Cine

La Guerra Fría en el cine

  • El historiador y crítico Antonio José Navarro ha publicado un ensayo sobre el cine que surgió del conflicto entre los EEUU y la antigua URSS: 'Choque de titanes' (Editorial UOC)

'Choque de titanes' analiza la mirada del cine americano al conflicto de la Guerra Fría. 'Choque de titanes' analiza la mirada del cine americano al conflicto de la Guerra Fría.

'Choque de titanes' analiza la mirada del cine americano al conflicto de la Guerra Fría. / G. h.

Si las dos guerras mundiales marcan a fuego la primera mitad del pasado siglo, la Guerra Fría fue, en palabras de Michael G. Kort, "el suceso definitorio de la segunda mitad del siglo XX", y tal como apostilla Antonio José Navarro, "sus secuelas todavía palpitan con fuerza en el presente". Este enfrentamiento entre los EE. UU. y la antigua URSS por la hegemonía mundial libró una lucha encarnizada en las trincheras ideológicas, políticas o sociales, pero también en el tablero cultural y cinematográfico. Oficialmente, el conflicto comenzó tras el término de la II Guerra Mundial, si bien la enemistad puede remontarse al mismo nacimiento del bloque soviético. Después de la Revolución de Octubre de 1917, el presidente Woodrow Wilson, haciéndose eco de un sentir general, tildó de "demoníaco" al régimen bolchevique. Las cinematografías de ambos países secundaron esta oposición sin tardanza, facturando productos sesgadamente beligerantes, cuando no abiertamente hostiles. A todo ello, el historiador y crítico cinematográfico Antonio José Navarro ha dedicado un libro escrito con el rigor y la lucidez de costumbre: Choque de titanes (Editorial UOC).

En aquellos años calientes, no hubo "un género de la Guerra Fría", aunque ésta hallara acomodo natural en el llamado cine de espías y, en menor medida, en el cine bélico ambientado en las contiendas de Corea o Vietnam. "Las películas de la Guerra Fría -escribe Antonio José Navarro- atraviesan transversalmente todos los géneros, ya sea el combat film, el melodrama, la ciencia ficción, el western o el thriller". De hecho, las primeras andanadas se lanzaron desde el ámbito de la comedia a través de la ridiculización del adversario. En 1924, la URSS produjo Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques, dirigida por Lev Kulechov, en el que el protagonista, un burdo exponente de la sociedad yanqui en suelo ruso, es ayudado por la policía soviética que le muestra las bondades de la sociedad surgida tras la revolución: al final de sus aventuras, Mr. West telegrafiará a su esposa para pedirle que coloque un retrato de Lenin en su despacho.

Hollywood, por su parte, se sirvió de la guerra de sexos para hablar de la fricción entre el capitalismo y el comunismo. En Ninotchka (1939), Greta Garbo interpretaba a una agente comunista que, durante una estancia en París, se rinde a los cantos de sirena capitalistas.

Este tono benévolo desapareció de la pantalla apenas diez años después. La división neta en un área de influencia capitalista y otra de influencia comunista -con la ciudad de Berlín partida en dos por las fuerzas de ocupación como símbolo palmario de esta fractura- trajo consigo un recrudecimiento de la propaganda. En Hollywood, William Wellman puso su oficio y talento al servicio del film que inaugura la Guerra Fría cinematográfica: El telón de acero (1948); en la URSS, fue Grigori Aleksandrov, un discípulo del mismísimo Serguei M. Eisenstein, quien puso oficio y talento en Vstrecha na Elbe (1949), una alegoría de la separación en bloques centrada en la ocupación militar de la localidad alemana de Altenstad al final de la guerra. El ejército Rojo controla una mitad de la ciudad; el ejército norteamericano la otra. Los primeros son retratados como hombres íntegros y voluntariosos, dispuestos a reconstruir la comunidad y olvidar los horrores del pasado; los segundos pasan el tiempo comiendo, bebiendo y fumando, cuando no apropiándose de los bienes ajenos. En los años siguientes, en el empeño de llegar lo más lejos en sus ataques, sería difícil establecer quién cayó más bajo.

La selección de títulos analizados por Antonio José Navarro da cuenta de la complejidad del conflicto y de la variedad de propuestas, que iban desde el apoyo incondicional hasta la denuncia de semejante estado de cosas; ahí están obras notables como Ultimátum a la Tierra (1951), El mensajero del miedo (1962), El espía que surgió del frío (1965) o Topaz (1969).

Personalmente, encuentro de enorme interés el modo en que cristalizaron estas tensiones en los géneros más populares de Occidente; Navarro señala por ejemplo que: "El cine de ciencia ficción de la época contrarresta el miedo al comunismo mediante una alambicada sinécdoque: los soviéticos se convierten en el otro por antonomasia, el extraterrestre, a menudo procedente de Marte, el Planeta Rojo (URSS), a quien se puede aniquilar sin remordimientos", e ilustra esto con los ejemplos clásicos de La guerra de los mundos (1953) y La invasión de los ladrones de cuerpos (1956).

Estas tensiones también impregnaron géneros teóricamente más impermeables como el melodrama (Rojo atardecer, 1959) o el western (Una bala sin nombre, 1959). No debemos olvidar los varios personajillos que entronizó la susodicha contienda: James Bond y John Rambo, típicos exponentes de sus respectivas coyunturas. El adversario no se quedó atrás. Mientras Sylvester Stallone entusiasmaba las plateas de medio mundo con sus epopeyas reaccionarias, en las pantallas soviéticas se jaleaba Soviet, la respuesta (1985), una película que yo creía olvidada por todos.

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