Frau entra en el Museo de Huelva

Museo de Huelva. Una sala para un cuadro. Presentación. Medios de comunicación y alumnos de un instituto de enseñanza refrendan la validez, y la importancia, no lo olvidemos, de una donación. Dos actores de excepción. Un dador. Un receptor. Una institución privada, Cepsa. Un organismo público, delegación de Cultura de la Junta de Andalucía. Solución mágica. La que toda institución museística anhela. Un hecho elocuente. Idea a imitar. En Andalucía, creciendo. En Huelva, mejor no hablar.

Me gustan estos comportamientos. En EE UU es asiduidad. Si por esta articulista fuera, como en aquel delicioso ensayo de John Taylor, El Circo de la Ambición, la relación Museo-Sociedad-Empresa no se limitaría a visitas y poses de miembros de Asociaciones de Amigos, estaría abierta a todo con tal de recaudar y hacerse activo. Dentro de lo admisible, no es prostitución. Es investigación. Es crecer. La Cultura necesita de fondos para multiplicarse y para ser más democrática, no el jardín privado de falsos adoradores remilgados y pretendidamente vírgenes. Con buen hacer, todos ganan, y más la institución museística que ve prosperar su presupuesto y con ello su disponibilidad de acceso al mercado. En el MET de Nueva York se puede celebrar tanto una puesta de largo como la presentación de un coche. ¡Oh, qué vándalos estos yanquis! Qué envidia de colección y de actividades.

Una empresa de Huelva deposita un cuadro en el Museo. Bien, muy bien, que cunda el ejemplo como ha dejado dicho el delegado de Cultura, Juan José Oña. Autor, José Frau Ruiz (Pontevedra, 1898-Madrid, 1976). La casualidad es una combinación de circunstancias que, a menudo, hay que buscarla. Luego, con casualidades se hace colección, Museo, Cultura. Y esa pretendida suerte une a Frau con Huelva. Hace muchos años, allá por la segunda década del siglo pasado, don José Frau, padre, recaló por estos pagos en calidad de asistente militar del teniente coronel del Cuerpo de Carabineros. Y don José tenía un hijo, de no más de catorce años, y que tenía ganas de hacer carrera con los pinceles.

Durante poco más de dos años, el joven Frau frecuentó la Academia de Arte de Huelva que por entonces regentaron el murciano Antonio de la Torre, su primer director, y el extremeño de Fregenal Eugenio Hermoso, maestro que guía sus pasos hacia la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Allí coincidió con Joaquín Valverde, Gregorio Prieto, Rosa Chacel, Margarita Villegas, Paz González o Timoteo Pérez Rubio.

La obra de Frau en Huelva, desafortunadamente con muy escaso testimonio, se caracteriza por ser hija de sus maestros, esto es acuñada a un realismo fiel que a golpe de entusiasmo de mocedad expele expresionismo y brotes tímidos de fauvismo. Es curioso como la crítica onubense del momento no confió mucho en sus veleidades estéticas argumentando en algunos casos que sus cuadros eran deplorables. Con el tiempo, ya dueño de su lenguaje, se interna en la síntesis atemperada cubista, muy influido por Vázquez Díaz, como se demuestra en el cuadro depositado Estampa de Madrid, para llegar incluso, a finales de la década de los cincuenta a concreciones lindantes en la abstracción, siempre perfumado por su poética personal.

Frau está considerado hoy como uno de los grandes paisajista español del siglo XX. Se codeó con lo mejor del momento, como demuestra su participación en la exposición llave del vanguardismo en el país, aquella que dejó un pasado para alumbrar un futuro. Nos referimos a la que organizaron los miembros de la Sociedad de Artistas Ibéricos en 1925. En el Palacio del Retiro madrileño, salvo nuestro Vázquez Díaz y la que más que sonora ausencia de los catalanes, se dieron cita Palencia, Barradas, Bores, Dalí, Ferrant, Solana, Alberto, Arteta o Moreno Villa. Es decir, españoles de dentro y de fuera dispuestos a aniquilar la modorra academicista que nos constreñía. Más tarde, en plena República, participó con lo más granado de la pintura nacional en la exposición del Instituto Carnegie de Pittsburg.

¿Qué supone esta obra para el Museo de Huelva? Muy sencillo, que Pedro Gómez, Vázquez Díaz, Manuel Cruz, Criado Requena, Martín Estévez o Marcial Muñiz puedan enorgullecerse de estar, otra vez, juntos, casi cien años más tarde. Con ellos comenzó una bonita, aunque desconocida, historia. Y es bueno recordarla en una tierra con facilidad para el olvido.

Enhorabuena al depositante. Ahora le toca al Museo de Huelva no despreciar el gesto de una empresa privada onubense. Que no se argumenten ahora cuestiones no previstas: obras, falta de recursos o exposiciones impuestas por el alto mando y que nada tienen que ver con nuestro museo y sus intereses. Que Vázquez Díaz y los pintores que le acompañaron a comienzo del siglo XX sean el reclamo de sus Bellas Artes.

Reitero, como dijo el delegado de Cultura, "que cunda el ejemplo". Que así sea.

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