García Alix, latidos en la mirada

  • El artista leonés desnuda sus experiencias vitales y creativas en el primero de los 'Encuentros con...' de Sevillafoto · El fotógrafo de la movida reconoce que no concibe su trabajo sin su aspecto dramático

Premio Nacional de Fotografía 1999, Alberto García Alix (León, 1956) se reprimió una tarde en la que visitaba a su abuela, "una mujer muy elegante y especial a la que no veía con frecuencia". Un movimiento azaroso y a la abuela se le abrió la bata y entre la tela asomó uno de sus pechos. "La luz y el escenario eran perfectos, la cámara estaba cargada, pero no me atreví. Unos segundos después, ella se dio cuenta y se abrochó". Esa fotografía, muerta antes de nacer, la reconoce Alberto "como una de las mejores de mi carrera", que ayer repasó en todas sus luces y sombras en el monasterio de la Cartuja.

Lo hizo en la inauguración de los Encuentros con... que celebra el festival Sevillafoto en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) y por donde pasarán, hasta el próximo jueves, otros tres reconocidos autores nacionales: Ramón Masats, Carlos Pérez Siquier y Ricky Dávila.

El aula del monasterio de la Cartuja se quedó literalmente minúscula ante la avalancha de profesionales y estudiantes que quisieron absorber de viva voz las lecciones de García Alix, un "poeta callejero", como le definiera el crítico de arte Calvo Serraller.

El que fuera fotógrafo de la movida desde los 20 años prepara ahora, a los 52, una retrospectiva de su obra para el Reina Sofía y acaba de llegar de un viaje de dos meses por China. Un país inmenso donde no pretendió encontrar claves especiales para su trabajo. "Mi búsqueda es siempre interior, con uno mismo. Lejos de aquí, donde nadie habla en cristiano, te obligas a luchar con tus miedos", explicó al público, que alternó sus preguntas con las del colectivo El Cíclope Mecánico, que impulsa con la UNIA esta iniciativa.

Una cuestión a la que se refirió también fue a su rechazo del color en una obra donde también escasea la sonrisa. "Aprendí el blanco y negro y me gusta su cocina. He encontrado mi camino expresivo en él. He hecho poca fotografía en color y no me siento suelto en él, tendría además que encontar el mío propio", aclaró.

Sobre el dramatismo de sus imágenes, García Alix defendió que "no me gusta la sonrisa en las fotos, no sé por qué. Pierde para mí su intencionalidad, le quita un dolor que me gusta que tenga la imagen. En todo caso, yo tengo tendencia a dramatizar la escena, la mirada".

También habló del tempo de la fotografía este hombre que abandonó los estudios de Derecho para comenzar a publicar en la revista barcelonesa Star y fundar junto a Ceesepe, en 1977, la Cascorro Factory, con la que piratearon los tebeos norteamericanos. "Soy miope y enfocar me cuesta una barbaridad. El enfoque tiene algo de enfrentamiento, un regusto raro. Yo nunca robo las fotos, las hago con una enorme complicidad, muy cerca del sujeto".

¿Dónde queda entonces la naturalidad? Para García Alix, "eso no existe. Como fotógrafo, yo me enfrento a una historia, al igual que lo hace el narrador de un cuento. Y lo más terrible es que se trata de un camino de ida y vuelta: mirando a los demás te ves también a ti mismo".

Los otros, en el álbum de García Alix. Un libro artístico que encadena cuerpos tatuados, prostitutas, actores porno, picos y heroína, rockeros y punkies, rostros anónimos y otros igualmente desgarrados o misteriosos, como su retrato de Camarón en sus últimos días o de una adolescente Inés Sastre en cuya larga trenza se anuda una belleza oscura.

"Ver mis fotos me produce una catarata de recuerdos y emociones muy poderosas. Me enfrenta a mis errores como persona que trabaja siempre alrededor de su propia vida. Veo los ojos de mi hermano, que murió, y de mi mujer, que también murió", expresó con su voz rasgada este hombre al que hemos visto envejecer, drogarse, amar y nunca olvidar en estas instantáneas que pertenecen a las colecciones públicas y privadas más importantes de España pero, sobre todo, al imaginario de una generación que vibró con Alaska, McNamara y Ana Curra.

"Llegué a la fotografía sin proponérmelo, mirar por la cámara era al principio un juego para mí. Lo que me fascinó fue el laboratorio, mezclar, revelar, lograr los grises. Fue el laboratorio el que me sedujo en un momento en que no tenía referencias fotográficas, ni apenas ideas, pero sí la conciencia de que mi vida era distinta y que si hacía fotos de mis amigos, de la gente que tenía cerca, ganaría", evocó con nostalgia.

"Un retrato no es un espejo del alma, pero tiene un eco de ésta. Esa prisión del alma hay que buscarla en todo lo que hagas. Yo no preparo las fotos, voy a la caza de latidos. A mí la fotografía me obliga constantemente a inventarme, a posicionarme", concluyó.

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