud de sus intérpretes entre los que destaca Jim Sturgess, un actor emergente en Hollywood.

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