'Los Gavilanes' en Huelva

En medio de este invierno tan frío el Gran Teatro levantaba el telón a una de las tradiciones más representativas de España. Y se eligió Los gavilanes, de Jacinto Guerrero, a cargo del Teatro Lírico Andaluz, que aportó la jovialidad y el desenfado que han sido el deleite del público, muy agradecido con toda esa frescura que la zarzuela consigue al escenificarse. Esperemos que este género mantenga viva la afición de nuestra ciudad.

Los cantantes fueron variados en estilo creando perfiles o estrictamente musicales o dramáticos. Se sabe que una zarzuela no es igual a una ópera; el canto zarzuelístico se acomoda más a las vertientes populares y es necesario lograr un término medio entre lo clásico y lo folclórico. Calibrar el rendimiento de una voz solista quizá no sea lo adecuado; más bien habría que estimar dentro del conjunto las intervenciones cantadas de un actor. Y en el reparto de una zarzuela oscilan de carácter los tipos de romanzas u otro número suelto. ¿Debemos exigir para un papel de este género un cantante absolutamente formado y refinado en el conservatorio? ¿O bien un aficionado con buenas aptitudes? La respuesta no es fácil. Lo que importa a la hora de cantar es la naturalidad y la intuición, dos bazas extraordinarias. En los números en que esto se conseguía la razón de ser de Los gavilanes quedaba a flor de piel. Ahí se ponía de manifiesto esa prodigiosa unidad que termina creándose entre la obra, los intérpretes y el público.

El cuerpo de actores recogió sobre escena algunos momentos memorables; en concreto la nostalgia es un estado de ánimo que se refleja muy bien al reencontrarse las personas y revivirse las ilusiones de antaño. Y aunque podía resultar distante, la música y el texto esparcidos en el pasado eran a fin de cuentas un hecho actual que calaba. Muy diferente es apreciar todo esto con una perspectiva meramente técnica. Por eso vale mucho en una caracterización permitir que las circunstancias manden respirando cada actor a sus anchas en los diálogos, que contrastaron estéticamente con las secciones musicales. En dichos diálogos no faltarían las menciones localistas con objeto de entusiasmar al espectador.

Respecto a la Orquesta se apreció unos timbres que perfilaban con corrección el argumento aunque muchas frases sonaran en una medida un tanto rigurosa, que privaba de la necesaria flexibilidad. Quedaron preciosos los detalles melódicos de fondo para acompañar palabras cruciales de la trama.

La zarzuela es un bien cultural donde el teatro y la música enaltecen tradiciones y rincones de España. Sería bueno dar eco a tantas de las creaciones habidas a lo largo de decenios, y el ámbito educativo puede hacer mucho en este sentido: lo que se oye y se ve en zarzuelas del pasado puede causar sensación también entre niños y jóvenes actuales. Es muy enriquecedor para la sociedad asumir que la cultura es un bien, y como tal, no tiene edad.

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